rica heredera sin propuesta política a la que siempre acecha Barcelona

Suena anacrónico, pero para entender las sinergias culturales de la Comunidad de Madrid habría que remontarse a la Ilustración. Durante esa época se equipó a la capital de enormes instituciones que en su día acogieron el impulso de la vida bohemia de la ciudad, pero que hoy solo representan una hegemonía heredada, de imagen añeja y con estructuras internas tan inamovibles como sus cimientos de mármol.

Las políticas del PP, que cumple esta semana 25 años gobernando en la región, no han aprovechado la capitalidad cultural nada más que para mejorar su relación con el sector privado y con el turismo. Todo ello hace que Madrid, a pesar de acoger el Museo del Prado y el Reina Sofía —las dos instituciones mejor valoradas del país—, no compita con sus hermanas europeas en innovación y modernidad, una tostada que Barcelona lleva años dispuesta a comerse.

Para los investigadores en gestión cultural Juan Arturo Rubio y Joaquim Rius, la omnipresencia del Estado en la ciudad, a través del Ministerio de Cultura, es la tumba y a la vez la salvación de Madrid. Por una parte, gracias a eso tiene garantizada una mayor inversión con respecto a otras comunidades autónomas, pero por la otra conlleva un control exacerbado y una falta de políticas que choca frontalmente con la cantidad de sectores y profesionales creativos que conviven en ella.

No obstante, la gestión cultural de Madrid es más conocida por sus quehaceres a nivel municipal que regional (no en vano, Cristina Cifuentes recortó el presupuesto hasta un ínfimo 1%). Pero más allá de eso, se debe, según los expertos, a que la Comunidad no ha tenido que batallar por cuestiones de identidad como Galicia, País Vasco o Catalunya, y que por ello sus políticas culturales han quedado en manos del Ayuntamiento, con quien además ha compartido partido y criterio durante la mayor parte de este cuarto de siglo. 

La Cultura del IBEX-35

Como dice Juan Arturo Rubio, en Madrid se habla de una cultura de primera división por encima de ciudades muy activas como Oviedo y Bilbao. Además de acaparar el trozo grande del pastel presupuestario, en 2019, antes de la crisis del coronavirus, la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes quiso arreglar el desaguisado anterior y destinó 216 millones a las tres áreas, y este año la dupla PP y Ciudadanos prevé dar un empujón de 180 millones al Ayuntamiento.

Pero para los investigadores el problema no es el dinero, sino el uso y la falta de coordinación entre los tres pagadores. «No hay un plan, los gobiernos regionales y locales tienden a la sedimentación y dejan muy poco espacio a la participación civil», explica Rubio, profesor de la Universidad Antonio Nebrija.

Esto no siempre fue así. Justo después de la Movida madrileña, el sector se apoyó en los jóvenes para recuperarse de la quiebra económica y anímica a la que le había sumido el franquismo. Entre las borracheras y la inquietud creativa, los años 90 fueron asentando las industrias culturales y mediáticas en la capital del Estado. «Ese proceso terminó por desbancar a Barcelona, que hasta entonces había sido la punta lanza cultural y el lugar de introducción de las vanguardias», relata el experto. Con la entrada de José María Álvarez del Manzano al Ayuntamiento en 1991, la Movida desapareció de un plumazo, como reseñó la artista Ouka Leele en este diario, pero las élites habían llegado para quedarse.

Desde aquel momento, la apuesta cultural de la Comunidad de Madrid se centró en el turismo y en la empresa privada. Es cierto que, por ejemplo, parte de los 7,1 millones de visitantes que recibió la ciudad el año pasado acudió a museos, musicales y conciertos, pero el sector reclama que haya propuestas ciudadanas más allá de la recaudación. Una batalla que se dio por perdida tras la avalancha en Madrid Arena en 2012, que destapó las irregularidades en la cesión pública de espacios y que el PP intentó centralizar mediante la unión de tres empresas municipales.

Este «giro neoliberal», como lo describen Rubio y Rius, alcanzó su cota máxima con la creación de Madrid Destino, una institución fundada por el PP de Ana Botella bajo el halo de Ignacio González en 2013 para la cesión de centros culturales públicos y la gestión de eventos turísticos. Esta sociedad ha sido una patata caliente para los sucesivos ayuntamientos que, con poca fortuna, han intentado que no les explote en la cara. Todo porque, según Rius y Rubio, la empresa heredó las malas praxis de la gestión autonómica y nacional del PP.

Ana Botella y Alberto Ruiz-Gallardón, en 2013

Ana Botella y Alberto Ruiz-Gallardón, en 2013

EFE

«La Comunidad se ha agarrado al discurso neoliberal de que lo privado, con fondos públicos, se gestiona mejor. Madrid Destino es un monstruo muy difícil de disolver y de controlar por su gran poder económico. Pero no es un patrocinio sincero, porque lo dan empresas que después reciben concesiones del Ayuntamiento», explica Joaquim Rius, investigador de la Universitat de Valencia.

Aunque Manuela Carmena quiso transformarla a su llegada al consistorio en 2015, poniendo en marcha concursos públicos para elegir a los directores de teatros como el Español, las Naves de Matadero, el Fernán-Gómez, el centro cultural Conde-Duque y el Circo Price, la empresa era tal cenagal administrativo que terminó enturbiando la gestión cultural de Ahora Madrid en medio de una guerra alentada por el PP desde el gobierno de la Comunidad.

Ligero e insuficiente cambio de rumbo con Carmena

A pesar de considerarse ligera, Cultura es un área peliaguda para el que la gobierna y agradecida para el que está en la oposición. Por una parte, proporciona fotogenia a los gobiernos, pero por la otra, como la describe Joaquim Rius, es un «arma low cost» para el contrincante. En ese sentido, los titiriteros, la Cabalgata de Madrid y el «polvorín» de Madrid Destino fueron los protagonistas de la batalla de desgaste del PP contra Manuela Carmena. Y su ofensiva fructificó.

«Llegó un nuevo equipo de Gobierno con muchas ganas, y se encontró con unas estructuras administrativas difíciles de cambiar, con personal funcionario desmotivado y escasamente formado en gestión cultural, y con mucho tramitador pero poco cerebro», define. «La derecha fue efectiva porque lograron paralizar sus reformas, pero a Ahora Madrid les paralizó el miedo. A veces manda más el director de un centro cultural que el propio regidor, y el error fue pelearse con parte de los sectores profesionales en lugar de crear consenso, como ocurrió en Matadero», piensa el experto.

Durante esos cuatro años, sin embargo, se intentó devolver la experiencia de «abajo a arriba» y de coworking multidisciplinar a los centros que habían nacido con esa intención (y bajo el ojo del PP entre 2012 y 2015, aunque fueran producto de la por entonces delegada de las Artes Alicia Moreno, hija de Nuria Espert, gestora de éxito, consejera de Cultura con Gallardón, pero una figura más apolítica que partidista). Son La Tabacalera de Lavapiés, El Campo de la Cebada, MediaLab Prado o Esta es una Plaza. ¿Qué pasó entonces? Al estar gestionados por colectivos sin un acuerdo a medio o largo plazo con la administración, quedó patente su debilidad frente a los chanchullos económicos del consistorio, como se vio con MediaLab y sus diversos intentos de cesión a Telefónica en 2014.

También bajo el paraguas de Carmena se consiguió algo que, para Juan Arturo Rubio, es la gran asignatura pendiente de la Comunidad de Madrid con la cultura: contar con la periferia y hacerla partícipe al nivel de la almendra central. Algo así se hizo desde el Ayuntamiento con Los Veranos de la Villa, que por primera vez incluyeron a los 21 distritos en un festival. «No es simplemente programación, es una reflexión sobre cómo los ciudadanos se encuentran en la ciudad y se relacionan con ella culturalmente», dijo la directora de Programas y Actividades Culturales, Getsemaní San Marcos, el último año que se celebró: 2019.

Presentación el año pasado de los Veranos de la Villa de 2019

Presentación el año pasado de los Veranos de la Villa de 2019

EFE

«Las iniciativas ciudadanas no surgen gracias al marco institucional de Madrid, sino a pesar de él», resume Joaquim Ruis. Para él, la rigidez política y la precarización de los artistas son las causantes de que «Madrid no esté entre los rankings de creadores de las ciudades europeas, a pesar de ser una capital importante». «Es llamativo que no haya podido crear un sector que dé resultados, más allá de su capacidad para generar industria y medios de comunicación», añade.

Mientras, Barcelona aprovecha la desidia para recuperar la ansiada cocapitalidad cultural a través de sus propios recursos, lo que se acerca mucho más al modelo de París, Londres o Nueva York que el de Madrid. 

Barcelona, la alternativa hípster de la élite catalana

Para Rius, es un «error muy hispano absolutista» dar por hecho que la capital del Estado ha de ser también la capital cultural. Barcelona lo fue por derecho propio a finales del siglo XIX y XX gracias a la industria literaria, los medios de comunicación, su conexión con las redes europeas y su calurosa bienvenida a las vanguardias, a la vez que «Madrid estaba desconectada de esas corrientes externas, con una cultura castiza y muy obsesionada en sí misma».

Sin embargo, hoy en día la capital catalana no puede competir con la concentración de la industria financiera y de telecomunicaciones, así como con la presencia del Ministerio de Cultura, que tanto desahoga a la Comunidad de sus responsabilidades artísticas. Este modelo estadocéntrico «genera mucha dependencia a las grandes corporaciones, que tienen muy poca distancia del Estado y por lo tanto su nivel de crítica es inexistente», dice Rius, que piensa que Catalunya le da un buen repaso a Madrid en ese sentido, aunque sea a nivel simbólico.

El Consell Nacional de la Cultura i de les Arts y el Consejo de la Cultura de Barcelona cuentan con representación de la sociedad civil y de sectores independientes que trabajan en el mundo del arte. «Eso sí, reinan, pero no gobiernan. Pueden criticar al Govern pero no reparten fondos, así que al final es una presencia simbólica», explica Rius. Ese modelo no llega, pero se acerca al de Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos. Otra cosa que tiene Catalunya es la buena coordinación entre los cuatro actores (Estado, Diputación, Generalitat y Ayuntamiento) a través de su programa de consorcios, algo excepcional que no se ve en otra ciudad española ni extranjera.

La plataforma Més Cultura defiende el Museo Hermitage Barcelona con un vídeo

La plataforma Més Cultura defiende el Museo Hermitage Barcelona con un vídeo

EFE

«Los liderazgos compartidos sirven para coordinar y para tener buenos resultados en la red de equipamientos locales y nacionales. Pero también le ha dado rigidez al sistema. Cada vez que se quiere implementar un cambio, el proceso burocrático es lentísimo», reconoce Rius, aunque también sabe que es el único modelo que frena las zancadillas que se ponen los gobernantes en Madrid entre sí.

Para hacer las paces con Catalunya, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha reabierto el grifo que cerró el PP desde la Moncloa y que implicará 25 millones de euros adicionales al año para los equipamientos culturales de Barcelona. Con ellos, Ada Colau está dispuesta a seguir peleando la cocapitalidad. Su «plan de gestión comunitaria» no ha tenido resultados idílicos y el city branding, gracias al cual los planos urbanísticos de la ciudad giran alrededor de la cultura y generan marca a nivel internacional, es un arma de doble filo por centrarse más en el visitante que en los habitantes. Aún así, mejora la escasa iniciativa de Madrid en ese aspecto. 

«En la capital, la Cultura reúne mucha atención mediática, pone a los políticos en el centro de rituales festivos y les da un prestigio, pero el puesto no viene acompañado de un esfuerzo ni modificador ni planificador», resume el profesor de la Universitat de Barcelona. Su compañero Juan Arturo Rubio, lo sintetiza aún más: «Madrid vive de las rentas, pero eso no es suficiente. Y, sobre todo, no es compatible con una justicia y equilibrio territorial que necesitan y merecen otras ciudades». 




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