¿Por qué todavía no podemos votar en unas elecciones por Internet?

Se acercan las elecciones gallegas y vascas, después de que la pandemia de coronavirus y el confinamiento obligaran a aplazarlas. Ya hay gente pidiendo que se vuelva a hacer debido a los rebrotes que se están registrando en algunas localidades de estas comunidades y el riesgo (y hasta el impedimento) de acudir a los colegios electorales.

Frente a esa situación, resurge preguntas que llevamos muchos años haciéndonos: ¿por qué no votar por Internet? ¿Cómo es que en España no existe a día de hoy un sistema seguro para unas elecciones? La realidad es que no existe ni en España ni tampoco en la mayoría de países y los sistemas no garantizan que no haya fraude electoral.

Retos (y problemas) principales: una autenticación válida y garantía de que el voto no se manipule

La idea del voto electrónico es que yo no tenga que acudir a mi colegio electoral para votar, ya sea porque estoy fuera del país o porque no puedo desplazarme hasta él. Si podemos hacer trámites con la Agencia Tributaria, con el banco o firmar contratos electrónicamente, ¿por qué no votar en unas elecciones?

“En primer lugar, porque hay que poder auditar el sistema sin que las ‘transacciones’ sean trazables: se trata de conservar la anonimidad del voto a la vez que de mantener un registro susceptible de ser revisado”, escribía en 2018 en eldiario.es Alberto Penadés, profesor de Sociología en la Universidad de Salamanca, justo cuando el Congreso debatía esta opción para la reforma electoral.

Hablamos de decenas de millones de personas conectándose a una plataforma que tiene que asegurarse de que haya constancia de que su voto se ha registrado sin que nadie, ni siquiera las personas que la han desarrollado o las que están pendientes del resultado, vea cuál es. No parece tener gran complicación, pero dependiendo de cómo se haga ese registro, puede haber una trazabilidad hacia el voto. ¡Y el voto tiene que ser secreto!

Francisco Lupiáñez, fundador de Open Evidence, un grupo de investigación de ciencias sociales, y profesor de la UOC, señala a Maldita Tecnología que, además de este problema concreto, esta actuación “tiene lugar en un entorno no controlado, así que resulta difícil comprobar que se está votando libremente”.

El Parlamento Europeo sacó la misma conclusión en un informe sobre el voto electrónico: “compromete potencialmente el secreto del voto, ya que es imposible garantizar que nadie está vigilando de alguna manera a los votantes cuando lo emiten” y, por ello, lo que recomienda es que, de instalarlo, se haga pensando para grupos reducidos. Por ejemplo, personas con alguna discapacidad que pudieran tener dificultades para salir a los colegios.

Es más, el informe enumera aportaciones que puede hacer la tecnología al voto, como asegurar el registro de electores, verificar su identidad o hacer el recuento final, pero no incluye el hacer el proceso de forma enteramente digital.

La parte técnica del voto electrónico puede suponer más problemas que los que soluciona

¿Tan complicado es encontrar una manera de garantizar ese secreto? Sergio Carrasco, ingeniero de telecomunicaciones y abogado especializado en ciberseguridad, explica que el verdadero problema con la parte técnica que de una manera u otra se pone una “barrera” al mecanismo de votación, como una “caja negra” a la que solo tienen acceso los auditores.

“En un sistema de voto electrónico se trata con una caja negra: matemáticamente te dicen que esto es totalmente perfecto y transparente, pero al final todo se basa en la confianza en la otra parte, que es una de las partes interesadas de la votación”, dice el experto.

Sobre casos reales a pequeña escala, salió a la luz el año pasado el caso de la alteración de registro de votos en las primarias de Ciudadanos en Castilla y León para favorecer a una de las candidatas. Hace nada, otra información apuntó a Podemos por registrar varios votos en las primarias de líderes autonómicos desde un mismo ordenador. Y hay casos que nunca llegaron a ocurrir: el referéndum catalán de 2017 se preparó pensando en votar “online” en un principio, pero el riesgo de manipulación era alto.

Imagen de Tedic y Chequeado.

Además, llevamos un tiempo escuchando lo de pasarnos a la tecnología blockchain para votar porque supuestamente es más segura, no se puede hackear y queda todo registrado (te hablamos de ella aquí). Carrasco señala uno de los principales problemas: vale que el registro del voto en sí y el recuento pueda estar más seguro en una plataforma de blockchain, pero todo el proceso anterior, la emisión en sí del voto, no va por esa vía.

“Blockchain sirve, simplificándolo mucho, para hacer una inscripción. ¿Cómo garantizo que el voto, antes de inscribirse en la plataforma, no se ha visto alterado?”, se pregunta. Compara unas elecciones con una firma de un contrato: para registrar que el contrato se ha firmado adecuadamente, blockchain puede funcionar, pero porque antes ha habido una serie de comprobaciones que validan que el contrato lo ha firmado quien debía.

En Europa sólo Estonia ha implantado el voto electrónico

A día de hoy, las pruebas que ha habido en este campo no han sido muy favorables. Aunque parezca que está todo inventado, no es tan fácil que un Estado practique un derecho fundamental como es el sufragio sin garantías de que los resultados vayan a ser inalterables. El único europeo que lo ha implantado al cien por cien es Estonia.

Es un país con una sociedad muy digitalizada y donde todo el mundo cuenta con una autenticación electrónica fiable. Llevan desde 2005 votando de forma electrónica y en eso se apoyan varios estudios de su sistema criptográfico para extraer que, aun con su experiencia, se le asocian muchos riesgos: “un atacante a nivel estatal, un criminal sofisticado o un interno deshonesto podría acabar tanto con el procedimiento como con el proceso tecnológico para manipular los resultados electorales”, concluye otro estudio.

Infografía del uso del voto electrónico en varios países del mundo. Fuente: Parlamento Europeo.

El resto de países vecinos no se han atrevido a implantarlo a nivel nacional (y si lo han hecho han terminado por retirarlo, como es el caso de Francia o Alemania), mientras que otros optan por ir probando a nivel regional, como en Reino Unido o en Italia.

Durante dos décadas, varios proyectos piloto en diferentes países del entorno corrieron la misma suerte. Los propios votantes se mostraban satisfechos con los métodos pero no descartaron que se pudiese cometer fraude o que sus votos no pudieran saberse. Ejemplos de intentonas de votar online que terminaron en nada hay a rabiar, también fuera de Europa. 

“Los beneficios asociados al voto por Internet aún no son percibidos como suficientes por los legisladores de los Estados Miembros: en algunos países europeos incluso el voto por correo no está permitido”, recuerda Lupiáñez.

Primera fecha de publicación: 09/07/2020.


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