El canteo de los expertos (por peteneras)

El único pequeño defecto que le puedo sacar hasta el momento es que, por ahora, no podemos ir a bañarnos al mar. El otro día tuvimos un pequeño percance. Me piqué en un semáforo -de


El único pequeño defecto que le puedo sacar hasta el momento es que, por ahora, no podemos ir a bañarnos al mar. El otro día tuvimos un pequeño percance. Me piqué en un semáforo -de esos que han puesto en la entrada a las playas- con un padre treintañero. Salimos a la par, nada más ponerse en verde, hacia un objetivo de cinco metros cuadrados con los carros a ver quién se lo adjudicaba antes sin necesidad de escriturarlo. No hubo triunfo. Tuve mala suerte porque las ruedas del coche del crío se hincaron en la arena y rompí la amortiguación. Desde entonces el bebé no me habla. Hace como si no estuviera. Y no le culpo. Creo que no le falta razón.

 

El que sí me da bastante palique este año es el presidente de nuestra comunidad. Me ha estado contando la historia de cómo ha montado el parcelado de la piscina para cada vecino, el sistema de turnos y de seguridad para el uso del vaso y también para las zonas comunes. Y la verdad que es para nombrarlo nuevo presidente de la OMS. Le he dicho que, si estuviera en mi mano, le votaba.

 

Ya por abril nos dijo a todos, en una charla de esas online, que había creado un consejo de expertos para que le ayudaran un poco en la toma de decisiones. Porque esto de la pandemia era serio. Pero que muy serio, dijo. Así que nos contó que había llamado a un par de médicos. A un virólogo. A un experto en comunicación. A un ingeniero. A tres albañiles y a un aprendiz de peón. Y que a pesar de todo esto, eso sí, dijo que no iba a tocar ni un solo euro del presupuesto de la comunidad. Que todo iba a ser por la patilla. Así, ¡pin-pan!

 

La verdad es que nos hemos encontrado con un protocolo de campeonato. Ríete tú del de La Liga y el ligón. Ha parcelado el recinto y ha puesto en el suelo el número de cada bungalow. También ha colocado un dispensario de gel hidroalcohólico en cada una de las divisiones, con una caja de cincuenta pares de guantes de látex de los buenos del Mercadona. Igualmente ha comprado mascarillas reciclables. Y cada uno ha podido elegir entre dos clases de tapabocas: los de la bandera de España o los de cada comunidad. Así todo el mundo se encuentra integrado y no hay problemas ni de rebelión ni de sedición. Yo creo que este tipo hila mucho más fino que su señoría, el ministrísimo de Interior.

 

Los chapuzones, del mismo modo, están regulados. Los números pares se bañan, como es lógico, en franja horaria par. Y los impares, en la impar. Incluso ha puesto un área para poder rajar, con su mampara de metacrilato y todo. Los turnos para poder hacerlo son de 15 minutos por persona y no los puedes ceder. Y ha hecho bien. A más de uno le hubiera entrado la tentación de crear un mercado negro de minutos de palique. Y eso hubiera estado muy feo. Tanto o más que un debate electoral. Este señor es un jefe. A mí me tiene ganado. Y al vecindario igual.

 

Aun así, el del número 8 y yo, que nos conocemos de toda la vida, el otro día, hablando en un turno de 15 minutos en la mampara, dedujimos que todo esto le ha tenido que costar un pico y que a lo mejor los expertos los había reclutado de un país superior. Finlandia, Dinamarca, Corea… Hasta pensamos que podían ser de Japón. Así que ayer ya le preguntamos directamente. Sin cortarnos. Y nuestro querido presidente terminó por cantar. Y yéndose por peteneras, dijo así:

 

Vale, lo siento. 

Todo ha sido tras el confinamiento. 

Celebramos una reunión familiar. 

Una mariscada en el puerto de a veinte euros la unidad. 

 

Luego vinieron seis gintonics, 

una caja de cervezas. 

Y dos güisquis con cola, 

que se quedaron sin catar. 

 

Más tarde, por la noche, 

como tampoco se hizo la cosa esperar, 

empalmamos con tres de oreja, 

dos de gambas y las cuatro de pulpo que no podían faltar.

 

Una torta del casar. 

Un steak tartar. 

¡Ah! Y el abuelo pidió una de croquetas 

porque está con la boquita y no puede papear. 

 

Los botellines de la cena 

fueron a cuenta 

de mi madre

que es muy buena, Marimar. 

 

Y de postre, 

pedimos el café con hielo; 

y un tocinito de cielo, 

pero solo para picar.

 

Os juro por mi nieto, 

Pedro Pablo, que no fue nada más.

 

¡Ole, Querido!, le dije a mi amigo del ocho. Aunque se hayan canteado, yo con este cante estoy encantado, la verdad. Hasta barato ha salido. Sólo ha sido un comido por servido. Piénsalo, no hay nada más.

 

Y así, realmente, por eso, aquí, con estos cuarenta ladrones sin cuarentena, a la sombra de esta sombrilla de encaje y seda, uno está más seguro que en Doñana. Ya podía haberles contratado como expertos a esta banda de cuñaos el ministro Salvador. Hubiéramos estado mucho mejor. Yo creo que aún está a tiempo. Que les llame ahora. Y, oye, si luego tiene la suerte de que pilla Illa, pues que pille.


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