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Pero, vamos a ver, ¿cómo que una cosa es el rey y otra, se ve que muy distinta, la Corona? ¿Cómo puede esgrimirse semejante cosa, a menos que se haga desde el convencimiento o la


Pero, vamos a ver, ¿cómo que una cosa es el rey y otra, se ve que muy distinta, la Corona? ¿Cómo puede esgrimirse semejante cosa, a menos que se haga desde el convencimiento o la suposición de que la gente es tonta? ¿Quién encarna la Corona? El rey. ¿Quién la ciñe en su cabeza? El rey. ¿Quién hace de su capa (de armiño) un sayo, dada su delirante irresponsibilidad ante la Ley? El rey. ¿Quién es lo que es, y no otro elegido por otro procedimiento? El rey. ¿Quién lega la bicoca a su primogénito porque sí? El rey. Ahí no se ve «institución» alguna por ninguna parte, sino una familia, de orígen francés en éste caso, que guioniza su existencia para adecuarla a la representación teatral de la que viven, y no mal por cierto.

 

Cuesta pensar, y no digamos escribir, sobre todo ésto a estas alturas, pues la codicia, la mezquindad, la golfería y la traición son ingredientes que complace encontrar en las novelas, en las buenas novelas, pero no en la realidad, y menos si esa realidad afecta a la vida y a la dignidad de todo un pueblo. Que todavía se intente pasar como sana y buena la fruta averiada de una forma de estado basada en la irracionalidad y el albur eugenésico, atribuyéndole la magia de garantizar una «unidad» que sólo puede conquistarse y mantenerse por consenso entre todos cuantos componen, libre e igualitariamente, la nación, suscita una rara mezcla de pereza y repelús.

 

El rey anciano, que con los años no ha ido a mejor, ha dicho sayonara a España, aunque, por los orígenes de su casa, más bien se ha despedido a la francesa. Se ha pirado, se ha abierto, sin comprender, pues carece del concepto, qué mosca le ha picado al país, a la gente, a los fiscales, para que la hayan tomado con él. Y con él se va, se ponga como se ponga nadie, la «institución».


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