Así ha sido la jubilación de los otros reyes abdicados de Europa

AP / GETTY IMANESAlberto II de Bélgica, Beatriz de los Países Bajos y Juan, gran duque de Luxemburgo. Verano de 2014. Juan Carlos I abdica en favor de su hijo, Felipe VI. Un paso apenas conocido

Verano de 2014. Juan Carlos I abdica en favor de su hijo, Felipe VI. Un paso apenas conocido por un puñado de fieles y con mínimas filtraciones que venía a sumarse al de otros monarcas europeos que habían hecho lo propio con sus herederos, poco antes. Pero no. Su jubilación distaba de ser parecida a la de Juan, el gran duque de Luxemburgo, la reina Beatriz de los Países Bajos o el rey Alberto II de Bélgica. No era sólo el cansancio, la edad, la salud o la coyuntura política la que lo llevaba a convertirse en emérito, sino una enorme crisis de credibilidad y cariño popular: a los elefantes cazados se sumaron luego las amantes y las investigaciones judiciales en curso que ahora lo han llevado a salir de su país con escaso honor. 

El hogareño Juan de Luxemburgo

El primero del continente en dar este paso fue, hace 20 años, el fallecido gran duque de Luxemburgo, Juan, al que sucedió su hijo Enrique. Llevaba 64 años en el cargo y tenía 79 cuando cedió el poder, que su madre le legó también vía abdicación. Tenía mucha vida a sus espaldas: soldado, héroe de la Segunda Guerra Mundial (estuvo en Normandía y en Caen, liberó Bruselas y Luxemburgo) y transformador de un país que se convirtió en un emporio financiero. 

Se fue porque estaba cansado, porque entendió que su nación necesitaba “refresco”, porque su hijo estaba “plenamente en forma” para tomar las riendas y porque su esposa, la princesa belga Josefina Carlota, arrastraba un cáncer de pulmón muy agresivo y quería disfrutar con ella sus últimos años. Así lo hizo, hasta su fallecimiento, en 2005. 

Ya apartado del trono, Juan hizo vida hogareña, convirtiendo sus aficiones -historia, botánica, música- en los pilares de su rutina, junto a los cuidados de su mujer. Sus actos públicos fueron escasos, siempre con fines solidarios o culturales o, al principio, para afianzar la imagen de su sucesor. Tras enviudar, prácticamente estuvo enclaustrado hasta que, el año pasado, murió de neumonía. Su techo final fue el castillo de Fischbach, de su propiedad. 

Su adiós fue tan tranquilo y la sucesión, tan ordenada, que no hay debate republicano alguno en Luxemburgo. Menos aún desde que se reescribieron las competencias reales, después de que Enrique se negara a sancionar la ley de la eutanasia por “razones de conciencia” y el Gobierno redujese los poderes del jefe del estado. 

Beatriz de Holanda, la más querida

33 años estuvo reinando Beatriz de los Países Bajos, de 1980 a 2013, cuando se marchó del trono con 75 años, lúcida y fuerte, y dio el testigo a Guillermo Alejandro, su hijo. Ella también recibió el trono de su abdicada madre, Juliana, y al final se convirtió en la monarca más longeva del país.

“La responsabilidad sobre nuestro país debe recaer en manos de las nuevas generaciones”, dijo por televisión al marcharse y convertirse de nuevo en princesa de los Países Bajos, princesa de Orange-Nassau y princesa de Lippe-Biesterfeld. Su retirada fue muy meditada, precedida de varios amagos: en 2002, cuando murió su esposo, Claus (pero ese año se casaba su hijo y no era el momento); en 2004, cuando murieron sus padres (pero no quiso que se tomase como un gesto de debilidad), y sobre todo en 2009, cuando sobrevivió a un atentado que mató a siete inocentes (un hombre empotró su coche contra el desfile real) y en 2012, cuando un alud de nieve sepultó a su segundo hijo, Friso. Ya no pudo más. Al año siguiente, se fue. “Tengo edad, es el momento”, dijo. 

Su agenda tiene pocos huecos libres, aún ahora. Rodeada de un considerable respeto y cariño, pese a la tendencia cada día menos favorable de la monarquía como institución en Países Bajos, se dedica a participar en conferencias, conciertos y viajes relacionados con la educación, los derechos humanos o el medio ambiente. Quien tuvo, retuvo y, como miembro del Grupo Bilderberg y del Club de Roma que fue, mantiene un contacto constante con mandatarios de todo el mundo, por el bien de su estado. No hay noticia de que haya usado esa influencia en beneficio propio. 

Vive en el castillo de Brakensteyn, de su propiedad, donde ya residió antes de ser reina y de cuya compra se encargó personalmente. Desde allí hace viajes como embajadora de causas sociales, dentro y fuera del país, y participa en labores sin ánimo de lucro. Tiene fama de dar buenos consejos, por su experiencia y por su formación, porque Beatriz es una reina con carrera, Derecho, y numerosos cursos en Economía, Sociología e Historia. Aunque ahora la agenda la lleve en un bolso con la cara de los nietos, con los que ejerce de abuelaza

Alberto, adiós con nueva paternidad

El más espinoso de los retiros fue el de Alberto II de Bélgica, sucedido en el trono por su hijo Felipe, en 2013. Tenía 79 años cuando dijo a sus ciudadanos en un mensaje televisado: “Constato que mi edad y mi salud ya no me permiten ejercer mi función como desearía. Sería faltar a mis deberes y mi concepción de la función real querer mantenerme en ejercicio a cualquier precio”. Había ascendido al trono a los 59 años, en 1993, tras morir su hermano Balduino sin descendencia. Ya entonces se pensó dar el poder a su hijo, directamente, pero al final aguantó 20 años. 

Su adiós Ffue una sorpresa y causó verdadera conmoción en su país. Cientos de ciudadanos se concentraron ante su palacio, unos pidiendo que se quedara y otros, reclamando que respondiera a los dos incendios que tenía sobre la mesa. A saber: se había destapado que la anterior reina, la española Fabiola, esposa de Balduino, había creado una fundación para evadir el pago de impuestos del dinero que dejaba a sus herederos. Y también, a través de una biografía sobre su esposa, la reina Paola, se acababa de saber que había tenido una aventura fuera del matrimonio y, fruto de ella, una escultora afincada en Londres reclamaba su paternidad. 

No eran escándalos de dinero más usado por su parte, ni de influencias mal empleadas, pero suficiente para que Alberto se fuera, justo cuando Bélgica gozaba al fin de estabilidad en el Gobierno y se habían descafeinado razonablemente las diferencias territoriales que siempre tensan su política. Su edad y su mala salud hicieron el resto. 

El rey se fue a un castillo de su propiedad, el de Belvedere, a rumiar la denuncia por paternidad. El año pasado se confirmó, tras una prueba de ADN que se negó sistemáticamente a realizarse, que Delphine Boël es su hija, fruto de una relación con la baronesa. Sybille de Selys Longchamps. A Alberto la justicia le dijo que tendría que pagar 5.000 euros al día de multa si no prestaba su muestra. Al final cedió y todo se aclaró, aunque con un desgaste de su imagen importante. 

Poco gustó que, al principio, se quejase de sus 923.000 euros de asignación, frente a los 11,5 millones que percibía como rey, pero luego decidió pagarse empleados o seguridad, en mitad de la crisis económica. Su situación se asemeja en lo económico a la de Juan Carlos I, pero su vida social es distinta: exposiciones, conciertos y actos solidarios y de impulso económico del país, de un hombre que durante casi 40 años fue presidente de la Cruz Roja y, durante otros 30, trabajó en el Servicio Belga de Servicio Exterior.   

Su vida es ahora tranquila, la salud lo exige. En 2014 fue operado de un cáncer de piel que le afectó el cuero cabelludo y antes, en 2011, de un tumor en la nariz. Hace dos años fue operado de corazón por una estenosis y tiene múltiples bypass. La empatía con el rey díscolo ha mejorado ante sus achaques y se le aplaudió que, al irse, diera una entrevista en televisión (aún sin permiso de su hijo) para hablar de temas personales, desde sus crisis de matrimonio a su gusto por las motos y el golf. “Ahora estoy mejor que como rey. Puedo ir hasta a Nueva York a ver la graduación de su nieto”, sostiene.

El extraño caso de Liechtenstein

En realidad, hay una cuarta abdicación reciente en las Casas Reales europeas. Hans Adam II de Liechtenstein, en 2004, con 58 años, se inventó un traspaso de poderes con su hijo Alois por el que, en realidad, son los dos los que siguen mandando. El rey puede disolver el Parlamento, cesar gobiernos, nombrar jueces y vetar leyes, algo muy distinto al papel de nuestra monarquía parlamentaria. Esos poderes, los esenciales, fueron delegados en el joven rey, mientras que el padre, con título de regente, se encarga de los asuntos políticos.   




Source link

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *