Adoquines necesarios y otros que sobran

Los adoquines no pasan de moda. Llevan alfombrando buena parte de la superficie de Madrid desde hace siglos. Y lo seguirán haciendo, porque el Ayuntamiento ha anunciado que rehabilitará los pavimentos adoquinados de 25 calles

Los adoquines no pasan de moda. Llevan alfombrando buena parte de la superficie de Madrid desde hace siglos. Y lo seguirán haciendo, porque el Ayuntamiento ha anunciado que rehabilitará los pavimentos adoquinados de 25 calles del distrito Centro. Según la delegada de Obras y Equipamientos, Paloma García Romero: “Los adoquines tienen una doble función: el calmado del tráfico y para dar prioridad peatonal a las personas que pasean por esta zona del distrito». Se trata de mejorar las estancias cuyos pavimentos no pueden ser objeto de una reposición convencional, sino que requieren tratamientos especiales.

Un ejemplo es de la Plaza Mayor. Los adoquines han sobrevivido a muchas reformas de este enclave, y ahí están, viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá, la Casa de la Panadería, la de la Carnicería o la cabalgadura de Felipe III sobre brioso corcel, dominando el espacio desde el centro de la plaza. Tuvieron esos adoquines protagonismo histórico, cuando, en la heroica jornada del 2 de mayo de 1808, los reclusos de la cárcel de Corte, excarcelados para luchar contra los franceses, arrancaron los adoquines de la Plaza Mayor para utilizarlos como munición granítica arrojadiza contra los soldados de Napoleón.

Los adoquines fueron desapareciendo de muchas calles y plazas de Madrid, víctimas del cemento y el asfalto. En algunos casos, fueron cubiertos por capas asfálticas; en otros, simplemente arrancados, como ocurrió con los de la Gran Vía, al llevarse a cabo la última reforma, sin respetar su carácter centenario y su sentido emblemático. Bien podrían haberse reutilizado en algún punto, a modo testimonial, como testigos de la historia de la urbe. Confieso que salvé uno de esos adoquines arrancados de la Gran Vía; lo recogí antes de ser llevado a cualquier escombrera, como ocurrió con el resto de sus graníticos compañeros. Lo tengo en casa, como humilde recuerdo de una parte sencilla de la historia de mi ciudad.

Pero, junto al elogio emocional de estos humildes elementos que hemos pisado muchas generaciones, hay otros que resultan indeseables, como ese pedazo de “adoquín”, que se pasea, manifiesta y divierte sin llevar puesta la obligatoria mascarilla; o como el “adoquín” que en plena pandemia, se pasa la distancia social por el arco de la inconsciencia; o quizá ese “adoquín”, que un día renunció a ser una pieza útil en la ciudad, para convertirse en político de rostro más duro que la propia piedra.

Tenemos demasiados adoquines de esta naturaleza, y esos son los que verdaderamente nos sobran.

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