Mientras no me toquéis a Lorca…

Carlos Alvarez via Getty ImagesEstatua del poeta Federico García Lorca, en Madrid.  Vale, aceptamos que se cambie el título de la novela Diez negritos en España a petición del bisnieto de Agatha Christie. Es cierto que

Vale, aceptamos que se cambie el título de la novela Diez negritos en España a petición del bisnieto de Agatha Christie. Es cierto que la noticia tiene un tufillo a neopuritanismo posturero que tira para atrás, pero también es cierto que la propia autora había cambiado ya el título de su novela más conocida para su edición estadounidense de los años 40, ante la incomodidad que podría provocar la palabra “nigger” en la portada de un libro. Es cierto que “nigger” tiene en inglés connotaciones muy despectivas, a diferencia de las que tiene “negro” en español, pero también es cierto que casi todos los países venden ya desde hace décadas la historia de los invitados a la Isla del Negro bajo el título “Y ya no quedó ninguno”. Mientras nadie proponga cambiar Diez negritos por Diez personitas de colorcito, no creo que haya motivos razonables para objetar nada al cambio de denominación.

Hemos pasado de contemplar con orgullo el progreso humano como un proceso histórico en donde cada etapa supuso un avance respecto de la anterior -que posibilitó a su vez el nuevo avance que supondría la siguiente-, a creer que la historia no existe y la humanidad es un estado estático que, sólo ahora que ya podemos derribar las estatuas de todos los cerdos ignorantes e inhumanos que nos precedieron, se manifiesta en su plenitud. Si los personajes del pasado no actuaron según los estándares morales del presente no es porque los estándares morales sean un producto sociocultural de cada época, sino porque los personajes del pasado eran unos miserables. Suerte que hemos llegado nosotros a denunciarlos.

Y entramos en la historia cultural de Occidente con la mecha de la dinamita encendida, como los talibanes ante los budas de Bamiyán. Eso sí, con dinamita simbólico-lingüístico-performativo-deconstructiva, que es el explosivo con denominación de origen de la posmodernidad. Para evitar que se ofenda alguien que no se iba a ofender salvo que se le animase a ofenderse, se ofende a la sociedad en su conjunto, a la que se le trata como si estuviera tan mal formada como para no poder analizar en términos sociohistóricos los fenómenos sociohistóricos, tomándolos por hechos eternos descontextualizados que flotan en el espacio absoluto. Cuarta ley de la sociodinámica de Wattstein: a mayor cambio deconstructivo-lingüístico, menor repercusión en los Presupuestos Generales del Estado.

Pero venga, vale, in dubio pro bisnieto de Agatha Christie. Mi único miedo es que la mancha de cogérselaconpapeldefumarismo siga creciendo y pueda llegar a tocar a Federico García Lorca. Abro los diarios temiendo encontrarme con acusaciones contra el mayor poeta del siglo XX, dada su obsesión por los gitanos. Cualquiera que haya leído medio verso del Romancero gitano sabe que Federico los trató siempre como gente luminosa, llena de caracoles y heridas de plata, emparentados con la luna, la zumaya y el arcángel San Gabriel. Pero no faltará el influencer ávido de reconocimiento que vea paternalismo en las veces que el poeta habla de “gitanillos” o racismo cuando se refiere a sus “miradas de mulo joven”. Estamos a cinco tuits de distancia de que alguien acuse a Lorca de ser un burgués blanquito, reo de una intolerable apropiación cultural, y exija el cambio del título Romancero gitano por Romancero de los racializados agitanados. Y eso no. De ninguna manera. O acabaré actuando como el juez Wargrave en la novela Y ya no quedó ninguno de Agatha Christie.




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