Parques en los que perderse sin salir Madrid

Una escultura de Baco preside el templete neoclásico del parque de El Capricho. Parece que desde este rincón de Madrid –protegido por robustas columnas corintias-, manejara los designios de este hermoso vergel: todo aquí es sensual, desmedido y fastuoso. En otoño es cuando revela su singular belleza: imágenes como los paseos angostos rebosantes de hojas, estanques que se suceden, el silencio únicamente interrumpido por el suave rugido de la cascada, esculturas de mármol, escalinatas o algunos edificios en ruinas, nos remiten a la estética y esencia de película La Gran Belleza, de Paolo Sorrentino.

Este pequeño Versalles madrileño está situado en el barrio de la Alameda de Osuna, en el noreste de la ciudad. Su historia tiene también algo de cinematográfico. Fue construido el en siglo XVIII por el capricho de la duquesa de Osuna, una de las damas más relevantes de la sociedad capitalina y mecenas de varios artistas. Aspiraba a reflejar las corrientes filosóficas de la época, el naturalismo y sobre todo el romanticismo. Participó en su gestación un jardinero que había trabajado en Versalles y paisajistas de renombre internacional.





El Capricho de Madrid recuerda de alguna forma a Versalles
El Capricho de Madrid recuerda de alguna forma a Versalles
(Danellys Castillo Vejerano / Getty Images/iStockphoto)




Jardines de Sabatini





Los setos geométricos de los jardines de Sabatini nos obligan a repensar los cánones de la belleza. Esta naturaleza domesticada nos remite al estilo paisajista neoclásico, donde la luz del conocimiento y la razón se sobrepone a la pulsión de la naturaleza. Más allá de esta curiosidad vegetal, nos encontramos con un espacio que rezuma elegancia. Cuentan con un pintoresco
laberinto
, fuentes ornamentales y varias esculturas de reyes y monarcas. Alineado con el Palacio Real emerge un lago rectangular que marca el centro exacto del lugar; luego todo se desdobla simétricamente a ambos lados. Resulta extraordinario que, pese al trasiego propio de su ubicación, al pasear por sus caminos de grava se respira una solemne paz.

Estos jardines se construyeron en la primera mitad del siglo XX, tras la proclamación de la Segunda República, justo en el lugar donde se asentaban las reales caballerizas, cuya construcción se remonta al siglo XVIII. En verano y en ocasiones puntuales, se realizan recitales de música. La mejor hora para visitarlo es al atardecer, cuando el crepúsculo hace acto de presencia.

Los laberintos, las fuentes y las esculturas están muy presentes en los jardines de Sabatini
Los laberintos, las fuentes y las esculturas están muy presentes en los jardines de Sabatini
(Ekaterina Chuyko / Getty Images)









Jardín del Museo de Sorolla





En medio del bullicio del barrio de Chamberí, al norte de la ciudad, se encuentra este delicioso y poco conocido jardín. Te recibe una fresca brisa y el ruido de las fuentes de agua, como si llegaras a un oasis urbano. La inspiración en la Alhambra de Granada es innegable: los azulejos, las macetas con geranios, las fuentes de estilo arabesco de las que salen chorros de agua disparados hacia el cielo.

Este vergel formaba parte de la propia vivienda del pintor valenciano, donde vivió los últimos 10 años de su vida. La decoración, que sigue intacta, responde al diseño y gusto del artista. El jardín se divide en tres secciones: La primera está inspirada en los alcázares de Sevilla, donde destaca una antigua fuente de mármol, la segunda toma como modelo los jardines del Generalife en Granada, de donde incluso Sorolla mandó traer unos arrayanes. La tercera sección corresponde al estanque, y está presidido por una fuente y una pérgola donde el pintor pasaba las tardes junto a su familia. La entrada es gratuita y puedes combinarla con la casa museo de dos plantas, que muestra tanto la vivienda, que se mantiene toda la magia de antaño, así como una amplia muestra de cuadros del artista.





Uno de los rincones del jardín del Museo Sorolla, inspirado en las fuentes del Generalife
Uno de los rincones del jardín del Museo Sorolla, inspirado en las fuentes del Generalife
(morgan23 / Getty Images)




Casa de Campo





Cuando ya no puedas más de la polución y ruido y necesites naturaleza intravenosa este es tu lugar. Más que un parque se trata de un bosque de 1.500 hectáreas. Realmente sus dimensiones son extraordinarias: cinco veces mayor que el Central Park de Nueva York o siete veces más grande que el Hyde Park de Londres, y de nuevo lo encontramos muy cerca del centro. De hecho, prácticamente colinda con el parque del Oeste. En cuestión de minutos la densidad de población desciende drásticamente y nos vemos inmersos en un bosque con interminables zonas agrestes. Es más, con un poco de suerte te puedes topar con liebres, unas ardillas, erizos, patos, ruiseñores e incluso jabalíes.

Pero no todo es naturaleza salvaje. Aquí se encuentra la Casa de Campo, el zoológico, el parque de atracciones y el recinto ferial Ifema. También dispone de un enorme lago donde se pueden alquilar barcas. Es habitual en las tardes ver a grupos de madrileños disfrutando de un pícnic, corriendo por los senderos o practicando gimnasia.





Casa de Campo, Madrid
Casa de Campo, Madrid
(Jorge CG / Flickr)




Parque del Oeste





La rosaleda del parque del Oeste parece sacada de un capítulo de Alicia en el país de las maravillas. Más de 2.000 rosales de 600 variedades en un enorme rectángulo de 32.000 metros cuadrados. Pero este parque de 87 hectáreas tiene muchísimo más que ofrecer: lo primero es el placer de perderse, caminar sin rumbo fijo por sus territorios, de una manera segura y relajada. Encontrarás una multitud de estatuas, bustos y monumentos decorativos, árboles frondosos que ofrecen un cálido cobijo para descansar o leer plácidamente. En la parte norte está el teleférico, con unas espectaculares vistas aéreas de la ciudad. Es un barrio muy popular, seguro que te cruzarás con multitud de madrileños corriendo, haciendo yoga o paseando en familia.

El
templo de Debod
forma parte de este parque. Sí, es auténtico y tiene más de 2.200 años. Fue un regalo del gobierno egipcio a España por su contribución para la salvar el complejo de Abu Simbel, debido a la construcción de la presa de Asuán. El templo se encuentra en perfecto estado de conservación. Recorrer con la palma de la mano sus milenarias paredes hace que se te erice la piel. A la hora del crepúsculo acontece la magia: el templo se desdobla en un reflejo sobre la superficie del estanque, como si en un acto de escapismo y nostalgia, anhelara retornar a su lugar de origen.





Atardecer en el Templo de Debod, Madrid
Atardecer en el Templo de Debod, Madrid
(vichie81 / vichie81-iStockphoto)









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