Luces sobre el enigma de Basil Zaharoff, mercader de la muerte del siglo XX

Luces sobre el enigma de Basil Zaharoff, mercader de la muerte del siglo

Portada de ‘El mercader de la muerte’, de Gervasio Posadas, avance literario en WMagazín.

‘El mercader de la muerte’

Por Gervasio Posadas

Nunca me he distinguido por mi conciencia social, pero tanta muerte, tanta miseria, tanta desgracia provocada por un solo hombre me obsesionaba. ¿Iba a seguir embolsándome un buen sueldo por trabajar con un monstruo? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a rebajarme? ¿Pensaba hacer algo o continuaría leyéndole noche tras noche, como si nada, al viejo que había vendido las armas que habían provocado las mayores matanzas que había sufrido la humanidad?

Sin saber por qué, cuando esa noche me llamaron para acudir a la suite de Zaharoff, tomé el primer objeto punzante que encontré en mi habitación, unas tijeras, y las metí en el bolsillo interior de la chaqueta que llevaba puesta. No tenía ni idea de qué iba a hacer con ellas ni creía que fuera capaz de usarlas si sentía un impulso justiciero, pero necesitaba tener un arma a mano.

Tampoco sabía cómo abordar el único tema del que podía hablar en esos momentos. Decidí utilizar el Quijote para propiciar la conversación y después de rebuscar durante horas encontré un pasaje que encajaba perfectamente con el asunto que quería tratar:

—«Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos».

Me detuve un instante. El viejo pelaba distraído una naranja con un cuchillo y no reaccionó. Era el momento de olvidar mi cobardía.

—Qué pasaje tan curioso, ¿no le parece, sir Basil? —Zaharoff no levantó la cabeza de la tarea que está realizando.

—¿Está insinuando que, como dice el Quijote en ese pasaje que usted evidentemente ha seleccionado, yo debería arder en el infierno? —Su voz sonaba firme y dura, muy alejada de su debilidad habitual.

—No, no es eso. —No me esperaba una reacción tan directa del viejo e intenté mantenerme tranquilo. Mi sutileza no había funcionado, debía reencauzar la conversación—. Me refiero a la forma en que está construido, en el lenguaje…, también en cómo nos hace reflexionar sobre la necedad de la guerra.

Zaharoff suspiró profundamente, como si estuviera cogiendo fuerza.

—Veo que ha leído o le han contado algunas de las cosas que dicen por ahí de mí, ¿no? —dijo con una sonrisa en la que asomaban los colmillos—. Cuando las oigo no puedo dejar de maravillarme. ¡Parece que yo fuera, ni más ni menos, el inventor de la guerra! ¡Como si no nos hubiéramos matado antes o como si no fuéramos a hacerlo cuando yo lleve siglos bajo tierra! Por favor, Pepe, no le creía tan ingenuo. La guerra es tan antigua como la humanidad. Desde Caín y Abel, los hombres se han enfrentado por los alimentos, por las tierras, por las ideas o por Dios, la más estúpida de las guerras.

—Así que es un instinto, un impulso irrefrenable…

—No lo digo yo, lo dice Sigmund Freud, ese alienista que está tan de moda: somos agresivos por naturaleza. Nunca estamos satisfechos con lo que tenemos, deseamos a la mujer del vecino, la cosecha y sus tierras y estamos dispuestos a cualquier cosa para conseguirlos. Resulta más fácil arrebatarlos que esforzarnos por lograrlos con nuestro tesón. Nos guste o no, somos unos animales estúpidos y codiciosos. Siempre queremos más. La misma pulsión que nos lleva a subir a las montañas más altas, a descubrir tierras ignotas, a crear maravillosas obras de arte, a investigar para acabar con las enfermedades, es la que nos hace desear más poder, más riquezas.

—¿Cree, como dicen algunos filósofos, que la guerra es necesaria? —En algún lugar había leído que, según algunas escuelas de pensamiento, los conflictos cumplían una función social e imaginé que Zaharoff se justificaría de esta forma, pero no fue así.

—La guerra, como la peste bubónica o un gigantesco terremoto, puede tener sus consecuencias positivas, como lograr la cohesión de los Estados o la estructuración de las sociedades —respondió el viejo—. El Imperio romano, una de las cumbres de la civilización humana, fue el resultado de innumerables guerras y aún sigue maravillándonos. En tiempos más recientes hemos visto cómo los progresos tecnológicos que trae la investigación armamentística luego se aplican al uso civil y mejoran nuestra calidad de vida, como el acero inoxidable, los tejidos impermeables o el perfeccionamiento de los aeroplanos; la Gran Guerra incluso provocó cambios sociales positivos como la incorporación de la mujer al trabajo. —Zaharoff había vuelto a tomar la naranja en la mano y la sobaba con sus dedos largos—. Sin embargo, discrepo tanto de la utilidad de la guerra como reguladora de la población, de que es necesaria una matanza cada tanto para que el planeta no se quede sin recursos, como de su necesidad para la creación de un ideal común, de un sentimiento de pertenencia a un país. La tierra, si no la ordeñamos irracionalmente, puede alimentar a muchos millones más y en el último conflicto hemos visto cómo han desaparecido imperios enteros sin dejar ni rastro de la patria común que querían construir. En una guerra acaba perdiendo todo el mundo. No hay más que comprobar el estado en que han quedado las economías de Francia e Inglaterra, las vencedoras del último conflicto.

—Entonces… —Aunque no acabé de formular la pregunta, él entendió bien qué quería decir. —¿Que por qué he dedicado mi vida a vender armas?

—El aspecto decrépito de Zaharoff contrastaba con el brillo de sus ojos, cada vez más intenso—. Le aseguro que no fue una vocación, sino más bien el producto de una serie de casualidades que me llevaron a hacerlo, como casi todo en la vida. Además, y como le decía antes, si yo no existiera, otro cualquiera habría hecho lo mismo; no tengo el monopolio de la industria del armamento. Hay muchas otras compañías que se dedican al mismo negocio, no tiene más que mirar el listado de las empresas que cotizan en la bolsa de Londres, París o Nueva York. Mire, Pepe, le voy a dar un consejo: no se deje seducir por las respuestas fáciles a las preguntas difíciles.




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