Los chemtrails y la supuesta confesión de un piloto: por qué no hay ninguna evidencia de que esta teoría de la conspiración sea real

Circulan por Facebook posts como este en el que se habla de la teoría sin evidencia científica de los chemtrails, una teoría conspiranoica que afirma sin pruebas que existen unas maniobras de difusión de sustancias químicas en la atmósfera con fines oscuros aunque poco determinados. En este, concretamente, se menciona a un supuesto piloto que habria participado en esas maniobras y que habría confesado su existencia, para qué se realizan y cómo.

Sin embargo, no hay en el post ningún enlace ni detalle de quién es ese supuesto piloto, ni dónde o cuándo ha confesado ni ningún detalle que permita situar su confesión ni prueba de que realmente haya ocurrido.

El texto del post coincide con parte de lo que circula por internet como la supuesta confesión de un piloto militar (aunque no hay evidencia de que el supuesto piloto exista ya que sería un testimonio enviado al narrador por un tercero) que participaría en una operación de rociado con sustancias químicas en Estados Unidos llamada Indigo Skyfold. La supuesta confesión está fechada, según los vídeos en los que el narrador la lee, el 8 de diciembre de 2014. Aunque se puede encontrar referencia en muchos blogs que defienden la teoría de los chemtrails, no hay evidencias de que esta operación realmente exista o haya existido.

¿Tú también has oído hablar de estas estelas peligrosas? ¿No sabes de dónde ha salido esta idea o qué tiene de cierto? Aquí va un repaso para que sepas de qué va esta historia, pero para empezar, ya te adelantamos que no hay ninguna prueba ni evidencia de que los chemtrails sean algo real, ni de que exista ninguna conspiración al respecto.

¿Qué son los supuestos chemtrails?

La palabra chemtrail es una contracción de los términos chemical trail o estelas químicas. Se utiliza como oposición a contrail o condensation trail, estelas de condensación, que serían las que de forma habitual dejan los aviones al expulsar vapor de agua como parte de su funcionamiento. En los chemtrails, en cambio, no habría vapor de agua, sino unas supuestas sustancias químicas con diversos efectos perjudiciales.

Según los que defienden esta teoría, es posible distinguir ambos fenómenos a simple vista. Mientras que los inofensivos contrails son más cortos, finos y duran menos tiempo en el cielo antes de dispersarse, los chemtrails serían más densos, gruesos y persistentes. Además, las maniobras aéreas para dispersarlas consistirían en movimientos circulares o en cuadrícula, de forma que todo el cielo terminase eficazmente cubierto y así potenciar sus supuestos efectos.

Esos supuestos efectos, como decíamos, son variados. Algunos defensores de esta teoría apuestan porque buscan causar algún daño a la población (esparcir enfermedades, favorecer el control mental, causar infertilidad…) y otros que el objetivo es controlar el clima o afectar a las cosechas (sembrado de nubes, robar la lluvia, acidificar el suelo…). En esta última línea encaja la teoría de las avionetas antilluvia que en nuestro país circula especialmente en Murcia, de la que ya hemos hablado aquí.

En cambio, la mayor parte de la comunidad científica descarta esta teoría conspiratoria y explica el fenómeno dentro de dos posibilidades: o bien son también contrails, ya que su aspecto y duración varía y depende de la altura del vuelo y de las condiciones atmosféricas en cada momento; o bien son cirros, un tipo de nube que puede tener aspecto de estelas.

No hay pruebas y los argumentos a favor no se sostienen

No existe ninguna evidencia a favor de esta conspiración, y sí muchas en contra. Para empezar, el posicionamiento público de los mayores expertos en ciencias atmosféricas, que en 2016 afirmaron no haber encontrado ninguna prueba de esta supuesta práctica.

Se trató de una encuesta realizada por investigadores de la Universidad de California en Irvine en la que 76 de los 77 científicos encuestados no solo aseguraron no haber hallado esas evidencias, sino que además las supuestas pruebas a favor son fácilmente explicables.

Además, el tamaño de esta supuesta conspiración implicaría que cientos o miles de personas estuviesen involucradas, desde altas autoridades internacionales hasta operarios de a pie y pilotos, y sin embargo, ninguno de los implicados ha roto nunca el secreto. No, tampoco cuatro trabajadores de la AEMET que habrían confesado en un informe a la UE que España está siendo rociada con dióxido de plomo. Esto es un bulo que lleva tiempo circulando y que nosotros desmentimos aquí.

Otros argumentos contra esta teoría son la posible confusión con contrails y cirros, el hecho de que se haya documentado la presencia de estelas persistentes desde al menos los años 20 del siglo XX, coincidiendo con la expansión de la aviación y mucho antes de que se generalizase esta teoría en los años 90 son otros argumentos que contradicen la idea de la fumigación generalizada.

También el hecho de que, cuando se han encontrado esos supuestos elementos químicos con los que se fumiga, no ha sido en las nubes, sino en el suelo o el agua, donde su presencia puede deberse a otros fenómenos y en la mayoría de los casos se considera normal o inocua, según concluían varios de los científicos atmosféricos preguntados en la encuesta antes mencionada.

¿Por qué es una conspiración tan resistente?

El problema es que esta es una conspiración muy difícil de erradicar, especialmente en las personas que creen en ella. Por un lado, es científicamente complicado demostrar que algo no existe, como mucho se puede explicar la falta de evidencias, cuestionar los argumentos a favor y demostrar su debilidad o falta de lógica.

Por otro, todos hemos visto esas estelas en el cielo y sabemos que no siempre se comportan igual, así que es fácil pensar que está ocurriendo algo desconocido u oculto. También es fácil asociarles determinados efectos negativos, como un dolor de cabeza o una mala racha meteorológica. La relación causa-efecto puede aparecer así en nuestra cabeza y puede ser muy difícil convencernos de lo contrario.

Por último, la idea de una megaconspiración puede ser difícil de aceptar pero, una vez aceptada, queda sellada a prueba de bombas: cualquier argumento o evidencia en su contra puede provenir de alguien involucrado en la conspiración y por tanto, no ser tenida en cuenta por los que creen en ella.

Ni fotos ni testimonios son una evidencia científica

Frente a esto, los defensores de la teoría de los chemtrails muestran vídeos y fotos de estelas en el cielo como su principal prueba. También supuestos efectos inmediatos cuando esto ocurre: o bien signos de malestar físico, como dolores de cabeza o náuseas, o bien la desaparición de las nubes cuando estaba a punto de llover.

Es importante señalar que esto no son evidencias a favor de esta teoría de la conspiración. Como hemos dicho, las estelas pueden formarse por otros motivos o ser simples nubes, mientras que tanto los efectos sobre la salud como la manipulación de la lluvia son demasiado complejos como para que las fotos o los testimonios constituyan una evidencia.

¿De dónde sale la teoría de los chemtrails?

La denuncia de los chemtrails empezó a finales de los 90 a través de la red y especialmente de webs dedicadas a difundir ideas conspiratorias. En 1997 se podía encontrar un texto, considerado el punto de partida de esta idea en concreto, en el que se afirmaba que «las líneas que llenan nuestros cielos no son estelas de condensación. […] Todo esto apesta a un programa gubernamental de control de población».

Dos años después, la teoría se expandió por todo Estados Unidos, y de ahí a todo el mundo, cuando el periodista William Thomas recogió y emitió estas preocupaciones (que sigue defendiendo a día de hoy) en el programa de radio Art Bell.

Para un repaso detallado a la historia de esta conspiración, te recomendamos este artículo (en inglés) en la página Contrail Science, que analiza qué hay de ciencia y qué hay de pseudociencia en contrails y chemtrails, y en español, este del químico ambiental Xavier Giménez Font en Investigación y Ciencia o este escrito por el bioengeniero José María Mateos en Naukas.

Un piloto militar ha dado un paso hacia adelante por la humanidad y ha revelado completamente la verdad sobre la rociadura química de nuestro planeta.

Algunos de nosotros creen que lo que hacemos está mal, todo lo contrario del bien, y de vez en cuando me siento bastante trastornado.
Necesito decirles que nos tienen en la oscuridad más absoluta, cuando se trata de conseguir una respuesta clara respecto a la rociadura del planeta.
Si alguien descubre que yo o un miembro de mi familia está haciendo preguntas sobre las estelas químicas, llegan medidas disciplinales rápidas y veloces.

Más del 80 por ciento de los soldados que trabajan sobre estos proyectos no tienen familias, no tienen hijos. Ellos han sido elegidos con cuidado por los más altos cargos de la fuerza aérea, marina o guardia costera, después de años de adoctrinamiento y formación. La mayor parte de los pilotos han conseguido sus “vacunas” anti-humanismo y la única cosa que les interesa es la realización de este “homicidio” tal como cuidar los aspectos indeseados de Estados Unidos y el mundo. Juro, la mayor parte de ellos son como máquinas. Yo los llamo “Tanker Terminators.“

Casi un tercio de los vuelos que rocían “estelas químicas” está controlado desde alguna pequeña isla “sin nombre.” Estas islas son de número siempre creciente y surgen nuevas bases militares, al menos ocho nuevas bases cada año.

Nos solicitan de volar cada vez más bajo. Nos sentimos como las macizas “fuerzas oscuras” como bayetas, y la gente nos ve porque se vuela muy cerca de ellas. Algunos campesinos también nos han disparado. Pero los medios de comunicación no toman nunca en consideración estas informaciones. Ignoran sencillamente los hechos y no los publican. Ellos, además, no están autorizados a conocer, participar o seguir nuestros vuelos. Ésta es la verdad.

Extraño mucho, el cielo azul de mi juventud y me avergüenzo de ser responsable de su destrucción. Quizás algunos de mis colegas leerán este artículo y decidirán tomar en consideración el bien común.


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