Los galanes de la Membrilla

Uno de los focos más sustanciales en los que siempre se centra la antropología a la hora de estudiar contextos etnográficos, es el de los distintos rituales de cortejo, galanteo, chichisbeo o estrecho que se realizan como paso previo al compromiso de desposorio o esponsales para llegar a las nupcias o relación firme y duradera de pareja. Su variabilidad en el espacio y en el tiempo es extraordinaria y explica o al menos orienta sobre elementos esenciales de la dinámica del grupo en cuestión.

En ocasiones y para el caso español, que de Samoa y Papúa Nueva Guinea ya lo sabemos casi todo por las investigaciones y escritos de Margaret Mead, los autores suelen analizar distintos momentos evolutivos de un contexto social específico y tal ocurre, por ejemplo, con Carmen Martín Gaite en sus obras Usos amorosos del dieciocho en España, Vida cotidiana en tiempos de Goya y Usos amorosos de la Posguerra española. Bastante menos frecuente es sin embargo, que con similares mimbres la atención se centre en colectivos de muy escaso tamaño y aparente insignificancia socio-histórica, como sucede con Membrilla, pequeño pueblo manchego ubicado en la comarca histórica del Campo de Montiel, en la provincia de Ciudad Real y Comunidad Autónoma de Castilla La Mancha, con poco más de seis mil habitantes.

Pues de los rituales de cortejo, galanteo, chichisbeo o estrecho en el modesto enclave manchego se ocupan Lope de Vega a principios del siglo XVII y el gran director de cine Armand Guerra en el dramático contexto de la Guerra Civil española.

El 20 de abril de 1615, según autógrafo certificado de su autor, fénix de los ingenios y monstruo de la naturaleza, queda concluida El galán de la Membrilla, una comedia de madurez que según Menéndez Pelayo está basada, como muchas otras de su tiempo, en el desarrollo de un cantar de arrieros y copla de juegos infantiles: “Que de Manzanares era la niña/ y el galán que la lleva de la Menbrilla./ El galán hidalgo, bizarro y libre/ llebóse la niña de los melindres;/ ella fue la Çirce de nuestra villa,/ y el galán que la lleba de la Menbrilla”.

Para los menos informados, Manzanares es municipio situado a unos once kilómetros de Membrilla y Circe la hechicera que Homero presenta en su Odisea en la isla de Eea, quien con su cayado mágico convierte en cerdos a la mitad de los marinos de Odiseo/Ulises, aunque luego se enamora perdidamente del “astuto” y el de “las muchas mañas” para, después de disfrutarle cuanto le plugo y durante un año, acabe indicándole una ruta segura para llegar a su isla de Ítaca.

La acción lopesca se sitúa en el tiempo del reinado de Fernando III el Santo, que lucha contra los infieles con la colaboración de su hijo Alfonso, que sería el futuro décimo y Sabio, para tratar de los conflictos en un triángulo clásico formado por dos amantes: Félix, hidalgo caballero de sangre limpia pero pobre como una rata, y Leonor, acaudalada dama de Manzanares en su calidad de hija y heredera de Tello, villano propietario de muchas buenas tierras y muy rentables bodegas de vino, que se opone firmemente al compromiso. El drama se resuelve al modo de la época, con un secuestro amoroso y un ascenso en la escala social del desheredado tras poner su espada, con éxito y fortuna, al servicio de la conquista de los soberanos, y en el que además participa activamente la dama, que, disfrazada de varón, añagaza asaz recurrente en las obras de los Siglos de Oro (consúltese el libro Armas de varón, de Miguel Ángel Almodóvar), consigue paralela fortuna y grado de capitán en las cristianas huestes de sus majestades.

Del siglo XIII de la acción y del XVII del relato, el análisis de fórmulas de cortejo en Membrilla salta al reportaje bélico que escribe el director de cine Armand Guerra (valga la redundancia porque era el pseudónimo de José Estívaliz), para su libro A través de la metralla. Tras concluir el rodaje del sorprendente film Carne de fieras en un Madrid sitiado y hambriento, entre el 16 de julio de 1936 y los primeros días de septiembre del mismo año, el cineasta se lanza con su equipo a los campos de batalla para dar testimonio gráfico de los avatares de la contienda. Abatidos por la muerte de Buenaventura Durruti en el frente de la Ciudad Universitaria madrileña, del que prácticamente son testigos, los chicos de Armand se dirigen al frente castellano manchego y van a parar a Membrilla donde se ha implantado el colectivismo total y se ha suprimido la circulación del dinero.

En un descanso del rodaje y la refriega bélica los camarógrafos empiezan a charlar con los milicianos lugareños y estos les cuentan que en el pueblo y en otros cercanos, como La Solana, era costumbre que los jóvenes solteros que pretendían a una muchacha entregaran previamente algo de dinero en cantidad que variaba según las posibilidades de cada cuál: “… cada vez que el novio iba a verla a la reja tenía que traerle un “regalito” en metálico: un duro, dos pesetas… lo que pudiera”.

En ese punto interviene una muchacha de pelo azabache, ojos azules y bien formada: “Dos duros me traía el mío cada semana, cuando venía a verme (…) cuando me pidió me entregó quinientas pesetas”. Guerra se interesa por la duración de los galanteos y ella contesta: “Dos años y pico, nada más. Nos peleamos… por culpa suya, lo que me permitió, según la costumbre, quedarme con todo el dinero”. En somero cálculo la parroquia estima en unas dos mil pesetas el balance crematístico del frustrado cortejo y ella aclara que entregó toda su fortunita cuando el pueblo se colectivizó, para añadir: “¡No me arrepiento! Hoy tengo en mi casa todo lo que necesitamos, y como el dinero no tiene ningún valor, pues no me preocupo”.

Hoy estas cosas ya no pasan en Membrilla. Ni las unas ni las otras.




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