La distopía está aquí y nos la queríamos perder

Imaginemos. En una habitación están reunidos Aldous Huxley (autor de Un mundo feliz, 1932), George Orwell (1984, publicado en 1949), Ray Bradbury (Farenheit 451, 1953), Philip K. Dick-Ridley Scott (¿Los androides sueñan con ovejas eléctricas?, novela de 1968 que inspiró el filme Blade Runner, de 1982), con Margaret Atwood (El cuento de la criada, 1985), Suzanne Collins (Los juegos del hambre, 2008), Richard Brooke (Black Mirror, 2011) y Russell T. Davies (Years and years, 2019).

Todos estos creadores de distopías -novelas y series, o ambas cosas- llevan las mascarillas puestas, soportan las ventanas de la habitación abiertas de par en par y cada vez que miran sus móviles, beben o toman un snack, se lavan las manos con gel hidroalcohólico. Imaginarlos juntos es gratis. En una pantalla grande se suceden los datos de las elecciones en Estados Unidos, subtitulados con los tuits de Donald Trump y sus mentiras, simultaneados con los de la pandemia ocasionada por la covid-19 en el planeta. Aunque las cifras que más abundan del coronavirus en los informativos son las del mundo llamado “civilización occidental”.

‘Black Mirror’: el mundo me ha robado el material

Es más que probable que, a pesar de sus fértiles imaginaciones, alucinen con que ellos, precisamente ellos, estén asistiendo a lo que ven, leen y oyen. La realidad les ha superado. ¿Estamos viviendo en el futuro distópico? “El mundo me ha robado el material que servía de combustible a mis pesadillas”, reconoció Charlie Brooker (Black Mirror), el 14 de mayo, en una entrevista en la BBC. Hemos superado la ficción. Lo que imaginaban en el futuro catastrofista y autoritario, lo tenemos a la vuelta de la esquina. Ahí hay uno que vota a Vox y quiere que gane Trump, un poco más arriba viven los padres de un amigo que tienen el coronavirus. El hombre anda fastidiado, amenaza de neumonía bilateral. Los hospitales van camino de saturarse de nuevo.

“Con estas dimensiones, nunca hubiéramos imaginado que estaríamos en la distopía. Cuando llegó el confinamiento -quizá deberíamos llamarle primer confinamiento, ya veremos- la gente tuvo la sensación de irrealidad; se levantaba cada mañana y pensábamos: no puede ser verdad esto que nos está pasando. Nos dicen que esto ya lo había escrito X, Y, Z, pero formaba parte de la ficción literaria, del terror también. Ahí nos llevan a una gran tensión, pero luego acaba, dejas la novela, sales del cine y ves que la realidad nos tranquiliza. Ahora la ciencia-ficción ha dejado de ser ficción”, reflexiona el filósofo Manuel Cruz, senador socialista y expresidente de la Cámara Baja, que acaba de publicar Transeúnte en la política. Un filósofo en las Cortes Generales (Ed. Taurus).

“Efectivamente vivimos en la distopía. Es inevitable. La utopía ya no es alcanzable con los recursos de la modernidad. El mundo se globaliza y nos entran en casa, en tiempo real, los problemas que antes se quedaban fuera y los veíamos desde la ventana. El mundo se ha hecho pequeño y la soberanía estatal ya no tiene capacidad para gestionar los problemas globales que son también nuestros problemas. Se perdió la seguridad en 2001, la prosperidad en 2008 y la esperanza, por la irrupción traumática de la impotencia de la salud ante la enfermedad, en 2020. Ahora se sobrevive como se puede y no se encuentran respuestas para una interacción compleja de problemas que actúan al mismo tiempo”, explica José María Lassalle, profesor de Teoría del Derecho y Filosofía del Derecho, consultor privado y senior adviser en el Observatorio Panhispánico de la London School of Economic. También fue político, diputado del PP y secretario de Estado de Cultura.

Cruz y Lassalle son una pequeña muestra de que no todos los políticos son iguales, ni en sus comportamientos ni en su cultura. Asisten a la irrupción del mundo distópico tan asombrados como nosotros, preguntándose en qué hemos fallado todos: políticos, periodistas, demóscopos, economistas y “también los ciudadanos, esos que se ponen como fieras ante un televisor en el bar ante una información de un político corrupto y acabado el café, se van a aplaudir al ídolo de su equipo de fútbol que acaba de estafar millones a Hacienda”, ejemplariza el filósofo. La ciencia, dice, a la que se miraba con confianza hasta marzo, ya no tiene la capacidad salvadora, y el estatus del conocimiento científico ya no es el mismo ante las contradicciones de unos y otros expertos.

La vieja lógica no sirve

“Vivimos en una época de incertidumbre, nos dicen; pero ha habido otras épocas. Hubo epidemias de peste en Roma que se llevaron por delante hasta al emperador. No es la incertidumbre lo que radicaliza, es la pérdida de la confianza. Los políticos no funcionan, no es que funcionen unos sí y otros no, ahora es que se transmite que no funcionan en su conjunto; porque las transformaciones políticas que se esperaban no se han llevado a cabo. En la segunda década del siglo XXI aquí se iba a llevar a cabo la regeneración política, pero lo que se ha producido es un relevo generacional, no una regeneración política. Hasta hace poco, si fallaban unos venían los otros y regeneraban, era esa la sensación. Ya no, no hay recambio al conjunto salvo que aparezca alguien absolutamente al margen de la clase política actual. Y hay una parte de la ciudadanía que siente rabia, enfado sin objeto claro contra el que dirigir esa rabia”, expone Manuel Cruz.

Ya en la cultura griega se conocía la fuerza de una calumnia repetida una y otra vez. Trump lo sabe aunque no haya leído libros

El asunto es quién va a rentabilizar esa rabia o quién lo está haciendo ya. “No sabemos. Hay una gran desafección cósmica. Aquí la gente ha interiorizado que la política es un espectáculo que se da los miércoles por la mañana a las 9, y ya. No reconocemos los efectos distintos, heterogéneos, locos, como los brotes de violencia nocturnos, donde pueden coincidir los extremos de derecha y de izquierda; hay otros casos, indicios como el del sur de Italia, donde los desfavorecidos, sin objetivo, asaltan ya supermercados… Pero es que todo esto los analizamos con la vieja lógica, pensando en que habrá una fuerza política que lo rentabilizará, y quizá no sea así. Quizá estemos ante un fenómeno que ya no se analiza con nuestros viejos parámetros”, remata el filosofo.

Lassalle, quien señala que estamos en la distopía “porque la utopía asociada al progreso se ha disuelto como posibilidad en el imaginario colectivo”, añade el mecanismo definitivo de todo esto: la tecnología y las redes sociales que han llegado con ella. “La tecnología es un poder que está cambiando el mundo y sacándolo de sus ejes. Y es un poder sin control democrático y sin posibilidades cívicas al faltar a una estructura de derechos que acompañe su desarrollo”, subraya el consultor de la London School.

Huxley: “62.400 repeticiones hacen una verdad”

Filósofo y abogado se explican así en los días en los que un presidente de Estados Unidos lanza amenazas y mentiras capaces de dinamitar el sistema desde el corazón de la aún primera potencia del mundo -la Casa Blanca-, cuando el país ha registrado hasta ahora en torno a 240.000 fallecidos por covid-19. “62.400 repeticiones hacen una verdad”, escribió en 1932 Aldous Huxley en Un mundo feliz, antes de la propaganda nazi de Goebbels y Hitler. Pero ya en la cultura griega se conocía la fuerza de una calumnia repetida una y otra vez. Trump lo sabe aunque no haya leído libros. Para sus seguidores, que tres cadenas corten al presidente en directo por mentir no hace nada más que demostrar que hay una conspiración de los demócratas-socialcomunistas contra su líder salvador. El principal canal de los trumpistas son las redes sociales, especialmente Whatsapp, el universo privado, familiar, difícil de desmentir por las instituciones y los medios tradicionales. Las fake news que envían nuestros padres, hijos, hermanos.

Es “un futuro muy rentable en el que nadie podrá tocar al otro y de aislamiento permanente para las clases adineradas”, ha explicado Klein

Mientras el aún grupo mayoritario de la ciudadanía gestiona además la sensación de vulnerabilidad ante la pandemia, es testigo de que la ciencia avanza más lentamente de lo esperado y que los populismos van veloces, numerosos pensadores, políticos o periodistas intentan comprender los fallos de las democracias. Naomi Klein, la canadiense autora del conocido ensayo La doctrina del shock, mantiene que la pandemia es otra fase del capitalismo del desastre, que es tan rentable para las grandes corporaciones (Google, Amazon, Facebook). Silicon Valley está inmerso en la distopía, investigando las enormes posibilidades de la inteligencia artificial, la vigilancia de los sujetos, los robots. Es “un futuro muy rentable en el que nadie podrá tocar al otro y de aislamiento permanente para las clases adineradas”, ha explicado Klein en diversos medios. Las empresas de tecnología, el Nasdaq, baten récords de sus cotizaciones constantemente.

‘Blade Runner’: la luz intensa dura la mitad

Corren tiempos para seguir cultivando la imaginación, diseñarte el futuro más loco que puedas imaginar, pero como hay tiempo, quizá el ejercicio de ser conscientes alguna vez al día de que estamos viviendo ya en una de esas series que vemos cada noche, o que leímos de jóvenes, ayude.

Hay un diálogo en Blade Runner, cuando el replicante Roy Batty va a visitar a su creador para pedirle más tiempo de vida, que no es el de las famosas lágrimas en la lluvia ni la puerta Tannhäuser, pero que es aplicable a los tiempos que vivimos, tan brillantes como cortos: “La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad del tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad. Eres el hijo pródigo, eres todo un premio”, le consuela el maestro con escaso éxito. Batty le acaricia segundos antes de matarle.

Postdata: Rutger Hauer, el enormeactor rubio que interpreta al replicante mítico, murió en julio del año pasado. La acción de Blade Runner transcurre en Los Ángeles, en noviembre del 2019. Hasta ese futuro nos hemos fumado ya.


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