Madrid resiste ante el acoso socialcomunista. Por Rafael García Alonso@


Después de tres meses de durísimo confinamiento domiciliario, como consecuencia de la errática gestión de la pandemia llevada a cabo por el gobierno de Pedro Sánchez, España presentaba a comienzos del verano los peores indicadores sanitarios de todos los países de la OCDE y los peores datos macroeconómicos de toda la Unión Europea. A pesar de ello, el Gobierno socialcomunista compraba, con el dinero de todos los españoles, las portadas de los grandes diarios nacionales, para trasmitir a la ciudadanía un inaudito mensaje de optimismo, en el que paradójicamente se decía “Salimos más fuertes”. Con esta campaña mediática orquestada por su gabinete de prensa, P. Sánchez venía a demostrar dos cosas: por un lado, que su hipertrofiado ego necesita de la propaganda a gran escala para ocultar su manifiesta incompetencia y, por otro lado, que su insensibilidad hacia las miles de personas que sufren por la muerte de un familiar o la pérdida del puesto de trabajo es tan inconmensurable que solo puede apreciarse en un absoluto sociópata.

Ajeno, por tanto, al desastre nacional provocado en buena medida por ese explosivo cóctel de necedad y vanidad que le caracteriza, P. Sánchez, como Agamenón en Áulide, acudió a su particular Calcante, que no es otro que Iván Redondo, a la sazón su jefe de Gabinete, para preguntarle si había persona alguna que pudiera rivalizar con él en todo el Reino de España. La respuesta no se hizo esperar y su áulico asesor le respondió que efectivamente la había y que ésta no era otra que Isabel Díaz Ayuso. Al escuchar esas desalentadoras palabras este impenitente narcisista que tenemos por presidente fue incapaz de mantener la compostura, por lo que no pudo evitar lanzar al aire un alarido infrahumano, que expresaba la ira que, nacida de las profundidades de su tenebrosa alma, embargaba todo su ser.

Evidentemente, como todo buen psicópata, P. Sánchez no dejó pasar la oportunidad de mostrar su intrínseca maldad y, de esta forma, comenzó su particular acoso a la presidenta de la Comunidad de Madrid (CM), desdeñando las perniciosas consecuencias que tal forma de proceder pudiera ocasionar a los madrileños.

Así, a lomos de la venganza, paralizó el proceso de desescalada de la CM, aduciendo que tan solo seguía las indicaciones sanitarias de un comité de expertos que, desde la sombra, asesoraban al ministro de Sanidad, Salvador Illa, el cual bastante tenía con releer a Schopenhauer, como para interesarse por cuestiones tan prosaicas como una epidemia vírica de escala mundial. Ante la falta de concreción y la hecatombe económica que ello suponía para los madrileños, Isabel Díaz Ayuso elevó una queja al Defensor del Pueblo pidiendo que, al menos, se hiciera público el nombre de los expertos que formaban parte de dicho comité. Obligado por las circunstancias el Gobierno no tuvo más remedio que reconocer ante el Consejo de Transparencia que tal comité de expertos nunca llegó a existir. Obviamente, ello supuso ante la opinión pública un enorme descrédito para el Gobierno, que se saldó no con la dimisión de algún responsable del desaguisado, sino, en el colmo del cinismo, con el inmerecido halago de la actuación del mando único centralizado, por más que dicha actuación fuera vergonzosa.

En cualquier caso, finalmente llegó la ansiada desescalada para todos, acompañada de una mejora de las tasas de morbimortalidad, por lo que P. Sánchez, irresponsablemente deseoso de irse de vacaciones “gratis total”, dejó en manos de las CC.AA la gestión de la pandemia. Para dicha tarea resultaba fundamental cambiar la legislación sanitaria vigente y a ello se comprometió P. Sánchez ante el Congreso de los Diputados. Sin embargo, cuando llegó el momento de hacerlo, el presidente del Gobierno de forma mezquina se negó a ello, evidentemente temeroso de perder un solo ápice de poder.

Y así, mientras el presidente disfrutaba de forma indecente de los placeres de la vida y los españoles luchaban a brazo partido por sacar adelante a sus familias, la situación sanitaria comenzó a deteriorarse de nuevo, debido, por una parte, a la ineficacia de una cogobernanza que impedía la implementación de un plan nacional unificado para luchar contra la pandemia y, por otra parte, por los mensajes emitidos por el gobierno en el sentido de que la pandemia estaba controlada y lo peor ya había pasado, con el consiguiente relajamiento de la población. Pero como este Gobierno casi siempre se equivoca, en esta ocasión también erró el tiro y lo peor, que era una repetición de la primera ola, estaba por llegar en forma de segunda ola.

Cabría pensar que algo habría aprendido el presidente de la primera ola y efectivamente así fue, ya que lo primero que hizo tras volver de sus prolongadas vacaciones fue diluir sus responsabilidades, a pesar de que mantenía el control de la situación, responsabilizando a las CC.AA tanto del origen como de las consecuencias de esta segunda etapa de la pandemia.

Mientras tanto, Isabel Díaz Ayuso, bastante más previsora y laboriosa -además de tener acondicionado para su puesta en funcionamiento en cuanto la situación lo requiriera el Hospital de Ifema, abierto de forma casi milagrosa a finales de marzo- se puso manos a la obra y mandó construir un nuevo centro sanitario, el llamado Hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal, ya terminado y dispuesto a abrir sus puertas, con lo que se ha conseguido que la cobertura sanitaria en la CM haya mejorado de forma considerable en un tiempo record.

Paralelamente a ello, conforme la incidencia acumulada (IA) de casos por coronavirus iba en aumento, la Consejería de Sanidad segmentó la comunidad en zonas básicas de salud (ZBS), para así poder tomar medidas que tan solo afectaran a aquellas zonas con una alta IA de casos. Debido al progreso de la pandemia la CM tomó a finales de septiembre la decisión de restringir la movilidad en 45 ZBS. En ese momento, con la formación del llamado Grupo Covid-19, parecía incluso que podía llegarse a una entente cordial entre el Gobierno central y la CM para el control de la pandemia. Pero las ansías de venganza seguían anidando en el espíritu de P. Sánchez y tan solo unas horas después de reunirse por primera vez dicho grupo, resultó que todo era una farsa y el ministro de Sanidad –haciendo un traje a la medida de Madrid, al utilizar a su antojo diversos indicadores epidemiológicos- decidió, apelando a la Ley de Cohesión y Calidad del Sistema Nacional de Salud, decretar el estado de alarma en la CM y, con ello, el cierre perimetral de 10 municipios de la región, incluida la capital. En consecuencia -de forma unilateral, utilizando, contra todo criterio epidemiológico, una segmentación territorial de carácter administrativo en sustitución de una parcelación desde una perspectiva sanitaria y, todo ello, sin ni siquiera comprobar si las medidas puestas en marcha lograban fructificar con éxito- el Gobierno central decidió cerrar Madrid, condenando a la región a un deterioro económico que ponía en riesgo de exclusión laboral a un número importante de madrileños, sin obtener como contrapartida una mayor seguridad sanitaria.

Isabel Díaz Ayuso, si bien acató la orden ministerial publicada en el BOE, se declaró nuevamente en rebeldía y apeló dicha orden al Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM). La resolución del tribunal no se hizo esperar y supuso un duro varapalo para el Gobierno socialcomunista. Así, según el TSJM la aplicación de dicha ley “no contiene una habilitación legal para el establecimiento de medidas limitativas de derechos fundamentales” y además supone “una injerencia de los poderes públicos en los derechos fundamentales de los ciudadanos”. Con este dictamen en la mano P. Sánchez tuvo un ataque de apoplejía, del que a duras penas salió, aunque, todo hay que decirlo, lo hizo con un deterioro cognitivo mayor que el que previamente padecía. Pero, por si todo ello no fuera suficientemente esperpéntico, el ministro de Sanidad se vio obligado a reconocer públicamente que los datos empleados para cerrar perimetralmente la CM eran antiguos y, no solo eso, sino que la región en su conjunto, en el momento del confinamiento, cumplía con los requisitos exigidos por las autoridades sanitarias. Es decir, todo un despropósito malintencionado, ya que se obviaba que la mejoría sanitaria en Madrid ya se había producido antes de la entrada en vigor del estado de alarma.

Tras la resolución judicial y la vuelta al punto de partida, es decir a una política de restricciones aplicada por ZBS, en función de los datos epidemiológicos existentes en cada una de ellas, resulta que la situación ha revertido de tal manera que, en apenas dos semanas, la CM se ha convertido en una de las CC.AA con menor IA de casos por coronavirus, menor porcentaje de ocupación de camas hospitalarias y menor porcentaje de ocupación de unidades de cuidados intensivos, situándose en todos estos parámetros muy por debajo de la media nacional. Si tenemos en cuenta que Madrid presenta una alta densidad poblacional, una gran conectividad interpersonal y que, además, sin razón plausible alguna sino más bien todo lo contrario, P. Sánchez se ha negado en todo momento a permitir la realización de test diagnósticos en puertas de entrada tan importantes como el Aeropuerto de Barajas y la Estación de Atocha, podemos decir que, sin lugar a dudas, la gestión sanitaria llevada a cabo por Isabel Díaz Ayuso solo puede calificarse como exitosa.

Dijo hace algún tiempo el poeta y dramaturgo alemán Johann Wolfgang von Goethe en su poema “”Ladran” que “sus estridentes ladridos solo son señal de que cabalgamos”.  Y eso mismo te digo yo Isabel, si ves que el perro te ladra, es tan solo señal de que cabalgas y, más allá de eso, un claro indicio de que Madrid se resiste a claudicar ante el acoso del Gobierno socialcomunista.




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