«De mayor no quiero ser como mi papá»

Más de un millón seiscientos mil niños y niñas viven en hogares donde sufren las consecuencias de la violencia de género que ejercen sus padres sobre sus madres, son datos de la Macroencuesta de 2019. Respecto a la Macroencuesta de 2011 se ha producido un importante incremento en el número de menores que viven bajo esta violencia, lo cual indica que el silencio que la envuelve habitualmente se traduce en impunidad y en más violencia.

El impacto de la violencia de género sobre los hijos e hijas es profundo. Produce alteraciones en el plano físico y psicológico que, además del daño que ocasionan, actúan como el “mejor aprendizaje” para reproducir la violencia en el futuro. Beatriz  Atenciano, en un trabajo publicado en 2009, hace una revisión científica de las consecuencias que produce en los hijos e hijas la exposición a la violencia de género, y describe alteraciones como ansiedad, depresión, baja autoestima, abuso sexual… recogiendo otros estudios que muestran que también ejercen conductas violentas hacia otros niños en el 53%, violencia contra las madres en el 22’5%, bajo rendimiento escolar en el 25%, tristeza y aislamiento en el 30%, y miedo al maltratador en el 27’5% (Patró y Limiñana, 2005). Al final destaca que en la mayoría de los casos en los que hay violencia contra la madre también la ejercen contra los hijos e hijas.

Llamar a atención sobre esta realidad no solo es necesario, sino que, además, es una responsabilidad y una obligación para evitar que los padres maltratadores sean quienes se aprovechen del desconocimiento general, e instrumentalicen a sus hijos al ocultar su violencia en la invisibilidad del silencio.

Cada vez son más los estudios que muestran que el lugar más lejano al que miran muchos hombres es su ombligo

No es casualidad que quienes se sienten ofendidos por una campaña que le da voz a un niño que dice de su padre maltratador que no quiere ser como él, sean los que niegan la violencia género y los que piden que se denomine violencia intrafamiliar, para esconder detrás de esa familia a quienes ejercen la violencia contra sus miembros. Porque son los hombres y los padres los que mayoritariamente ejercen la violencia dentro de los contextos de relación. 

Por eso, los que no dudan en presentar a los menores extranjeros, a todos, como violadores y delincuentes, y a las mujeres que denuncian, a todas, como autoras de un delito de denuncia falsa, son los mismos que interpretan que hablar de los hombres que maltratan es “criminalizar a todos los hombres”. Una posición que resulta llamativa porque no piden que la campaña especifique mejor que sólo se trata de los “hombres maltratadores”, sino que directamente exige que se retire y que no se hable del tema.

¿Qué interés tienen los “hombres no violentos” en que no se hable de los “hombres violentos”?

Su egoísmo y narcisismo es insaciable, pero no es un accidente. Cada vez son más los estudios que muestran que el lugar más lejano al que miran muchos hombres es su ombligo, porque eso es el machismo, no sólo todo lo relacionado con el sexismo, este es su esencia, pero no acaba en él. Por eso buscan su interés personal por encima del de cualquier otra persona y situación. Un ejemplo cercano de este posicionamiento androcéntrico lo vemos en los estudios sobre la intención de voto en las elecciones de Estados Unidos, lo cuales, como el recogido en el artículo de Michael Sokolove en The New York Times (23/10/20), reflejaron que los hombres votan más pensando en sus intereses particulares y en lo que les afecta a ellos, mientras que las mujeres lo hacen primando el bienestar de la comunidad y la nación. 

¿Qué se supone que debe hacer un hijo que ve cómo su padre destruye la vida de su madre, la de sus hermanos y hermanas y la de él?

Y en una construcción de poder como esa se prefiere que cualquier persona sufra antes de que alguien pueda hacer entender que los hombres tenemos una responsabilidad en los males que ocasionan hombres.

La pasividad de los hombres ante la violencia de género que asesina a 60 mujeres y a 5 niños y niñas de media cada año, y maltrata a más de 2 millones de mujeres y a más de 1’6 millones de menores (Macroencuesta 2019), demuestra su responsabilidad por omisión, pero también refleja que los maltratadores no son todos los hombres, aunque sí muchos más de los que aparecen en las estadísticas.

La ultraderecha que pide el “pin parental” en los colegios para que no se hable de igualdad ni de nada relacionado con la prevención de la violencia de género, tampoco quiere que se hable en la sociedad de una realidad que cuestiona su modelo androcéntrico, pero el resto de las fuerzas políticas y la sociedad debemos hablar bien alto para acabar con la invisibilidad y el silencio impuesto históricamente.

Los primeros en darse cuenta de que un maltratador no es un buen padre son sus propios hijos e hijas

Y los niños también deben hablar para decirle a un padre maltratador que no quieren ser como él, y la sociedad y las instituciones debemos ayudar a esos niños para que no lleguen a ser como sus padres maltratadores, y dejen de lado la violencia que han vivido en sus hogares. Ya se le dio voz a los niños y a las niñas en el Ministerio de Igualdad en la campaña de 2008 cuando un niño decía, “Mamá, hazlo por nosotros, actúa”.

¿Qué se supone que debe hacer un hijo que ve cómo su padre destruye la vida de su madre, la de sus hermanos y hermanas y la de él? ¿callar? ¿decir que quiere ser como él? Los primeros en darse cuenta de que un maltratador no es un buen padre son sus propios hijos e hijas.

Por eso ahora también se le ha dado voz a los niños que viven la violencia de género cada día, por lo cual felicito al Ayuntamiento de Córdoba y le pido que recupere la campaña para que la sociedad tome conciencia de la dimensión, trascendencia y consecuencias que producen los hombres cuando maltratan a las mujeres, y cuando esa violencia impacta sobre los niños y las niñas que viven en el mismo hogar. Un impacto que ha llevado a que algunos hijos e hijas hayan llegado hasta “quitarse” el apellido paterno.

Si los padres quieren que sus hijos se les parezcan lo tienen muy fácil, que no maltraten y que sean ejemplo de una paternidad afectiva y responsable. Y el resto de los hombres debemos querer que sea así y no callar sobre los hombres que maltratan.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor. 




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