El Distrito Financiero de Guadarrama y los remordimientos de un rey

Me envuelven los frondosos bosques de coníferas de Guadarrama. El escenario es fabuloso, no me canso de contemplar cómo los arroyos se precipitan montaña abajo. Nada sugiere la proximidad de un gran centro de riqueza en este entorno tan agreste. Pretendo visitar un antiguo monasterio de cartujos en el alto
valle del río Lozoya
.

No fantaseen con un humilde y aislado convento donde austeros frailes llevaban una vida de recogimiento y privaciones, consagrados al rezo y la penitencia: durante el siglo XVI,
El Paular fue una gran potencia económica, con dehesas en Extremadura, tierras e inmuebles en Andalucía, una cabaña con más de 30.000 ovejas, un hospital en Madrid, intereses en León y Asturias… Sumen las contribuciones que cobraba a los arrendatarios de sus tierras: fuentes de 1593 constatan que solo el municipio de Rascafría ya pagaba 70.000 reales al cenobio cada año.






Rascafría conserva rasgos del urbanismo tradicional de Guadarrama: calles estrechas, casas de piedra con dos plantas y ventanas pequeñas





El origen de Rascafría se remonta a la edad media, cuando la Reconquista despobló la región. Cualquiera podía instalarse en ella con el permiso de los reyes de Castilla, a cambio de asumir la defensa del territorio. Cuadrillas de pastores segovianos repoblaron estas montañas. Dedicada a la ganadería lanar, la población permaneció estancada durante siglos, superando apenas los dos centenares de vecinos.

La economía ganadera se complementaba con algunos cultivos de regadío, con un poco de trigo y centeno, y con la caza y la pesca, muy abundantes. Cuando el precio de la lana se desplomó, ya durante el siglo XVIII, los vecinos se dedicaron progresivamente a la explotación forestal de los bosques, a la madera. El comercio local, no obstante, siguió limitado a una taberna, una carnicería y un mesón, lo cual aporta una idea sobre el núcleo. Hasta que, ya a finales del siglo XIX, la zona empezó a transformarse en un espacio de servicios destinado al ocio de los madrileños.

Iglesia parroquial de San Andrés Apóstol, de Rascafría
Iglesia parroquial de San Andrés Apóstol, de Rascafría
(María Jesús Blanco / Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)



El pueblo actual conserva bastantes rasgos del urbanismo tradicional de Guadarrama: calles estrechas, casas de piedra con dos plantas y ventanas pequeñas para proteger el interior del frío… La planta baja de esas viviendas solía concentrar la cuadra, la cocina y el horno; la superior, la sala y las habitaciones. Los dos edificios más antiguos de Rascafría son la iglesia parroquial de San Andrés Apóstol, del siglo XV, bastante restaurada, y el conjunto de La Casona, que se usó originalmente como lazareto y hospital.





El centro de información turística está frente al antiguo cementerio. Justo allí empieza el camino que lleva al monasterio de El Paular. Su primer tramo discurre entre chopos y en paralelo al río Lozoya. Muy pronto pasa frente a la fábrica de la Sociedad Anónima Belga de Pinares de El Paular, una serrería que tiene algunos edificios antiguos con interés. La empresa existe de forma ininterrumpida desde 1840, cuando unos inversores belgas compraron el monte Cabeza de Hierro para su explotación maderera.


Dicen que del molino de Los Batanes salió el papel con que se imprimió la primera edición de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’





La llegada a El Paular se hace a través del puente del Perdón, que cruza el río Lozoya. Lo construyeron los monjes durante el siglo XVIII para acceder al cercano molino de papel de Los Batanes, otra de sus fuentes de ingresos. Dicen que de ese molino salió el papel con que se imprimió la primera edición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada en Madrid en 1605.

Las autoridades locales solían celebrar los juicios junto al puente del Perdón, donde los acusados podían recurrir las sentencias si les eran desfavorables. De ahí procede el nombre del puente. En el caso de los peores crímenes, los alguaciles los llevaban a la Casa de la Horca, que estaba a 2 kilómetros en dirección al puerto de Cotos, natural de Peñalara y el Centro de Educación Ambiental Puente del Perdón, donde informan de manera pormenorizada sobre posibles rutas en la zona.





Puente del Perdón, sobre las aguas del río Lozoya, en Rascafría
Puente del Perdón, sobre las aguas del río Lozoya, en Rascafría
(Diego Sanz Siguero / Wikimedia Commons GFDL)



El Paular se fundó el año 1390 y fue el primer convento cartujo en Castilla. Su origen está ligado a los remordimientos de un rey, Enrique II, fundador de la dinastía Trastámara. Este combatió repetidas veces en Francia. Durante una de esas campañas, sus ejércitos arrasaron un monasterio cartujo, atropello que lo llenó de culpa. Deseoso de expiarla, a las puertas de la muerte encargó a su hijo y sucesor Juan I la fundación de un convento de aquella orden en su reino. Se haría en un lugar entre montañas donde el soberano tenía unos pabellones de caza, justo donde se alzaba la ermita de Nuestra Señora del Poblar.

Juan I puso la primera piedra y cedió el monasterio a la orden de los Cartujos “para siempre jamás”, haciendo escritura pública de esa donación. Además, asignó 20.000 ducados para el comienzo de las obras y regaló a los cartujos “todas las rentas de las tierras, de las villas y lugares del arciprestazgo y aldeas del valle de Lozoya”. La primera comunidad la formaron 5 frailes llegados de la cartuja tarraconense de Escaladei.






Tanta protección real solo comenzaría a declinar en tiempos de Felipe II, con la construcción del monasterio de El Escorial, la niña de sus ojos





El complejo inicial tuvo tres partes bien diferenciadas: el monasterio, la iglesia y una zona palaciega para disfrute de los reyes, grandes benefactores del convento. Participaron arquitectos de renombre, como Rodrigo Alfonso o Juan Guas, a quienes se sumaría Rodrigo Gil de Hontañón un siglo más tarde. La iglesia se acabó durante el reinado de Isabel I La Católica y es la parte más sobresaliente del recinto, sobre todo el retablo mayor, una obra llena de esplendor y opulencia.

Los monjes se podían permitir tanta ostentación. El sucesor de Juan I, Enrique III, había autorizado a la cartuja a cortar y utilizar toda la madera que quisiera, la eximió del pago de cualquier tributo, y le dio la propiedad del ganado, los pastos y las aguas del término. Los Reyes Católicos sumaron un nuevo regalo: “Toda la pesca de los arroyos que existen desde el Monasterio hasta el nacimiento del Lozoya”. Tanta protección real solo comenzaría a declinar en tiempos de Felipe II, a raíz de la construcción del monasterio de El Escorial
, la niña de sus ojos. Aun así, no fue muy grave para El Paular, cuyos sagaces monjes ya prosperaban por sí solos: habían empezado a invertir su riqueza en propiedades fuera del valle.





Retablo mayor del monasterio de El Paular
Retablo mayor del monasterio de El Paular
(Juan Carlos Hernández Hernández / Getty Images/iStockphoto)



Como un signo de esa prosperidad, en 1626, el prior Juan de Baeza encargó al prestigioso pintor Vincenzo Carducci una serie de 56 grandes cuadros dedicados a la vida del fundador de los cartujos, san Bruno de Colonia, y a la historia de la orden. Llenarían otros tantos espacios en el claustro del monasterio. El encargo ocupó seis años al maestro florentino, quien recibió 130.000 reales como retribución, un dineral. Los cuadros se conocen colectivamente como
La serie cartujana
y se consideran la obra maestra del artista.

El convento vivió en prosperidad hasta el siglo XIX, cuando pasó de la opulencia al abandono en menos de tres décadas. Fueron años llenos de reveses para la cartuja. El primer golpe lo asestó la efímera administración napoleónica cuando suprimió las órdenes religiosas regulares en 1808. Una patrulla francesa expulsó a los monjes de El Paular por la fuerza ese mismo año, si bien regresaron en 1814 gracias a la protección de Fernando VII. Luego, la desamortización de Mendizábal puso el punto y final en 1835: el Estado vendió el monasterio y todos sus tesoros en octubre de 1844 por 40.000 duros, con la única condición que el comprador protegiera el retablo, la sillería y la verja de la iglesia; no se cumplió.





El nuevo propietario pretendía instalar una fábrica de vidrio en el terreno, todo lo demás le era indiferente. La presión de la madrileña Academia de Bellas Artes consiguió que el Estado recomprase el edificio en 1876 por 60.000 duros. Tiempo después, la Segunda República planeó la creación de una universidad de verano en El Paular, pero el comienzo de la Guerra Civil frustró el proyecto.


La vida religiosa regresó a El Paular de la mano de Francisco Franco





La vida religiosa regresó a El Paular de la mano de Francisco Franco. El dictador hizo un viaje a Catalunya en 1942, durante el que visitó el monasterio de Monserrat. El ambiente religioso de ese convento le impresionó tanto, que decidió injertarlo en Madrid, en El Paular, que seguía deshabitado. Inicialmente ofreció el monasterio a sus antiguos propietarios, los cartujos, quienes declinaron el regreso. La segunda tentativa se hizo a la misma orden que gobierna Montserrat, la benedictina, si bien se eligió un monasterio riojano para la repoblación, el de Valvanera. Cinco monjes llegaron a El Paular el 20 de marzo de 1954.

Permítanme que les quite un peso de encima antes de acabar este reportaje: solo 4 de las 56 pinturas de Carducci se han perdido, a pesar de los descalabros experimentados por el monasterio. A raíz de la desamortización, los lienzos se dispersaron por diversos museos e instituciones. El Museo del Prado los reagrupó, y en 2002 acometió una restauración difícil que acabó en 2006. Tres años más tarde se emprendieron importantes obras de adecuación en el claustro de El Paular, necesarias para restituir
La serie Cartujana
a su emplazamiento original, donde ya se encuentra desde 2011.

'La observancia cartujana más allá de la muerte', de Carducci
‘La observancia cartujana más allá de la muerte’, de Carducci
(Macarrones / Wikimedia Commons)




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