Un argelino, un saharaui, un ruandés y un guineano en Canarias

Los pies de un chaval argelino cuelgan de la litera de un albergue de acogida en Puerto Cabras. Se lamenta de no estar en el continente europeo. Mientras, repite que él solo quiere vivir en Italia y tener

Los pies de un chaval argelino cuelgan de la litera de un albergue de acogida en Puerto Cabras. Se lamenta de no estar en el continente europeo. Mientras, repite que él solo quiere vivir en Italia y tener un mercedes.

A mitad de travesía, bajo la noche y sobre el océano, un padre saharaui decide seguir adelante. Lo hace sin dudar. Volver atrás significa la muerte de su familia. Su mujer y sus cuatro hijos, con edades entre los cuatro y los dieciséis años, lo acompañan en una pequeña patera hacia Canarias.

Cerca de Fuerteventura un barco nodriza lanza al mar una balsa neumática llena de africanos. Uno de ellos tiene cicatrices de machete en ambas mejillas. Una cruz en una y una raya vertical en la otra. Es la marca de su clan familiar. Había otros rostros que lucían otras marcas diferentes. Así eran las cosas en su tierra, Ruanda. Literalmente, huía de la muerte. No tenía otra opción de vida, debía emigrar. Lo supo cuando presenció cómo otro clan le quitaba la vida a su padre de un disparo.

Para bañarse guindaba agua con un balde de plástico de un aljibe. Como él, muchos otros malvivían en las abandonadas naves industriales. En su tiempo fueron antiguas fábricas de conservas de pescado. Ahora se habían convertido en un pequeño campo de refugiados y de toxicómanos. Se pasó del enlatado de pescado al de personas. Tras el baño y bajo el sol de Lanzarote, el guineano no podía creer que estuviera tan cerca del continente africano tras un viaje tan largo. Encima ahora, mientras miraba el mapa que sostenía entre sus manos mojadas, Europa le parecía aun más lejos.

A través de nuestras propias orillas, miles de personas han llegado al fondo del océano más oscuro que existe, la muerte. En las redes sociales los mares y sus fondos son tan falsos como la vida o la muerte. Si una es irreal también lo es la otra. Renunciamos a lo real a cambio de lo virtual sin reparar que, también para nosotros, llegará un día que haga que no hayan más días.


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