‘Game over’: el sprint de tribunales y negacionismo de Trump que no impide que Biden sea presidente

SAUL LOEB via Getty ImagesDonald Trump, el pasado 7 de diciembre, en una imposición de medallas en la Casa Blanca.  Entre amigos, sin cámaras, Donald Trump se mostró resignado a su destino: “Nos vemos dentro

Entre amigos, sin cámaras, Donald Trump se mostró resignado a su destino: “Nos vemos dentro de cuatro años”, dijo el pasado 2 de diciembre. Parecía haber encajado que un mes y un día antes los ciudadanos le habían sacado de la Casa Blanca, urnas mediante, y habían apostado por el demócrata Joe Biden como presidente de EEUU. ¿Era sincero en petit comité? ¿Había asumido su derrota de verdad?

De cara a la galería, al menos, la respuesta es no, claramente. El magnate no ha hecho otra cosa que poner recursos, mostrar supuestas pruebas de fraude, negar lo evidente y calentar el ambiente con acusaciones gruesas, algo peligroso cuando te han votado 75 millones de personas -muchas acérrimas- a las que no les hace gracia el cambio de Gobierno. 

Este lunes, el Colegio Electoral emitirá sus votos y ya poco tendrá que patalear el presidente saliente. Pero Trump ha insistido en mantener la pelea hasta el último instante. Esta madrugada, ha recibido un revés definitivo: el Tribunal Supremo estadounidense ha rechazado una demanda, impulsada por Texas, que de prosperar podría haber alterado los resultados que hasta ahora teníamos por seguros. Lo ha hecho con apenas dos párrafos, contundentes, en los que queda claro que no hay fraude alguno. Quien le ha dado semejante bofetada es un Alto Tribunal de mayoría conservadora, con jueces nombrados en parte por el propio Trump, pero que por encima de todo son jueces y lo han visto claro. Nada que hacer. 

¿Qué dice el calendario?

Como fija el calendario electoral, el 14 de diciembre, lunes, es cuando los electores del Colegio Electoral emiten sus votos. El 3 de noviembre, los ciudadanos estadounidenses mayores de 18 años registrados como votantes dieron la victoria a Biden por 306 votos electorales frente a 232 de Trump, porque el voto no es directo: son los compromisarios o electores dentro de cada estado quienes emiten esos votos electorales, como representantes del pueblo, en última instancia.

Esos compromisarios tienen cita en Washington y, si votan sin sorpresas lo que han dicho sus ciudadanos, Biden estará formalmente afianzado como presidente. Luego quedará que el 6 de enero el Congreso recuente y certifique esos resultados y ya el 20 de enero se produciría la investidura del demócrata.

No se esperan giros, porque estos representantes tienen el compromiso de votar de acuerdo con el resultado de la elección popular y las normas de distribución del voto electoral de su Estado correspondiente. La Constitución no impone una disciplina de partido, pero 29 estados y el Distrito de Columbia piden lealtad a sus electores y cinco estados más prevén sanciones para electores desleales, que van desde multas de 1.000 dólares hasta condenas por delitos, directamente.

No obstante, nunca se ha penalizado a ningún elector desleal en la historia de EEUU. No han sido muchos en todos esos años, apenas 10 compromisarios. Y en ninguno de los casos se acabó modificando el resultado de una elección ni torciendo la voluntad de los ciudadanos.

Derrota tras derrota

La lucha de Trump contra los resultados de las elecciones ha sido un fiasco, vapuleada por los jueces, debilitada por testigos poco serios y con su principal abogado, Rudy Giuliani, fuera de juego por coronavirus. Más de 40 de los cerca de 50 recursos judiciales presentados por el equipo de Trump para impugnar las elecciones ya han sido rechazados por los jueces o abandonados por los impulsores.

Con comentarios sonrojantes, además: “Este tema ilustra bien la expresión: el tren ya pasó”, escribió el pasado lunes la jueza federal Linda Parker, que se negó a invalidar la victoria del demócrata Biden en Michigan, como le pedían los aliados del presidente republicano. “El pueblo habló”, añadió Linda Parker, rechazando unas acusaciones de fraude electoral basadas en “especulaciones y conjeturas”.

Las peticiones, estado por estado, han acabado en saco roto, no se han concretado en nuevos recuentos porque la justicia no los ha considerado oportunos o, peor, se han repetido, pero con resultado favorable para su enemigo: una segunda suma en el estado de Wisconsin, pagada por los republicanos, acabó dando 87 votos adicionales a Biden. En cuanto a las presiones ejercidas sobre los congresistas locales, alabados o criticados por el entorno de Trump, tampoco impidieron la certificación de los resultados en los estados más determinantes.

Con el escrutinio definitivo, Biden es ganador claro de los comicios, con seis millones de votos de ventaja sobre Trump, y después de haber recuperado para los demócratas esos territorios que el republicano ha reclamado para sí en múltiples pleitos: Wisconsin, Pensilvania, Míchigan, Arizona y Georgia.

La puntilla del Supremo

Estábamos esperando al Supremo, donde seguían vivos los recursos de algunos estados republicanos sobre los resultados finales, porque pese a ese suma y sigue de derrotas locales, Trump lo intentaba en lo más alto. Y a menos de dos días para la reunión del Colegio Electoral, ha llegado la puntilla. El segundo “no” a Donald. 

Hay que remontarse al pasado día 9, cuando se dirimió el primero de sus recursos a las elecciones, referido al recuento en Pensilvania. El republicano ya salió con el rabo entre las piernas. 

La última gran demanda de este circo, presentada por el estado de Texas, pretendía dar la vuelta a los resultados de las elecciones presidenciales en cuatro estados claves, Georgia, Michigan, Pensilvania y Wisconsin. El martes, el fiscal general de Texas, el republicano Ken Paxton, solicitó al Supremo que impidiera que esos estados ratifiquen la victoria del demócrata en el encuentro del colegio electoral del lunes próximo.

Un día más tarde, Trump presentó una moción para respaldar esa denuncia, luego avalada por más de cien miembros de su partido. Frente a ellos, una coalición de 23 fiscales generales estatales, liderados por el del Distrito de Columbia, que presentó el jueves ante el Supremo un documento similar al de los republicanos, pero para pedir lo contrario, que se rechace la demanda de Texas.

A los cuatro estados en pugna por esa demanda les corresponden en total 62 votos, de manera que si el Supremo se hubiera posicionado a favor de Paxton, el resultado de las elecciones podría haber cambiado. Pero no ha sido así: los jueces señalan que “Texas no ha demostrado un interés judicialmente reconocible sobre la manera en que otros estados llevaron a cabo las elecciones. El resto de mociones son rechazadas como irrelevantes”. Y más: no ha habido ninguna opinión de disenso, pese a que el Supremo se compone hoy de seis magistrados conservadores y tres progresistas.

Ni con agua caliente

Trump ha afianzado la pelea en los tribunales con sus denuncias habituales de fraude. El sábado pasado, volvió a afirmar que los comicios habían sido amañados. “Vamos a ganar”, insistió ante una multitud de seguidores en Georgia.

Al día siguiente perdió un poco de fuerza, cuando se supo el positivo en Covid-19 de Giuliani y su forzoso aislamiento y silencio. Llevaba un mes defendiendo que el presidente había ganado las elecciones, rozando muchas veces el ridículo. Ha llegado a acusar a Cuba y Venezuela del supuesto fraude y ha comandado declaraciones de supuestos testigos que han sido carne de meme, sin pies ni cabeza.

Pero el jueves, de nuevo, esta vez durante la celebración de Hannukah, Trump volvió a decir con sorna: “tenemos 75 millones (de sufragios) y no podemos ganar las elecciones”. Esperaba que justicia le acabara dando la razón.

Aún queda algún fleco legal pendiente, pero es menor y no podría cambiar el golpe de gracia del Supremo. No hay vuelco en el marcador. 

Quien siembra vientos…

… recoge tempestades, dice el dicho, así que incluso cuando Trump pierda todo lo que es posible perder y el poder quede a las claras en manos de Biden los problemas, el ruido, pueden seguir haciendo daño. Por dos motivos esenciales: uno, porque salvo excepciones ha habido un bloque bastante homogéneo de republicanos que se ha sumado a su ofensiva en los tribunales; es verdad que grandes del partido como Marco Rubio le han llamado a asumir la derrota, pero el multimillonario ha logrado, con los días y tras la prudencia inicial de buena parte de su partido, rodearse de una corte importante que le baila el agua. Eso, dice la agencia AFP, “podría dificultar el trabajo del futuro presidente con la oposición”.

Y dos, añade, porque Trump ha “instalado dudas” sobre la legitimidad del resultado de las presidenciales en una parte importante de la población. Más de 1.500 juristas denunciaron esta semana las “denuncias frívolas” que, según dicen, sólo tratan de “socavar la fe de los electores en la integridad de los comicios”.

Ya ha habido dos incidentes de los que meten el miedo en el cuerpo: una veintena de personas armadas rodearon hace una semana el domicilio de la congresista de Michigan encargada de supervisar el proceso electoral, Jocelyn Benson, y en Georgia, varios agentes electorales recibieron amenazas, lo que llevó a un político republicano local, Gabriel Sterling, a rogar a Trump que cambiara el tono de su discurso. Si no lo hace, advirtió, “alguien podría resultar herido, recibir disparos, ser asesinado”.

El fin de esta telenovela, en pocas horas.




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