No, no y mil ocasiones no (aunque después sí)

Europa Press News via Getty ImagesEl presidente Vox, Santiago Abascal, y el portavoz parlamentario, Iván Espinosa de los Monteros, protestan frente al Congreso por la aprobación de la eutanasia en España. Se les cae la

Se les cae la palabra libertad de la boca. Se despiertan, acuestan y viven  chillando libertad porque se sienten maniatados, amordazados, sometidos. Presos de un Gobierno que, de lunes a miércoles, flirtea con las huestes de Maduro y, de jueves a sábado, con los cabecillas de ETA. Todos los domingos tampoco descansa: se afana en diseminar el ateísmo por las calles y a hacer carantoñas a los que desean eliminar España. El Mal —de esta forma, con mayúsculas— existe. Y se llama Izquierda.

No caen en el desaliento, no se arredran. Luchan con denuedo por recuperar cada centímetro de independencia cercenado. Porque sin independencia no hay democracia. Por consiguiente, sostienen, España no es una democracia. 

Independencia, chillan sin suponer que la palabra es tan hermosa como amplia. Y que consiste en que todos podamos actuar, en unas reglas que nos marcamos como sociedad, sin coerciones. Sin que las preferencias o los valores de unos prevalezcan sobre los de otros. 

Dejar que enfermos para los que la vida es el reflejo del infierno en la tierra deseen —e inclusive imploren— parar el reloj solo merece una palabra: respeto. Lo opuesto es tratarlos como críos caprichosos que no han meditado lo bastante los provecho que implica estar atado a un respirador, sin capacidad para mover un fácil dedo. Va a haber muchos enfermos para los que, aun de esta forma, la vida merezca ser vivida. Respeto absoluto también.   

Que nos dejen vivir. Y morir

Respeto absoluto a fijar, si de este modo se quiere, el año, mes, día y hora de tu muerte. El cuándo y el de qué forma. Y independencia a fin de que cualquier persona se divorcie de su pareja, se acueste con quien desee o bien se enamore de quien le dicten su cabeza y corazón. El de el, no el de los demás. Eso es libertad, como lo es interrumpir un embarazo de manera facultativa dentro de los márgenes de la ley. No es cuestión de izquierdas, de derechas o bien de centro, sino de independencia. 

Defensores de una palabra tan definitiva como independencia cuya única respuesta es ‘no’. No al divorcio, no al aborto, no a la eutanasia, no al gobierno que han elegido libremente los ciudadanos, no a esta democracia. No, no y mil veces no, pese a que los mismos que se cierran en banda luego esgrimen un extenso sí al divorcio tratándose de resolver su infernal matrimonio; sí al aborto cuando son los que padecen un embarazo no esperado; sí a la democracia cuando son ellos o los de su cuerda los que rigen. Sí a la eutanasia en el momento en que deseen dejar de respirar. 

Lanzan noes tan categóricos como piedras sin dejar apenas espacio para el debate

Lanzan noes tan categóricos como piedras sin dejar solamente espacio para el enfrentamiento. Porque supondría admitir que lo que verdaderamente les aterra es la utilización de la independencia. Por eso recurran a razonamientos tan absurdos como que, si se deja el aborto o la eutanasia, España se va a llenar de personas que felizmente quieran abortar o bien  fallecer. Son incapaces de entender que libertad asimismo, o más que nada, pasa por poner fin a un drama personal con la más grande dignidad viable.

Que Vox se haya contrario a la aprobación de la eutanasia se daba por descontado: para la ultraderecha lo más revolucionario fue la Batalla de Covagonda. Del PP, no obstante, se suponía una mínima actualización ideológica. Más que nada para no reiterar el bochorno de rechazar con su no, no, no, leyes que luego, como el divorcio, exprimen con asombroso alegría. El cinismo hecho política.

Que nos dejen vivir. Y morir.




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