Carta al jefe del Estado

ANDRES BALLESTEROS vía Getty ImagesFelipe VI durante el alegato de Navidad de 2018.  Señor: Cada Nochebuena el discurso del rey se repite desde los comienzos de la nueva etapa democrática, manteniendo la práctica instaurada por

Señor:

Cada Nochebuena el discurso del rey se repite desde los comienzos de la nueva etapa democrática, manteniendo la práctica instaurada por la monarquía británica desde los años treinta del siglo pasado y cambiando con ello la fecha tradicional del alegato del dictador para el nuevo año por el presente discurso en tiempo de Navidad.

No tiene la épica que presenta la película británica de Ton Hooper en un instante crítico a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, mas tampoco la empatía y calidez de un país mediterráneo. Sobre todo en unas datas festivas, familiares y de buenos deseos para el nuevo año, edulcoradas hasta el empalago por el consumismo.

Al principio, el alegato del rey bien pudo agregar a la tradición, la juventud y la energía de una democracia recuperada después del film tiempo obscuro y triste de dictadura.

No obstante, se afianzó el continuismo y casi lo protocolario. Los auténticos discursos políticos de la jefatura del Estado se hicieron ajeno del alegato institucional. Este no tuvo nunca la intensidad dramática del 23-F, que, sin importar sus luces y sombras, marcó un salto cualitativo en la legitimidad de ejercicio de la Corona. Tampoco el carácter trágico de los atentados de Atocha, o el hecho inédito de la renuncia al trono como contribución a la continuidad y el obtuso alegato designado a Cataluña, que comenzó a darnos alguna pista sobre una monarquía que se mostraba carente de el intelecto política y sentido de servicio a la totalidad de la sociedad, lo cual no puede llevar a cabo sino más bien dañar a la Jefatura del Estado. De ahí que, desde ese momento, lo más esencial de lo ocurrido ha estado relacionado con los acontecimientos de la coyuntura política concreta y al margen del alegato oficial de la Nochebuena.

Porque el popular como alegato de Navidad se convirtió en un alegato lleno de tópicos, reiterativo y sin alma, del que no se aguardan novedades formales ni de contenido. Más aún, desde la crisis financiera, la austeridad, el malestar, la indignación del 15-M y el agitado cambio en la política y la representación parlamentaria que contrastan con su carácter envarado y previsible.

está obligado por la naturaleza del cargo que quiere ejercer a adoptar medidas más contundentes en las áreas de su responsabilidad en la vivienda real

Ya en los últimos años del reinado de su padre, don Juan Carlos I, ha estado impregnado de alusiones indirectas a la justicia y de moralina -inclusive cuando ahora se era conocedor de los delitos que se cometían desde el seno de la familia real-, entendida esta como una honestidad y una justicia que, lejos de ser para todos, resultó ser sobre todo para el resto. Una imagen, tanto familiar y como de compromiso institucional cada vez más alejada de la verdad, y que para nada se compadecía con los inquietantes datos que se iban escapando del, hasta ese momento, espeso mantón de silencio.

En respuesta a un discurso institucional tan previsible, los partidos han marcado tradicionalmente una posición a priori con relación a la Corona y la monarquía. Entre los monárquicos para reiterar su adhesión inquebrantable y entre los republicanos para poner énfasis sus diferencias con las carencias en el contenido social, de género o bien autonómico del mismo, aún a propósito inclusive de que fué supervisado y matizado hasta en sus datos por el Gobierno de turno.

Con su reinado, está tónica no cambió. Salvo un primer intento de enlazarlo a la legitimidad de origen de la familia real, con su grabación en el Palacio Real, y quizá con una retórica más actual y directa, no se atisba una huella novedosa en un formato ahora tradicional de discurso monocorde y envasado para la televisión.

Sin embargo, esta vez, va a coincidir conmigo y con parte importante de la opinión pública en que no tiene que ver con un discurso más. Es cierto que tampoco lo fue el previo, tras haber fijado la citada situación sin matices sobre el referéndum secesionista del uno de octubre, de torpe efecto no sólo entre los ámbitos independentistas y nacionalistas, sino más bien en todos y cada uno de los creen que la Jefatura del Estado debe representar una función de integración y no ejercer la imprudencia. Una vez más los discursos políticos del rey como jefe del Estado son frente todo los relacionados con la coyuntura política. Es ahí donde un jefe del Estado foguea su legitimidad de ejercicio, y no tanto en el tradicional alegato de Navidad.

Lo habitual sería un alegato de empatía con las secuelas sanitarias, humanas y socioeconómicas de la pandemia, de ánimo a los españoles para superarlas, y al mismo tiempo de igualdad de todos frente a la ley, así como un llamamiento al diálogo político y la revitalización del contrato popular como bases de la convivencia frente a la activa de la desestabilización y la crispación políticas.

En todo caso, este discurso de la Nochebuena de 2020 es diferente y muy importante, sobre todo para , si bien es verdad que no esencial, dado que la institución no se revalida con alegatos cada un año, sino más bien con hechos, de la misma manera que es en la realidad donde se vió degradada. Pero resulta importante exactamente ahora mismo en que la legitimidad de ejercicio de su predecesor, don Juan Carlos, se está viendo doblegada a una auténtica demolición descontrolada por la más que presunta utilización de su cargo para el enriquecimiento personal. Asimismo ante el actual intento de la extrema derecha de capitalizar la figura del rey Felipe VI.

Cada día que pasa es más primordial un Estatuto del jefe del Estado que incluya su patrimonio, intereses y también incompatibilidades

Ni la narración de la Transición de la dictadura a la democracia ni la de sus actores colectivos y también particulares se puede borrar a consecuencia de unas ocupaciones irregulares y presuntamente delictivas del previo jefe del Estado, por muy reprochables que éstas sean. El principal aval son el diálogo político y los desenlaces conquistados en derechos y libertades. Lo que se degrada es la legitimidad de ejercicio y la imagen del reinado de Juan Carlos I, que en consecuencia asimismo afecta (de nuevo) al ejercicio de como actual jefe del Estado.

Por eso, está obligado a ejercer sin dejación alguna las funcionalidades de la Jefatura del Estado de la que es titular. No puede haber silencios, que son también inquietantes, frente hábitos no exactamente ejemplares, ni visitas al notario. Usted tiene que ejercer las funciones de su cargo con todas las consecuencias para su predecesor, tal y como es habitual en todas las jefaturas de estado de nuestro entorno democrático. Si la manera familiar monárquica es un impedimento para ejercer en plenitud las funciones de la primera magistratura del Estado democrático similares con la transparencia y la rendición de cuentas, entonces es oportuno abrir otro género de reflexión sobre la viabilidad histórica de la manera monárquica. Por tanto, en este discurso hay una obligación ética pero sobre todo política de llevar a cabo mención a quien le ha antecedido en la jefatura del Estado y adelante de la vivienda real, mas más que nada para distanciarse de lo que hoy escandaliza a la ciudadanía con su reciente salida del país hacia Abu Dabi y el reconocimiento sobrevenido de su deuda con la Hacienda pública.

No basta para el jefe del Estado, si bien lo sea para el rey, el haber adoptado medidas para desvincularse de un patrimonio oscuro renunciando a la herencia de su padre, de esta forma como para separarlo de la vivienda real, suspendiendo la asignación que le correspondía como rey retirado, y con una más que poco afortunada salida pactada del palacio de la Zarzuela. Un jefe de estado democrático debe dirigir la exigencia de responsabilidades, el requerimiento de total publicidad y la puesta en marcha de los mecanismos precisos para que no se vuelva a repetir. No es aceptable que sólo se reaccione débilmente ante todos los turbios temas fiscales que va desgranando la investigación y demanda periodística, consecutivas por actuaciones de la Agencia Tributaria y de la fiscalía, sin que inexplicablemente tampoco se hayan abierto aún diligencias formales.

Más que pedir perdón, cosa que en su instante en boca de don Juan Carlos se ve no haber servido de gran cosa, debe desmarcarse no solo de los beneficios, sino más bien asimismo de los beneficiarios en la vivienda real de las donaciones periódicas del empresario mexicano Allen Sanginés-Krausse. En consecuencia, el título de emérito y el aforamiento consiguiente que era de entrada una figura improcedente, hoy con una extendida serie ya de actos reprobables, se ha convertido en algo totalmente contraproducente.

El monarca ocupa la Jefatura del Estado que es distinta a su persona, a su familia y a su estirpe porque teóricamente pertenece a toda la sociedad

Usted está obligado por la naturaleza del cargo que desea ejercer a adoptar medidas más contundentes en las áreas de su compromiso en la vivienda real, concretamente en materias esenciales como la transparencia, el control del patrimonio de los miembros de la vivienda real, las incompatibilidades y, sobre todo, en la igualdad ante la justicia, con la acotación de la inviolabilidad a lo derivado rigurosamente de las atribuciones del cargo de refrendo de los actos del Gobierno, para diferenciarla de algún modelo de impunidad. En este sentido, cada día que pasa es más necesario un Estatuto del jefe del Estado que incluya su patrimonio, intereses e incompatibilidades.

Sin lugar a dudas, en este discurso se juega usted la confianza de la España democrática, que es la inmensa mayoría. Es necesaria la desautorización contundente de algún manipulación de su figura a la que se dirigen como jefe de las Fuerzas Armadas con la intención desquiciada de ofrecer cobertura, siquiera simbólica, a sus proclamas golpistas. Si la Jefatura del Estado permanece silente no va a estar representando a la mayoría de una sociedad harta de exabruptos políticos, y eso debilitará no solo a la monarquía sino más bien a la Jefatura del Estado y al sistema democrático.

Precisamente, en el momento que la extrema derecha pretende patrimonializar al actual jefe del Estado como una parte de una monarquía, una justicia y unas Fuerzas Armadas propias del absolutismo. Aunque asimismo aquí, además de la desautorización en su próximo discurso, urgen medidas y movimientos claros, en este caso por la parte del Gobierno.

En una monarquía parlamentaria, se habla fundamentalmente de legitimidad de ejercicio. El monarca ocupa la Jefatura del Estado que es diferente a su persona, a su familia y a su estirpe porque teóricamente forma parte a toda la sociedad. En sus palabras y en sus manos está que la monarquía sea percibida como instrumento válido para desempeñar la dirección de un Estado sometido al imperio de la ley.

Un republicano.




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