El flaco favor de los monárquicos a Felipe VI

MANU FERNANDEZ via Getty ImagesFelipe VI y la reina Letizia, el pasado 18 de diciembre. Quien esperara muy poco del mensaje de Navidad del rey se equivocó: charló Felipe VI y no hubo nada. De

Quien esperara muy poco del mensaje de Navidad del rey se equivocó: charló Felipe VI y no hubo nada. De nada.

Opinar que afearía con solidez el intolerable accionar de su padre era una esperanza tan cándida como inocente. Felipe VI contaba con un margen intermedio, unos grises que no se molestó en tantear. En una crisis de tal envergadura —que no solo cuestiona un reinado, sino más bien cada vez más a toda la institución—, que recurriese a trucos propios de funambulistas de la palabra, como hizo el rey, crea una indignación justificada. Los requiebros para hacer como que hablaba de su padre sin mencionarlo o bien la forma de abordar la crisis causada por Juan Carlos I con sitios recurrentes que podían representar una cosa y la contraria son el mayor reflejo de que el rey ha perdido una enorme oportunidad. Otra más.

Si los finales de año se usa para hacer balance de los aciertos y los errores, la casa real debería deducir que fué de tropezón en tropezón con un empecinamiento desconcertante. Todo ha salido mal y, lo que es igualmente grave, la forma de administrar las crisis fué no sólo fallida, sino impropia de una institución que debería tener los elementos y el conocimiento correctos para abordar inconvenientes de primera intensidad con un mínimo de solvencia. Ya que no. 

Esperando de que los presuntos delitos realizados por Juan Carlos I se sustancien en los ámbitos pertinentes, no es tanto lo que haya hecho el rey emérito —que es mucho, demasiado hasta para lo que son capaces de aguantar los juancarlistas más fanáticos —, sino más bien de qué manera ha gestionado Felipe VI la crisis. El mensaje de Navidad no es un punto discorde, sino más bien una parte más de una armonía fundamentada en el despiste y en la estrategia suicida de evadir daños a cualquier coste.

El estallido de la crisis se sitúa el 15 de marzo de 2020, cuando la casa real notificó de que Felipe VI renunciaba a la herencia de Juan Carlos I y le retiraba su asignación por las informaciones sobre la presencia de cuentas en Suiza. La elección del día no fue casual porque, que nadie lo dude, algún movimiento que se da en la vivienda real está meditado y medido al milímetro. Era domingo alrededor de las siete de la tarde, un día de la semana y una hora en la que, en una situación normal, los españoles están metidos en el deprimente desarrollo de absorber el comienzo de una nueva semana. Pero es que ese domingo no era un día cualquiera: fue el primero en estado de alarma y toda conversación, interés y preocupación pasaba por la situación sanitaria. Jugada maestra. 

Por eso era tan relevante el discurso de Navidad del año vigente: porque era la enorme oportunidad para dar la cara

Segunda parte: el rey emérito “deja” España. La casa del rey desveló en un comunicado tan escueto como desconcertante que Juan Carlos I se había ido, aunque nadie sabía dónde. Fecha de la información: 3 de agosto, un mes en el que la mayoría de los españoles disfrutaba de sus vacaciones tras meses de confinamiento. La opacidad fue máxima: se ignoraba el destino, si pensaba regresar, si el rey retirado se había costeado los billetes, dónde se iba a alojar, quién pagaría la estancia, si había viajado solo o bien cuántos escoltas le resguardaban. Si no fue una huida, lo parecía.

Durante los meses las informaciones sobre los temas cada vez más turbios de Juan Carlos I se sucedieron a un ritmo inversamente proporcional a las explicaciones del actual rey. Ni una palabra ni un mínimo ademán de reprobación pública. Nada.

De ahí que se antojaba tan relevante el discurso de Navidad del año vigente: porque era la enorme ocasión para dar la cara, hablar con firmeza y mirar a los ojos de los españoles exponiendo una crítica sin ambages al comportamiento de su padre. Era el instante para dejar de tratar a los españoles como simples súbditos que acatan con reverencias engoladas todo lo que hace el rey. Era, más que nada, la gran ocasión para probar que esa “renovación” de la que tanto habla Felipe VI es verdadera, y no palabras vacías propias de monarcas absolutistas que sólo esperan la complacencia de sus súbditos. 

Renovación es hablar a los españoles con la realidad por enfrente, como la sociedad adulta que es

La renovación no es contraer matrimonio con una plebeya, o bien caminar por un paseo marítimo agradeciendo los aplausos del ‘pueblo’. Renovación no es ni muchísimo menos grabarse un vídeo sobre el día a día en Zarzuela. Ser una rey renovador —si es posible en una institución tan arcaica como la monarquía— pasa por entender las demandas de la ciudadanía, encarar los problemas y admitir los errores, por muy graves que sean. Y siempre charlar a los españoles con la realidad por enfrente, como la sociedad adulta que es. Nada de eso se ha producido en el reinado de Felipe VI. Alcanza con hacer un fácil ejercicio de memoria: ¿En qué se diferencia este reinado del de Juan Carlos I? En nada.

Empeñarse en reducir el descrédito en el que se encuentra la monarquía por las supuestas fechorías de Juan Carlos I es la peor ayuda que puede recibir Felipe VI. Y aplaudir un alegato tan tedioso en las formas como vacío en el fondo, forma una muestra de servilismo vergonzante. Sobre todo cuando fueron los integrantes de la monarquía española, ellos y sólo , los que han dinamitado con sus actos toda la institución.

Ser monárquico no es loar todo que afirme o bien lleve a cabo el rey. Es aplaudirle cuando obra bien y criticarle en el momento en que yerra. Lo demás es pleitesía. O bien fanatismo. 


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