‘Moffie’: El mandato de virilidad

Moffie, fundamentada en una obra autobiográfica del novelista Andre Carl van der Merwe, es una hermosísima película que nos comenta una historia particular mas que, de forma simultanea, trasciende el momento y el relato preciso para

Moffie, fundamentada en una obra autobiográfica del novelista Andre Carl van der Merwe, es una hermosísima película que nos comenta una historia particular mas que, de forma simultanea, trasciende el momento y el relato preciso para hablarnos de algo universal. La historia particular es la de Nicholas, el joven blanco y homosexual que es obligado a alistarse en las Fuerzas de Defensa de Suráfrica en la frontera con Angola. Estamos en 1981, en el momento en que el el Gobierno de la minoría blanca de Sudáfrica se encontraba envuelto en un enfrentamiento en su frontera con la Angola comunista. Todos los varones blancos sudafricanos aptos entre 17 y 60 años debían llenar un par de años de servicio militar obligación.

La universal es la relacionada con de qué forma la masculinidad se fué forjando a través de una secuencia de entrenamientos, prácticas y exhibiciones mediante las cuales los varones hemos tenido que ir ajustándonos a unas expectativas de género. Todos y cada uno de los rituales mediante los que hemos ido poniéndonos la máscara que nos habilita para transformarnos en hombres de beneficio tienen en común tres elementos: la socialización para el dominio, la legitimidad de la violencia, la negación de lo femenino. Un triángulo cuyos vértices se abrazan mediante el peso que la fratría tiene como espejo y como pasaporte: la instancia colectiva que certifica que hemos hecho el conveniente ejercicio de aprendizajes y renuncias para ocupar el espacio que nos corresponde. Es tal como disciplinamos el alma y muy principalmente el cuerpo. Cuerpos masculinos dispuestos para la acción, para el heroísmo, para la productividad, para la conquista. Cuerpos que escapan de la caricia, del tacto, de la piel vulnerable que habla. Marica, maricón, nenaza. Moffie, moffie, moffie.

Todo ese proceso de construcción de lo masculino, entendido como una suerte de cultura que nos marca como si fuésemos parte de una ganadería, está muy bien contado en la película del sudafricano Oliver Hermanus, la cual pone el foco en uno de esos espacios que comúnmente han servido para la forja de la virilidad: los ejércitos. En este caso, además, en un contexto en el que se suman dos supremacías, la blanca y la masculina, las que se asocian y se multiplican para erradicar al “otro”, sea un negro o un homosexual. Con Nicholas, el protagonista, asistimos a todo ese desarrollo que le transporta a almacenar silencio, a ocultarse: el eterno armario de quienes tiemblan en el momento en que se reconocen. Ese chaval de mirada hermosa y de flequillo travieso siente como un látigo las expresiones del militar que los adiestra para la guerra y para, al fin y al cabo, el ejercicio de la masculinidad. “De las costras sacaremos hombres”. Un sargento de hierro, un general machote, la virilidad en las botas y en el traje. Y todos a una, la fratría entera, invocando la palabra de la que deben escapar, todos ajustados, como si fueran a desfilar enfrente de las autoridades, chillan “maricón, maricón, maricón”. Eso es lo que espera el padrastro cuando Nicholas vuelve hecho todo un hombre. En este momento tenemos la posibilidad de beber juntos, le afirma tal y como si le entregara la llave que ellos solo saben emplear. Ritual de hombres que se reconocen, pacto de iguales que se emiten el poder. Mientras que, al costado, la madre, en un espacio secundario, fuera del pacto,  busca la mano de y con solo un roce, el tacto, el prodigioso tacto, dice, sabe y quiere.

Moffie, por suerte, no nos deja en el pozo. A la inversa, nos da las claves para, por lo menos, hallar la salida

Si bien la película pierde intensidad y pulso narrativo en los instantes en que nos conduce al campo de guerra, Moffie es una de esas películas que remueven y que conmueven, sin estridencias, mediante instantes y detalles que nos bastan para comprender qué siente Nicholas, de dónde viene y por qué la dulzura de sus ojos se ve a puntito de volverse agria. Basta solamente un episodio, entre los mejor narrados de la cinta, para abarcar por qué desde niño él no hizo sino más bien evitar los espejos perversos que los demás le ponían enfrente con ánimo acusador. Enfermedad, pecado, delito: un depravado. De su mano, o casi mejor, de la mano de su mirada, nos hacemos asimismo cómplices de su historia amorosa, apenas contada con tres detalles, incluido ese final, tan lejano del romanticismo que podríamos esperar, y tan frío incluso como el agua en la que se bañan los personajes principales. Quizás porque la vida, entonces y en este momento, solamente si deja esa agridulce sensación del sol cálido y mar helado. 

Moffie, por suerte, no nos deja en el pozo. Al contrario, nos ofrece las claves para, por lo menos, localizar la salida. La que tenemos la posibilidad de ubicar en entre las situaciones más bellas de la película, en el momento en que bastan una mano, dos rostros, una caricia, el tacto, para explicarnos dónde se encuentra la puerta que nos va a llevar a los hombres, tan machotes, tan viriles, tan luchadores, a reconciliarnos con el vulnerable animal que somos. El tacto, la piel, el cuerpo frágil, como objeción de conciencia frente al orden de virilidad.

 

* MOFFIE se puede ver en la interfaz FILMIN.

Este artículo se publicó inicialmente en el weblog del creador. 




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