El león que no pudo reinar

ASSOCIATED PRESSEn esta imagen del martes 26 de abril de 2016, un león rescatado de un circo mira desde una jaula a las afueras. No creo que exista un amanecer más sobrecogedor en ningún otro

No creo que exista un amanecer más sobrecogedor en ningún otro rincón del mundo como el que tiene sitio en el momento en que los primeros rayos del sol bañan, por un momento, los  contornos de la sabana africana. Un espectáculo único de vida y color. 

Las jirafas se desperezan lentamente y andan en busca de comida hacia las acacias  próximas. No muy lejos, un grupo de cebras de hipnóticos colores inspeccionan desconfiadas sus dominios, mientras los jóvenes machos se organizan para medirse en novedosas carreras. Una manada de impresionantes elefantes despierta junto a sus crías, sacándolas de su letargo tras la larga noche. 

En la distancia, la silueta de un leopardo se mece silenciosa sobre la rama de un árbol tras una atareada noche de caza; mientras que, en el cielo, las águilas levantan el vuelo majestuosas, observando con su prodigiosa vista el paraíso en la tierra. 

Suena el despertador en la habitación del hotel en el que me encuentro. Un guía me espera para conocer una de las muchas huertas que existen en Suráfrica destinadas a surtir de mansos leones a inexpertos cazadores que proceden de todo el planeta. El precio por conseguirme la visita es elevado y será repartido entre el guía y el trabajador de la granja que me acompañará en mi paseo. 

Más de una hora tras incontables baches por un camino polvoriento, el  coche se para. Un fuerte fragancia a abono invade el ambiente; me recuerda a las huertas de cerdos que había en el pueblo donde acostumbraba a pasar las vacaciones de niño. Se escuchan lo que imagino deben ser rugidos y que, en la lejanía, más bien semejan lamentos. 

Un individuo me espera en la puerta del centro, vestida con ropa militar. Se presenta, me da la mano y me acompaña adentro. Tras un recinto vallado, en incontables jaulas de achicado tamaño, hacinados, están los leones.  

El operario me lleva hacia una de ellas. Hay 4 animales en su interior, parecen de una misma camada. Mi acompañante me enseña que hablamos de los machos jóvenes que aún no han creado su melena. Son hermosos. Al observarlos prisioneros en esas pobres jaulas, siento una pesadumbre indecible —que ya no me abandonaría a lo  largo de todo el paseo—. Uno se acerca a la verja, cruzamos nuestras  miradas, en sus ojos transporta tatuada la tristeza de quien ha vivido encarcelado toda su historia e intuye que se aproxima su fin. Me cuesta respirar. 

Mi acompañante me muestra otra jaula donde 2 leones mayores, con un inmenso  pelaje, están tumbados en el suelo rodeados de sus excrementos. Nos miran  en silencio, no rugen, semejan entregados al fin que les espera. 

Más allá, tras las rejas, una camada entera de leones muy jóvenes corretea entre ellos, solo quieren jugar. Algunos se acercan, aproximo mi mano a una distancia prudencial, no existe nada que temer, solo quieren olerme. 

—Deja de preocuparte, no te harán daño. Son más gatitos que leones —me afirma el  operario. —Voy a enseñarte algo que te gustará, espera aquí —añade. 

Enseguida aparece con dos cubos llenos de pedazos de carne. Abre la puerta y me señala que le siga. Dentro de la jaula los pequeños leones nos rodean. El operario  llama a cada uno de ellos por su nombre, mientras que les tira los pedazos de comida. Al finalizar,  los acaricio lleno de tristeza y pido salir, tengo ganas de vomitar. 

—Voy a enseñarte algo—, me dice otra vez. 

Un león de impresionante melena, duerme tumbado. Ante mí se erige un trípode semejante a los usados en fotografía. 

—El va a morir el día de hoy —sentencia. Ahora está arreglado. Justamente desde donde me  encuentro es lugar desde el que disparan a “las piezas”. Le pregunto: ¿de qué manera funciona la  caza? Varias personas usan escopetas, y otras, arcos —contesta. Ciertas —las  menos— saben disparar; pero en general es el responsable de dirigirlos y decirles de qué manera apuntar y dónde hacerlo —añade. 

Tras una pausa me cuenta que, algunas veces, a los cazadores más inexpertos les tiemblan  las manos, deseoso ante la idea de dar muerte a un animal tan grandioso. Quieren hacerle el mayor daño posible, cuanto más sufra este, más disfrutarán. El operario me enseña que, a veces, en el momento en que el león está ahora herido de muerte y él les afirma que no disparen más, siguen disparando, presas de la excitación, no pueden dejar de llevarlo a cabo. 

Agradezco la visita y solicito irme. Necesito salir de allí. Algo a lo lejos llama mi atención.  Al acercarnos el fragancia es nauseabundo; rodeados por unas vallas de madera, un numero  indeterminado de esqueletos de leones y de otros felinos se secan al sol, atados a postes y clavados al suelo tal y como si fuesen lápidas de cementerio. Su destino será Asia, donde sus restos son muy apreciados y se pagan bien. 

El guía me espera en el jeep, tiene ganas de charlar, se le ve contento, pero a mí me  cuesta contestar a su charla, solo deseo separarme de allí, encontrarme de  nuevo en mi habitación. En el momento en que llegué, vomité y lloré, llevado por la rabia y la tristeza. 

Un pedazo de mi alma se rompió ese día y comprendí que lo que acababa de  presenciar marcaría un antes y un después en mis recuerdos sobre África. 

Para quien quiera acompañar la lectura de este articulo con la música que sonaba de  fondo mientras que lo escribía, os dejo ahora el link.  




Source backlink

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *