‘Marat-Sade’, teatro contemporáneo y popular

El día de hoy toca charlar del nuevo montaje de un tradicional. Sí, un clásico del siglo XX que para exhibir lo que nos pasa recurre a otro clásico de la historia. La Revolución Francesa

El día de hoy toca charlar del nuevo montaje de un tradicional. Sí, un clásico del siglo XX que para exhibir lo que nos pasa recurre a otro clásico de la historia. La Revolución Francesa y la Ilustración que la alumbró. Se trata de Marat-Sade de Peter Weiss que el director Luis Luque convirtió en un teatro en verso y musical en el imponente espacio de las Naves del Teatro Español en el Matadero de Madrid. Una producción fría y muy de estos momentos con aire de gran montaje de centro dramático nacional. Una producción que agradará a todo tipo de público mas que seguramente entusiasmará al más joven, así sea en edad o en espíritu.

La historia sucede en el hospital psiquiátrico de Charenton. Lugar al que el respetable, o sea, el espectador, es invitado para poder ver una representación del asesinato del innovador Marat, obra redactada y dirigida por el Marqués de Sade. Obra donde sus individuos están interpretados por los enfermos mentales de la institución. Representación que se hace bajo la atenta mirada del director del hospital. Maestro de ceremonias que trata de mantener el decoro, las formas y el buen gusto. De evitar la crítica que se pudiese destilar hacia las instituciones, los enormes hombres y los valores patrióticos de Francia, tal como las referencias a su lado más obscuro y a las de carácter sexual.

Para eso se ha contado con un elenco largo y riguroso. Actores populares como Nacho Fresneda, el Alonso de Entrerríos de la serie El Ministerio del Tiempo. Actores muy estimados por el público de teatro como Juan Codina. O los que mezclan los dos como Itziar Castro. Y asimismo un largo y riguroso conjunto de ayudantes de campanillas. Como uno de los mejores traductores de alemán al español, Miguel Sáenz. O entre las mejores escenógrafas de esta época, Mónica Boromello, que en este caso regresa a llevarlo a cabo bien, si se obvia la bañera donde va a ser ejecutado Marat. O una coreógrafa de las más demandadas en este preciso momento, Sharon Fridman, que hace un buen trabajo de movimiento escénico. O el músico Luis Miguel Cobo, bregado en la composición de música para la escena, que ha compuesto una música que suena a los hits de este tiempo.

Con todo esto se hace un cóctel muy rico. Un trago film en el que se saborea un debate que está en este preciso momento en la calle. El enfrentamiento que procede del conflicto entre la libertad individual y el beneficio social. Un enfrentamiento que viene para el pelo en estos tiempos pandémicos. Entre lograr realizar lo que se desee como individuo o bien someterse a normas, reglas, al grupo en busca de un bien común. Obra que, quizás cuando se escribió, se comprendía en concepto de capitalismo frente a colectivización. La competición del todos contra todos, frente al socialismo estandarizador que pretendía comida, ropa, abrigo, vivienda, educación y sanidad para todos.

Teatro Español.

Teatro Español.

¿No es este el enfrentamiento que hay en nuestra sociedad? ¿No ha sido eso lo que se discutía en las elecciones estadounidenses? ¿No fueron los asaltantes al Capitolio aquellos que no desean la intromisión de los estados en sus maneras de vida? ¿No es esa la bronca entre la derecha y la izquierda españolas y global?

Sade, en esta obra, encarna ese orate que defiende la independencia individual. Ese derecho al placer y al disfrute y a la belleza, al menos estética, por encima de todos y de todo, asumiendo las consecuencias de estos. Marat es el iluminado innovador que ve como una tras otra se van sucediendo las clases dominantes que someten a la pobreza, tanto física como de espíritu, y a la explotación a gran parte de la humanidad. Explotación frente a la que se rebela, en frente de la que redacta desde una bañera donde un picor corporal le sostiene sangrando, como un Ecce Homo, en remojo.

Lo atrayente de esta obra y de este montaje es ver como ese debate, más intelectual que práctico, tiene secuelas. Compone identidades, provoca acciones, y, con ellas, artículos culturales. Como se comprueba en el momento en que se para la acción dramática para poder ver un que exhibe todo cuanto vino después del discurso de Marat hasta nuestros días. Por el que desfilan acelerados hitos históricos hasta llegar a las gentes enmascaradas y los expertos embuzonados de nuestro tiempo. Vídeo en el que se hecha en falta haber añadido ese asalto al Capitolio, que quizás no pudo ser incluido por haber sucedido tan cerca del estreno.

Identidades personales que se ven conminadas y bajo esa amenaza se fanatizan. Hasta tomarse la justicia por su mano. Acabar con aquel o aquellos que piensan causantes de los cambios. Como la joven Charlotte Corday, convencida que unicamente se va a poder terminar con esta debacle, el horror de las decapitaciones revolucionarias que se lleva familiares, amigos y conocidos, en definitiva, se llevan su forma de vida, concluyendo con aquel que con sus escritos, su pensamiento, las instiga.

¿Por qué razón todo esto que haría huir de la sala al espectador medio, si es que este tipo de espectador existe, sostiene al público sentado y termina en un enorme y film aplauso? Primero, por un rico texto teatral que como buen clásico tiene la aptitud de seguir contando lo que nos pasa, de charlar a los que lo ven en el momento en que se representa. Segundo, porque es un texto concebido para ser puesto en escena. Un artículo al que los directivos ven una cantidad enorme de posibilidades para adaptarse a su poética y les deja aplicarlas sin complejos.

Como Luis Luque, que le vió esa posibilidad de enorme espectáculo musical. En el que se observan trazas de Hamilton, el último gran éxito de Broadway, cuando menos lo que se intuye en teasers y fotografías, y del éxito de Los miserables, una referencia simple para el algún crítico y espectador al suceder en exactamente el mismo período y en Francia. Una referencia que no es baladí. Esta producción tiene el objetivo de ser habitual, como el musical. De atraer al público. No solo a los espectadores comunes de los teatros públicos, como este que pertenece al Municipio de La capital española, sino a ese que no asiste a . Como a los más jóvenes, que están a otras cosas, y a ese otro que no se acerca al teatro a no ser que la obra esté en un teatro comercial y/o la protagonice un actor o bien actriz muy populares.

De alguna forma este director consiguió quitarle de un plumazo todo eso que Marat-Sade tenía de teatro rompedor y de vanguardia. Hizo un un espectáculo para ver, oír y disfrutar. En el que los debates y los discursos, si bien no son ni simples ni sencillos, suenan a música. Y los juega en un espacio que le deja hacer enormes imágenes, como la de la enorme bandera francesa que sobrevuela en un instante de la función la escena y los individuos. La bandera de la independencia, la igualdad y la fraternidad entre los hombres y las mujeres. Una imagen que es un mensaje, una posición política.

No, no es un teatro nuevo. Por otro lado, sí que resulta un teatro contemporáneo. Donde la disparidad diaria está muy presente, como en la obra. ¿Cuántas veces dicen de alguien que está ido en el momento en que se ve de qué manera se comporta? ¿O bien cuando lo que dice no es lo que la mayor parte piensa u opina? ¿O cuando no se (le) entiende? Donde el decoro y los valores que solicita la autoridad y todos y cada uno de los que los requieren, personas todas y cada una de orden, sofocan los alegatos, las buenas acciones y los cariños. Cómo posibilita el asesinato o bien el asalto de las instituciones, por causas que políticamente se consideran nobles objetivos, la esencia de algo, de alguien, de un país, de un territorio.

Todo eso se ve y se entiende en esta obra. Una obra que no quiere adoctrinar. Una producción que reconoce, muy a pesar suyo, las pocas posibilidades que tiene el arte en general, y el teatro particularmente, de cambiar nada, por lo cual se distribución al exitación y disfrute escénicos. Y, aunque se trata de una enorme producción, es humilde. En el sentido de dejar que la historia que cuenta, lo que expone, suceda en escena. Como pasa la vida cotidiana ante los ojos. Esa vida que tiene sus argumentos, que normalmente no se saben, mas sobre la que cada espectador, cada individuo se forma una opinión y actúa públicamente, esto es, políticamente, consecuentemente, con y las emociones que le causan.




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