Ultrasaturados | El HuffPost

AdrianHancu via Getty ImagesUn individuo utilizando su teléfono en el transporte público. Me alegra compartir que, con el nuevo año, he publicado un nuevo libro. Se titula Ultrasaturados. El malestar en la cultura de las

Me alegra compartir que, con el nuevo año, he publicado un nuevo libro. Se titula Ultrasaturados. El malestar en la cultura de las pantallas (Plaza y Valdés) y es un trabajo en el que parto de lo aprendido en mi recorrido profesional en medios audiovisuales, impulsado por mi fascinación por la imagen y por una cierta orientación estética de la vida, ineludible en mi caso. Asimismo he recurrido a la filosofía y el psicoanálisis para abordar la acumulación de malas novedades sobre la crisis de lo que somos y sobre nuestro nuevo lugar en el mundo. Con ese bagaje me adentro a hablar del narcisismo mediático, de la banalidad de la imagen proyectada en las redes, de las nuevas maneras de seducción y contacto o bien de cómo nos afecta el vínculo tecnológico con relación a temas eternos como el amor y la desaparición. Algo ligero, como tiende a ser mi estilo (modo ironía on).

Tengo una amiga que siempre y en todo momento me pregunta cuándo voy a redactar una comedia romántica. Esta vez tampoco me ha salido. El subtítulo es un homenaje a Freud y a su admirable texto de 1929 (El malestar en la civilización), escrito en otro año de crisis global con el que resulta fácil identificarse en mitad de esta pandemia de la que vislumbramos el desenlace, pero que todavía nos servirá múltiples raciones más de drama humano y angustia económica. 

Y lo escribo, más que nada, como usuario de las pantallas, desde la posición de perjudicado por esta cultura electrónica que impone su poderío e anega nuestra cotidianeidad con el tenue resplandor de su luz omnipresente, aparentemente inocua pero empeñada en hipnotizarnos y reclamar el tributo de nuestra atención, alén de lo que nuestra voluntad encontraría razonable entregar.

No estoy seguro de la adicción y me afano por leer libros y productos en los que se reflexiona sobre su poder irreprimible, sobre cómo procurar mantener un vínculo saludable con las pantallas. Leo que se aconseja no reposar con el móvil en la habitación, que es conveniente mantenerlo a una distancia que nos fuerce a levantarnos para consultarlo… Se trata de poner distancia física para lograr tener distancia psíquica con la corriente continua de novedades, memes, saludos, fotografías y mensajes impersonales que raras veces ascienden de cháchara a charla. Para librarnos de la sensación de que nos estamos perdiendo algo si no chequeamos el móvil inteligente cada cinco minutos.

Los tiempos de consumo de pantalla se han disparado a lo largo de la pandemia, los progenitores están alarmados por la contundencia con la que estos dispositivos inmovilizan y aturden a sus hijos, mas ni mayores ni pequeños conseguimos impedir que siga continuando su ascendiente sobre nosotros, una predominación que de año en año quita más minutos a nuestro tiempo de vigilia. 

“En el momento en que el teléfono estaba atado a un cable, los humanos eran libres” se lee en Twitter. Si bien sea exagerado, algo perdimos con la capacidad de entrega a la pantalla, que llena de vida artificial los tiempos muertos, sacando de la tumba del aburrimiento minutos zombies, bloqueando algún resquicio que nos fuerce a meditar, evadiendo el alarmante encuentro a solas con nosotros, sustrayéndonos aparentemente de la soledad, el vacío, la espera o bien el tedio con una compulsión que no sacia, intentando llegar a una plenitud que jamás acaba de colmarse. 

La pantalla no es nuestra amante ni nuestra mejor amiga, y si bien a veces nos la llevemos a la cama, compartamos con ella intimidades y le demos prioridad sobre la compañía física de los que más deseamos, en el fondo, deseamos desearla menos. Ahora entendemos que buscar cercanía o evasión por medio de ellas no resulta tan saludable como satisfactorio, y, tal y como si nos alimentáramos solo de dulce, en el final quedamos empachados y anémicos. El sentimiento de vacío es más grande después que antes de su empleo compulsivo y en cambio, nos encontramos mejor en el momento en que nos olvidamos del móvil a lo largo de unas horas, liberados de la red de demandas y esperanzas que nos atrapa en nuestras incursiones por las redes sociales. Buscando un efecto antifóbico o bien ansiolítico en la utilización del móvil inteligente, acabamos de forma fácil provocándonos lo opuesto. La distracción dura mientras miramos la pantalla, mas el vacío demanda poco a poco más horas de consumo. Siempre y en todo momento hay un like más que recibir, otro seguidor que apoderarse, otro vídeo que ver, otro tuit que leer, un sinfín de misiones a parte alguna que coronar con nuestro móvil en ristre. 

Y al margen de dónde dejemos descuidado el teléfono para procurar recobrar algo de la libertad encargada, tenemos la posibilidad de trabajar la iniciativa de epimeleia heautou o bien cuidado de sí, que, desde los griegos a Foucault, sugiere un cuidado que pasa por el conocimiento de nuestras carencias, de la falta que nos forma, para un mejor gobierno de lo que somos. Una vida más genuina demanda elevar la consciencia de nuestras restricciones y nuestra finitud, colocándose en las antípodas del narcisismo omnipotente y negador que se cultiva en las redes y se maquilla con filtros de Instagram. Por el hecho de que ese narcisismo no es amor propio, ni precaución de sí, no hay una orientación ética en esa relación del sujeto consigo mismo y con el otro, únicamente estética vaca y voraz. Para procurar amortiguar el malestar tenemos la posibilidad de practicar los ejercicios de los estoicos que Foucault considera esenciales. Ahí se incluyen el diálogo, la escucha, la lectura, la escritura, el retiro, la meditación, el ayuno o el silencio. En mi caso, por poner un ejemplo, la inventiva solitaria me llevó durante el confinamiento a conocer el dibujo y puedo garantizar que una tarde con una hoja de papel y un fácil lápiz de grafito me nutren más que horas de pantalla con un móvil IPhone 12. Pero, más que nada, si bien parezca paradójico, estas prácticas nos llevarán a confirmar que el cuidado del otro es precaución de sí. 

Nuestro agotamiento se justifica ahora por las multitud recurrentes, por la fatiga pandémica acumulada. Pero antes de este difícil instante histórico, ya veníamos estando saturados y indudablemente eso no remita con una vacuna. Cabe preguntarse si, ajeno de la pandemia, el aumento de la ansiedad o la depresión y del consumo psicofármacos se debe a un crecimiento del malestar social o a una más grande exigencia sobre lo que piensa sentirse bien. Nos hemos colocado en un lugar en el que hay demasiada gente mirando y bastantes a los que mirar, un exceso de referentes con los que contrastar nuestras limitadas biografías, que siempre y en todo momento van perdiendo en contraste con el conjunto. El perfeccionismo de los cuerpos ha llegado a cotas inaccesibles, los estilos de vida que admiramos en el espejismo de las redes son tan deseables como impostados y nos imponemos unas misiones en las que el éxito no tiene límite.

Quizás la cuestión sea dirigir la mirada menos hacia la área y más hacia el interior. Como dice el escritor Gérard Wajcman en El ojo absoluto, “socorrer lo íntimo, salvar al sujeto es hoy salvar a la sombra”. Igual que se ocultan de todas las miradas el espéculo, la espada y la joya deltesoro imperial japonés para proteger su aura sagrada, igual que se distanciaba de los medios Jude Law en la serie The Young Pope para cultivar su carisma, igual que mantiene el misterio sobre su identidad el artista Banksy, quizás nuestra mejor protección, nuestro mejor cuidado, sea proteger la sombra y retirar, toda vez que podamos, los ojos de la pantalla. No se trata de cortar el vínculo con el planeta, pero sí de recobrarlo con nosotros mismos. 

Para más información: https://www.plazayvaldes.es/libro/ultrasaturados

 




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