En busca de la irrealidad:un relato soñado

Un escritor es un contador o, explicado de otra forma, un constructor de historias, en las que se confunden los sueños, las esperanzas y las irrealidades perseguidas como vivencias íntimas, con la realidad, siempre y


Pila di Libri con libro aperto su sfondo nero

Un escritor es un contador o, explicado de otra forma, un constructor de historias, en las que se confunden los sueños, las esperanzas y las irrealidades perseguidas como vivencias íntimas, con la realidad, siempre y en todo momento modificada por la versión apropiada en su mitad más sensible, la vida cotidiana en su esplendor o fracaso y, en resumen, el ser y el querer ser, lo que fue y lo que pasó y queda. Un escritor plasma en su obra parte importante de sí, aliñada con lo que aprehende cada día de lo cotidiano, ya que diario es todo lo que pasa, incluso en su expresión más inasequible, pero embriagadora.

En todos y cada libro hay una parte real y cierta y otra que proviene de la irrealidad que existe en el pensamiento y en el alma profunda, la que late a flor de piel. En cada página se proyecta un verso, una canción, un poema, un recuerdo de los conocidos cercanos idos o presentes, un latido que estremece al compás de un baile entre sombras, una conversación con un adulto mayor sabio, un duelo dialéctico y profundo entre los varios “yos” que se reúnen para hacer saltar las alarmas del hastío y alterar el rumbo de las cosas.

Buscar la irrealidad es un tránsito entre lo vivido y lo intuido, un camino hacia el hallazgo que toda persona persigue, ese ser que se escapa de las manos cuando pareces haberlo encontrado, pero que escapa entre las demoras obligadas por el ser social. Y ese ser es ella cuando la presientes a cada paso, la intuyes en el aliento más vital, en un café en silencio, observando la nada, o es el que baila con danzarines sin rostro que no son más que apariencias de la rutina que circunda lo irreal y cierto, pero que marca el compás si no huyes encontrando la luz, una luz tan dudosa, como dinámico y fronteriza con el amor, como amante celosa que no quiere ser compartida.

Un libro de sendero y descubrimiento, que culmina en la esperanza de hallar la vida en lo intangible. Música y poesía son el tiempo eterno, irreal y fiero en sus reclamos y poderoso en sus espacios íntimos. Un planeta que adorna al sol, a la tierra en su belleza esencial, pero perfeccionada por el compás de letras y notas. 

La irrealidad buscada impregna la vida cuando se hace papel y pluma, cuando se encuentra en las calles de esa Barcelona mágica que transporta redactada en sus rincones una historia de la que emanan ecos del pasado eterno, de libres que no renuncian a perder su aura libertaria. Y París, su hermana más grande en tantas cosas, su cobijo tantas veces acudido, en el que intuí la música de la calle, esa que Barcelona ha hecho suya.

Cada cual es quien es y, en el momento en que redacta se manifiesta en su magnitud, si bien narre algo real y acontecido, ya que la palabra no es tangible y brota siempre del pensamiento creador y lo desarrollado es personal. 

Quien redacta este libro, un canto a la irrealidad hecha verbo, es juez de profesión, hecho este que suele ser reclamo para un lector que espera hallar en un juez la justicia o sus errores en todas y cada una de las facetas de la vida. Un error. Ser juez es, en el momento en que se redacta, se siente, se vive, tanto como ser instructor o leñador. La profesión reviste, no hace, si bien, bien es verdad, establece una manera de aproximarse a la vida si no se tiene la prevención precisa y se cede a no ser algo propio, sino ciervo del trabajo.

Un juez vive situaciones irreales de hechos inusuales, pero también profundamente humanos. Arrimarse a ellos es fuente de conocimiento de las miserias humanas, de las heroicidades del humano inútil de ser equilibrio con su ambiente. Pero un juez no puede aguardar escribir sobre lo que conoce en estrados, ya que la imparcialidad le impide comprometerse con el conflicto, llevar a cabo justicia fuera de lo que la ley ordena, en ocasiones de modo injusto. Un juez, si quiere escribir y hacerlo para el triunfo de la irrealidad, debe desvestirse de su toga y función y traspasar en los espacios de lo íntimo y profundo de los sentidos y sentimientos, sin plazos, ni sentencias, tan refractarias a la independencia individual, ni pruebas, que no se necesitan para entregarse. Redactar debe hacerse inmune de ejercer la judicatura en el momento en que ésta desee ser sin dependencia, fría por imparcial. Y sacudirse a la salida del juzgado la carga de lo debido para entrar en lo amado, en el planeta creado que transita entre lo que nos circunda, humano y divino, y lo que está ahí, desde niño, medrando y reclamando no ser olvidado. Los recuerdos claman ser verdad cuando expresan especiales y felicidades que no han de ser relegadas por promesas de un mañana sin fecha.

Buscar la irrealidad es encontrar pasado, presente y futuro en la esencia de lo bello, lo intangible en lo cotidiano, sin abandonar su vida, sin cesar en su búsqueda. Este libro es eso: un grito o canto escrito a la música de los sentidos, a la palabra de las notas y al etéreo abrazo a la vida.


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