‘Asesinos todos’, risas para aliviar a la bestia que llevamos dentro

Pocos críticos, varios conocidos enmascarados (Aitana Sánchez Gijón, de puro negro, y María Barranco, con abrigo de leopardo, entre ), algún canal de televisión y bastante público. Eso es lo que uno se encontraba en

Pocos críticos, varios conocidos enmascarados (Aitana Sánchez Gijón, de puro negro, y María Barranco, con abrigo de leopardo, entre ), algún canal de televisión y bastante público. Eso es lo que uno se encontraba en el estreno de Asesinos todos de Jordi Sánchez (el Antonio Recio de La que se avecina y que fué perjudicado por el covid coincidiendo con el estreno) y Pep Antón Gómez en el Teatro Reina Victoria.

Una asistencia de público que indudablemente se encontraba marcada porque el auténtico reclamo de la obra era la estrella televisiva que la protagoniza. Carlos Sobera, el actor y productor teatral que se hizo famoso manejando programas de televisión como First Dates, Volverte a ver, La Isla de las Tentaciones y mucho antes ¿Quién quiere ser millonario? Un mal currículo para el mundo del arte teatral. Un buen currículo para el aspecto comercial, esto es, venta de entradas de lo que podía calificarse como comedia de salón. Calificación de connotaciones negativas entre alguna prensa cultural y algunos públicos españoles.

Pues bien, esta comedia es la narración de 2 matrimonios, amigos de toda la vida, que en sus cincuenta años comienzan a conocer como el mundo a su alrededor empieza a hacerles de las suyas. Deja de acompañarlos en sus expectativas.

En uno, el marido, un comercial, no logra el ascenso en la empresa esperado y, según y sus compañeros, tan merecido tras los años de servicio. En lugar de eso en el trabajo le ningunean, le ponen jefes que prácticamente podrían ser sus hijos y que, aunque vienen de la facultad con un máster bajo el brazo, parecen salidos de un desfile de tendencia o de las revistas de tendencias.

La otra pareja, eligió por el tranquilo funcionariado. Ella en una biblioteca y él en Hacienda, aguardando la jubilación dorada que les dará la herencia de la rica madre de . Una vida tranquila, sin sobresaltos ni sorpresas, como la vida que han elegido. De lectura dominical de periódicos y gacetas. Planeada de principio a fin. Si no fuera porque a la rica madre le gusta viajar y en uno de esos viajes conoce en un crucero a un monitor ruso de “aquagym”, joven, guapo y cachas, y se lo trae a casa para disfrutarlo a sus anchas.

¿Qué tienen que llevar a cabo estos cincuentones frente a un planeta que se les rebela y que les quita lo que por derecho, o eso creen ellos, es de el? ¿Deben continuar como hasta ahora? ¿O tienen que dejarse llevar por la bestia que llevan dentro y que el contexto ha liberado?

Loli, la mujer peluquera del comercial, lo sabe. No tienen que quedarse parados. Deben hacer algo. Luchar por lo propio. No importa lo que tengan que llevar a cabo. Y, si es necesario, se recurre al asesinato. La otra pareja, la de funcionarios, matará al jefe de su marido, al niñato que le ha robado la gloria. Y ellos harán lo propio con el apasionado ruso que pone bajo riesgo la jubilación dorada de sus amigos.

Todo al estilo de la tradicional película de Extraños en un tren de Alfred Hitchcock fundamentada en el libro de Patricia Highsmith. A fin de que la policía no logre atar cabos como no había vínculos entre los que serán asesinados y los asesinos. Ningún vínculo que les dejase tirar del hilo y hallar a los responsables. Y de este modo recobrar lo que es suyo. Lo que la tradición, el ascenso conforme uno cumple años, y la herencia, pues los hijos siempre heredan a los padres, han predeterminado.

Resolución que pone patas arriba las convicciones y las relaciones que existen en medio de estos amigos. Su confianza de unos en otros. También se dan cuenta los recelos, todo lo que se han callado durante todo ese tiempo de amistad. Esos pactos de silencio y tolerancia (de lo que joroba y molesta del otro) sobre los que basan la seguridad las sociedades democráticas occidentales.

Cuatro personajes que se sienten amenazados en su seguridad. Así sea la funcionarial, ya sea la seguridad de la inestabilidad de la pequeña compañía, del autónomo o el comercial. Una amenaza que, como ahora se dijo, lúcida la bestia. Y como afirma el personaje de Neus Asensi, cuando la bestia se despierta, la bestia te acaba dominando y ya no puedes parar.

Es en ese instante cuando, uno que fué por ver lo que le proponen, con la expectativa de una comedia sin más, que indudablemente no tendrá gracia, se da de bruces con la cruda realidad. La verdad de que lo que podría ser una inocua comedia cómoda para el lucimiento de actores y directores y llevada a cabo para satisfacción del público de masas televisivo, es algo más. Considerablemente más.

Es una comedia, con ritmo, con twist, y con enjundia. La que deja el teatro comercial que es más de la que se piensa. Quizás sea mucho decir que al estilo de Arte de Yasmina Reza o de El crédito de Galcerán, pero no le va a la zaga. Incluso hay diálogos que recuerdan al mejor Sanzol, al Sanzol de, por poner un ejemplo, La respiración. Aun, su final, que no se va a contar, tiene más retranca de la suavidad con la que está puesto en escena.

Una obra que marcha por el texto y las ocasiones, todas y cada una diarias, identificables y tópicas. Como proceder a comprar a un centro comercial. Ese güisqui que se toman ellos para hacerse confidencias, habitualmente laborales. O ese momento de peluquería en el que se desatan la melena mientras que se la cortan. Tópicos en los que se van dejando las miguitas que te llevan a casa. Al meollo de la cuestión al despertar de la bestia y sus secuelas.

Aunque nada como ese momento cena de parejas. Esas habituales cenas en las que se invita a una pareja amiga para pasar el rato y de este modo matar parte del largo fin de semana. Donde surgen las mejores peores ideas. En un caso así tras un sui generis “brainstorming”, de piso y de barrio, dirigido por Loli, la peluquera del grupo. Un personaje que le da a Elisa Matilla todas y cada una de las opciones para mostrar lo buena actriz que es y lo desaprovechada que está en el teatro.

Sacando algún instante o acción que no se entiende bien o resulta extraño, esta comedia merece la pena. Tanto para los que sencillamente se quieren reír, para los que le solicitan algo más al teatro. Pues disfrazada de comedia tonta y superficial, esconde, también, una bestia.

Una bestia que se libera en escena de manera cómica y amable, como siempre y en todo momento suelen hacer las buenas comedias, solo hay que ver el buen cine tradicional. Y lo realiza para charlar de lo que nos pasa. De ese mal (o bien) que aqueja a los que se encuentran en la cincuentena. Unos cincuentones y sus problemas del primer planeta con la que el espectador adulto de cualquier edad se va a reír de sí mismo y de su ambiente. Y, de esta manera, va a poder calmar a la bestia absurda que tantas malas novedades le están despertando.




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