El fascismo ni se crea ni se destroza, unicamente se transforma

¿De qué manera es posible que en pleno siglo XXI esté en apogeo el fascismo? Lo que expongo ahora son las causas y consecuencias, historias para no reposar, que nos han traído a  este ámbito

¿De qué manera es posible que en pleno siglo XXI esté en apogeo el fascismo? Lo que expongo ahora son las causas y consecuencias, historias para no reposar, que nos han traído a  este ámbito de confrontación político-social, odio y combate.  

Aquello contra lo que la raza humana ha luchado durante décadas –fascismo y autoritarismo– está de vuelta. Hoy el neofascismo se regresa a sentar en la mesa y viene con más apetito que nunca, dispuesto a comerse todo lo que sirvamos, a debatir sin turno de palabra alguno y a faltar el respeto al resto de comensales. Hace unos años estaba mal visto el racismo, la homofobia o la hostilidad a los extranjeros y, sin embargo, ahora hay colectivos y partidos políticos que  protegen, defienden y tienen por bandera dichas ideas. Lo que debía tornarse en un avance democrático es ya un retroceso visible. 

El único modo de combate es el comprensión y la reflexión acerca de cómo han conseguido perpetrar en el campo democrático, político y personal. En forma de símil, afirmaremos que el cirujano la primera cosa que hace es efectuar un estudio del tolerante: diagnosticando dónde se crea la dolencia y a qué hay que. Acto seguido procurará los elementos que sirvan como  instrumento para extirpar el tumor. Al terminar, recomendará una sucesión de pautas a fin de que la herida sane y no vuelva a producirse. 

Estudio del paciente: El sujeto autoritario 

El fascismo es la etapa final del autoritarismo como expresión colectiva. Siempre fue de esta forma, cualquier libro de historia te servirá de ilustración. Es aquello que abre paso, que allana el terreno y que sirve de excusa para asaltar el poder y vencer la democracia. 

Emulando a la filósofa Marcia Tiburi: “Para exterminar la democracia es requisito que el  pueblo la odie, y eso es lo que el autoritarismo es y permite llevar a cabo”. 

La máquina de fabricar fascistas es el odio, pues solo por medio de este se rompe el diálogo de lo común. Ya no hay un “tú y ”, sino la pelea de clases se transforma en la pelea de todos contra todos, del sálvese quien pueda sobre quien pueda y, cuando esto llega, se impone su dogma. Es entonces cuando el sujeto autoritario se viste de sacerdote y, con su verdad universal, cerrada y también indiscutible en una mano y el odio en la otra, empieza la misa. La  liturgia se desarrollará repitiendo una y otra vez el mismo mantra: esa idea de que alguien es culpable de algo, de que unos están sobre otros o de que todos y cada uno de los males de este mundo tienen nombre, apellidos, género y país de procedencia. 

El autoritarismo es citacionista, una ideología publicitaria que en la era del consumo salvaje nos tragamos a diestro y siniestro: “el consumo del lenguaje”. Por ello, capitalismo y fascismo siempre fueron amigos; a quien le vendes fácilmente una idea como jerárquicamente superior, le acabas vendiendo que necesita cualquier otro género de producto o servicio. Hablamos, por consiguiente, de un triunfo de la dictadura del consumo.

Elementos para extirpar el tumor: Memoria histórica y conocimiento 

El autoritarismo, bien con objetivos totalitarios o con objetivos económicos, se ha expandido por todo el planeta a lo largo de los últimos siglos. Claros ejemplos de su triunfo son: España, Portugal, Italia, Alemania o Hungría, en Europa; China, Taiwán o Japón, en Asia; Argentina, Chile o Perú, en América latina. No podemos perderle de vista; la historia ha de ser un recurso  al que recurrir para entender lo que pasa. Es suficiente con ver a través de las gafas del  pasado para poder ver nítidamente la imagen de lo que tenemos enfrente: un mundo plagado de odio y sepa de diálogo. Por esto, si deseamos evitar que su auge siga, que vuelvan los fantasmas del pasado, no tenemos la posibilidad de dejar de prestar atención a los indicadores sociales, políticos, publicitarios y mediáticos, pues “el fascismo ni se crea ni se destruye, solo se  convierte”. Adolf Hitler o Joseph Goebbels –por poner algún ejemplo– eran capaces de completar cervecerías, plazas o municipios arraigando un profundo odio en los presentes mediante la  oratoria y el discurso del engaño. ¿Su razonamiento más apreciado? La estigmatización, virar los inconvenientes de varios en culpa de unos pocos por el hecho de que ahí es donde está la clave: en poseer en todo momento un culpable –a ser viable, indefenso–. El autoritarismo está diseñado para hablar frente a las masas apelando a sentimientos colectivos. Es simple ser fascista: deja de pensar y  consume las ideas que te venden a diario.  

De ahí el esfuerzo de la derecha contra la memoria histórica y democrática, pues de ese  modo combaten, desde ciertos ámbitos reticentes al cambio y al avance –siempre y en todo momento nostálgicos  de tiempos pasados–, entre los pocos instrumentos de los que dispone la ciudadanía para entender que esas ideas argumentan a un patrón. 

No obstante, no solo debemos apoyarnos en la memoria histórica para advertir sujetos  autoritarios, pues nuestro radar jamás estará completo sin otro recurso: el saber. Solo  de este modo vamos a poder ver la cara tras la máscara, el juego de manos del farsante. A modo de ejemplo, me centraré en la interpretación que efectúa Antonio Maestre en su libro Viles para entender que lo que hoy en día parece novedoso, la idea neoliberal del éxito y el mérito –alegato hegemónico vayas donde vayas y escuches a quien escuches–, no es nada nuevo: 

Esta visión elitista y de segregación se explica por la percepción ética que se tiene de la  actividad económica fruto de la perversión de la obra de Adam Smith por parte de la ideología moderantista y que ha llegado hasta nuestros días (…). “No queremos una España de proletarios, sino de dueños”, ha dicho en 1959 el ministro de la vivienda José Luis de Arrese. Y  fue brillante para sus intereses.

Según el urbanista Ramón Betrán: “El régimen franquista tiene un interés, como es natural, muy agudo por transformar a la  población española entera en una población de dueños. La propiedad por supuesto amansa. En el momento en que el obrero se convierte en dueño, inmediatamente baja el tono  reivindicativo. La persona que tiene una deuda importante a lo largo de muchos años, y además  tiene familia, como tiende a suceder con el cliente de vivienda, es imposible permitir el lujo de  ser un rebelde”.

Si conociésemos de seguro este tipo de manifiestos de los que la historia nos alerta, y el saber nos asiste a comprender e interpretar, no caeríamos en el engaño, y consecuencia de este, en el acompañamiento y la difusión del discurso del odio. Es simple tumbar el argumento autoritario y neoliberal actual, bastaría con decir que la segregación y la estratificación de la que hacen alarde los sujetos coléricos del siglo XXI nos hacen enclenques primordialmente por dos fundamentos: 

El primero es que no permite a los individuos agruparse en torno a lo colectivo y lo común por  falta de identidad de clase; en otras expresiones, el que es pobre se va a pasar toda la vida pensando que algún día va a ser rico y excusando los pecados y las maldades del que sí lo es. Difícilmente serás Amancio Ortega, Bill Gates, ni podrás tributar en Andorra.  

En segundo y último sitio, si alguien te pone un blanco al que disparar y no cuestiones qué hace enfrente, quién es o quién lo puso ahí, considérate culpable. Antes de apretar el  gatillo, es decir, antes de creer que la culpa es de una minoría y que se merece todo tu odio, analiza por qué razón están en esa situación, en tanto que igual el día de mañana tu realidad no es tan distinta, y en ese caso el disparo es a uno mismo. 

La democracia, el diálogo y la convivencia no llevan con nosotros tanto tiempo; aquello en lo que pensamos como algo persistente puede romperse cualquier ocasión. Son términos necesarios pero frágiles y en nuestras manos está cuidarlos. 




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