Un obscuro y discreto fantasma

Carlos Alejándrez ‘Otto’Carrière. Se abre el ascensor y Jean-Claude Carrière atisba a San Pedro y a Buñuel, arrastrando hacia él un inmenso barreño que chorrea líquido, como si fuera una imagen procesional del dios Neptuno.

Se abre el ascensor y Jean-Claude Carrière atisba a San Pedro y a Buñuel, arrastrando hacia él un inmenso barreño que chorrea líquido, como si fuera una imagen procesional del dios Neptuno. No semeja un símil correcto en el momento en que se pretende ingresar en el cielo, piensa el francés, y piensa, además, que más le valiese pensar en otra cosa, que los de allí tienen la posibilidad de leerle el pensamiento.

No sé qué vais a hacer con ese balde —hace Carrière— pero quiero que sepáis que estoy bautizado y que me he lavado los pies en la Estigia.

Tintinean las llaves frente a la carcajada de San Pedro, que el eco duplica en estos bajos andurriales como un trueno de verano.

-¿Qué afirmas de agua, hombre? O sea martini, para que charléis a gusto. Explota, que aquí ni se excita ni deja resaca.

No sé por qué razón guardo de la idea de un ser bonachón, ensimismado y tolerante. Tolerante y buen tipo, lo era (doy fe), pero su apariencia de pasajero anónimo en un tren de cercanías enmascaraba un intelecto feroz, sarcástico, cruel si era exacto, y intrépido.

La antojadiza fortuna le asestó un golpe de suerte presentándole a Buñuel.

Alguien creyó que aquel escritor joven, culto y con cara de despiste, podría resistir el desvariado método de trabajo de don Luis. Dicho y hecho, los enrocó sobre el tablero y los dejó allí a fin de que se mataran o deshojaran las obsesiones buñuelescas que ocultaba el Períodico de una camarera. Ambos, con buen tiento y abundante provisión de dry martini entre pecho y espalda, optaron, de manera sensata, por la segunda posibilidad.

La inexplicable maestría con que el maño preñaba de concepto planos prácticamente vacíos y el perturbador modo de caminar de Jeanne Moreau, pura sensualidad lenta, hicieron el resto.

Si Períodico de una camarera (que, sublimando la crudeza, nos mostró una de las imágenes más impactantes de la historia del cine con el cuerpo inerte de la pequeña semidesnuda surcado por babeantes caracoles) no tiene hoy día la relevancia que merece, se debe al vendaval que Carrière y Buñuel desataron a partir de ese momento: La Vía Láctea, Belle de Jour, El discreto encanto de la burguesía, El fantasma de la libertad, Ese obscuro objeto del deseo.

En el momento en que vino a Viridiana, descubrió una comida como su prosa: ayuna de abalorios, exquisita y directa.

-Prácticamente todos piensan que sostengo una dependencia excesiva de don Luis. Y llevan razón. Gracias a él, al sello que estampó en mi frente, he podido efectuar proyectos que ni me habría audaz a soñar. Pero es que  —y bajó la voz como el pícaro que reconoce la trampa— vivir en la estela de Buñuel es muy placentero.

Buñuel no contó con él para Tristana; volvió a sentarse con Julio Alejandro, con quien ya había desaparejado la caridad cristiana en Nazarín y en Viridiana.

Hizo bien —me confesó— don Luis conocía como pocos los puntos técnicos del cine, pero su afán por reventarlo todo hacía que precisara ayuda para sostener cierto equilibrio en la composición y, especialmente, para desarrollar diálogos. Quizás gracias a su sordera, estos le salían fríos y exageradamente intelectualizados. Necesitaba nuestros oídos, y el de Julio detectaba el acento galdosiano de algún escena con una precisión asombrosa.

El oído de Carriére aportó el cosmopolitismo al que el de Calanda, si bien leído y viajado como pocos, se resistía. Sospecho que el epicúreo que lo habitaba se negaba a renunciar al exitación de lo popular, a la memoria de los tiempos felices. Por decirlo de otra forma, sus primeros franceses, los que achuchaban al Perro o se movían por la Edad Dorada, eran españoles hasta la medula: entusiastas, vehementes y un poco ridículos en su furia.

No en balde se alternaban la música de Wagner y los tangos a lo largo de la proyección.

Pienso que con Carrière, Buñuel aprendió el cinismo de la burguesía

Pienso que con Carrière, Buñuel aprendió el cinismo de la burguesía, la cualidad que une a sus integrantes en el feliz anarquismo de los poderosos, anclados en el presente pero capaces de saltar fronteras, principios, finales…

Muchas veces me he preguntado cuál es el verdadero trabajo del guionista, ese tipo que no tiene su propia historia, aunque él mismo la haya construido por completo, que se sabe borrado de la memoria de la película, que soporta los retoques que cualquiera que pase por el plató añade a sus líneas, convencido de que tiene derecho a hacerlo, y al que solo se reconoce en los créditos.

Quizás Carrière tuviera la clave; quizás el escritor de guiones sea el demiurgo que sostiene el equilibrio entre dos momentos borrosos, uno que forma parte al planeta de los sueños y otro que se diluye en la pantalla con la velocidad del tiempo.

Muy frecuentemente me he preguntado cuál es el auténtico trabajo del escritor de guiones

Cesare Zavattini respondió al insolente que le preguntó cuánto había de cada uno en las películas que él escribía y dirigía Vittorio de Sica: ”¿usted puede distinguir, en un café con leche, dónde acaba uno y empieza la otra?”

Y David Webb Peoples, que nos ha regalado Blade Runner y Sin perdón, y aun de este modo puede pasear por cualquier plaza del mundo sin que nadie desee retratarse con él, reconoció que su objetivo al levantarse cada mañana era llegar a la cima, si bien supiera que allí va a hallar un McDonald´s.

José Luis Garci, que merece un brindis con bellini, españolizó la oración al recordarnos que en la cima de la montaña está escrito Caramelos Paco, grotesca imagen que solo los de mi generación comprenden.

Carrière adquirió un nuevo trabajo en el momento en que don Luis se marchó a su tumba sin periódicos; tras haber compartido años de delirio y sarcasmo, estimó que aceptar desafíos era una aceptable manera de escribir. Günter Grass, Kundera, Proust… no le tembló la mano al abrir el corazón de la novela europea con el bisturí de quien se sabía desarraigado; o sea, libre de esa prisión absurda que llamamos tradición y que tanto nos atrae.

Aprendimos que el cine de Carrière se alimenta de morosidad, de leves esperanzas y bellos desalientos, de calles sin una salida clara y también interiores en los que la penumbra es otro actor.

Su escritura marcaba también la luz.

Su sintaxis era, también de movimientos y el Sueco agradecía su mímica.

Entre la burguesía discreta y el cariño de Swann hay pasadizos que unen de manera clandestina y morbosa las dos irrealidades, los dos mundos derrotados.

Y sabía explorar aquella sinuosidad.

En el guion de Tamaño natural se hallaron Carrière, Berlanga y Azcona, Santísima Trinidad del cine. Rafael fue el arsénico y Jean Claude el licor en que aquel se diluye.

Y por el momento no volvimos a querer como habíamos amado hasta aquel momento.

Me encantó la respuesta de Rafael, ya más grande, en el momento en que en La Silla de Fernando Trueba, este le preguntó si veía la televisión.

A veces

– ¿Y con qué programas goza más?

– ¿? Con la muerte de los papas –resolvió el riojano sin dudarlo.

La última vez que Carrière vino por mi casa, lo hizo para invitarme al estreno de Las palabras y la cosa, adaptación teatral del libro que escribió buceando en las turbias aguas de los sinónimos sexuales. Pienso que se confundió en aquella apuesta, , que había logrado versiones memorables, incluso para el intransigente Peter Brook; pero me quedó el consuelo de haber aprendido que, en un tema tan viejo que aún vacilamos si fue primero la mamada o la boca, hay, en la bendita y procaz lengua de Quevedo, más términos para referirse al coito que posturas ofrece el Kama-Sutra.

Tengo ante mí la fotografía que recuerda el más popular almuerzo (¡qué no habría dado por elaborar el ágape!) de la historia junto a la Última Cena; en él admiramos a Buñuel, Wilder, Cukor, Hichctock, Mamoulian (asimismo asistió Ford, pero se había ido al estanco cuando llegó el fotógrafo).

Jean Claude Carrière forma parte del grupo.

Es uno de ellos.

Ahora que, abandonando los fantasmas que nos asolan más que jamás, y  traspasada la Vía Láctea, ojalá siga conservando su inexpugnable libertad.




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