Utoya, la herida abierta que supura en las pantallas

Noruega, el país más feliz del mundo, la nación con menos peligro de violencia del mundo, amaneció el 22 de julio de 2011 en su confortable burbuja. No sabía que ese día iba a perder


Un niño coloca flores en memoria de las víctimas del tiroteo, frente a la isla de Utoya.

Noruega, el país más feliz del mundo, la nación con menos peligro de violencia del mundo, amaneció el 22 de julio de 2011 en su confortable burbuja. No sabía que ese día iba a perder la inocencia, para siempre. Casi diez años una vez que Anders Behring Breivik pusiese un vehículo bomba en Oslo y, de seguido, tirotease a los competidores en un campamento de verano en la isla de Utoya, matando a 77 personas y también hiriendo a 319 más, las heridas siguen abiertas. 

La sociedad constató que la forma de pensar de ultraderecha había calado en parte de su población hasta el punto de llevar a uno de sus ciudadanos -tan blanco, tan rubio, tan local- a matar. “Un crimen atroz pero necesario”, “un acto de amabilidad”, “patriótico”, en frente de los defensores del “pernicioso multiculturalismo” que conminaba lo conocido, como defendió frente a los jueces

Ahora, hasta 4 películas, series y documentales rescatan en Filmin, Netflix y Movistar + aquella pesadilla, sus orígenes, las vivencias de sus personajes principales y sus consecuencias. Para aprender y que no se repita. 

¿Qué sucedió el 22 de julio de 2011?

Ese día, a las 15:26 horas, se produjo una explosión en el ambiente de la oficina del primer ministro Jens Stoltenberg, hoy secretario general de la OTAN. En esa zona se congregaban casi todos las construcciones gubernamentales. La deflagración afectó especialmente a la sede del Ministerio de Petróleo y Energía, pero el fuego se extendió por cinco manzanas y la onda expansiva se sintió en kilómetros a la redonda. 

Según con las investigaciones policiales siguientes, el ataque fue perpetrado por Breivik a través de un turismo bomba, si bien aún no está claro si hubo más de una explosión. Ocho personas fueron asesinadas. 

Poco después, el mismo individuo se trasladó a la isla de Utoya, al norte de la ciudad más importante noruega, donde se estaba celebrando un encuentro de las bases juveniles del Partido Socialista. Disfrazado de policía, reunió a todas la gente que estaban en el islote con la intención de hacer un “control de seguridad”, según el relato de los sobrevivientes. En el momento en que los tuvo controlados, comenzó a disparar indiscriminadamente con el rifle y la pistola que portaba. 69 civiles más fallecieron, bien por sus tiros, bien ahogadas mientras que trataban de escapar. Breivik no paró de disparar a lo largo de 70 minutos, cargando munición y lanzando chillidos –″¡Tenéis que morir todos!”-. Se encontraron varias bombas repartidas por la isla, que no llegaron a explotar. 

¿Quién era Breivik y dónde está en este momento?

Anders Breivik tenía 32 años en el momento en que cometió esta doble masacre. Hijo de un economista y diplomático y una enfermera, famoso por sus compañeros de escuela como capaz y solidario, se formó en Comercio y Derecho. A lo largo de los años 2000 y 2007 formó una parte de las filas del derechista Partido del Progreso, pero cuando sus ideas se volvieron más radicales, abandonó la formación. Quería más. 

De a poco desarrolló una profunda ideología de derecha extrema. El odio contra la multiculturalidad de Noruega y, particularmente, contra el islam, era la base de ese pensamiento. Llegó a escribir un artículo llamado 2083: Una declaración europea de la independencia, en el que desgranaba su personalidad y sus ideas a lo largo de 1.500 páginas. Ahí se encontraba todo: el rechazo visceral al diferente, el rencor por las ayudas sociales repartidas, por los “valores patrios” diluidos… Ahorró todo lo que pudo desde 2002, cuando ya tenía el ataque en cabeza, hasta el momento en que pudo perpetrarlo. 

Jamás mostró ningún signo de arrepentimiento durante el juicio. La defensa quiso argumentar que tenía una enfermedad mental, pero el tribunal lo rechazó. Sabía de manera perfecta lo que hacía. Deseaba llevarlo a cabo. Actuaba “en defensa propia”, afirmaba. Cada día llegaba a la sala haciendo el saludo nazi, por si había inquietudes. 

El 24 de agosto de 2011 fue condenado a 21 años de prisión prorrogables. Si las autoridades noruegas considerasen que, pasado ese tiempo, Breivik todavía es peligroso para la sociedad, continuaría entre rejas. Mientras que, se cambió el nombre por el de Fjotolf Hansen y está estudiando Ciencias Políticas. Denunció al estado por su situación de aislamiento -solo su madre y su abogado podían visitarle- y ganó la situacion por violación de derechos fundamentales. Charló de tortura, incluso. Y aseguró que esa soledad solo le había radicalizado más. 

Anders Behring Breivik, a lo nazi, el 24 de agosto de 2012, durante el juicio por los atentados. 

¿Qué brecha abrieron los atentados?

Alén del orificio personal de la pérdida y las lesiones de tantos noruegos, los atentados de Oslo y Utoya supusieron un despertar del sueño. No todo era paz y progreso. La Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) tuvo que reconocer que que las tácticas para prevenir el extremismo violento solo se centraban “en el terrorismo en nombre de la religión o procedente de ciertos conjuntos étnicos o religiosos”, pero se habían dejado de lado “los riesgos reales a los que nos encaramos en la actualidad desde otras direcciones, como el extremismo violento de extrema derecha”. Se estaba mirando a un único lado. 

Breivik dijo en sus declaraciones que había tenido “cómplices” y había otras “células” listas para atentar, pero nada de eso ha podido ser verificado. Sin embargo, sí trascendieron los nudos con organizaciones ultras, muy activas en redes sociales. “Breivik se encontraba solo en su extremismo, en sus crímenes. Pero asimismo es interesante ver que se desplaza en un contexto socio-político indiscutible. No apareció de pronto”, comentó ante el juicio Kari Helene Partapuoli, directiva del Centro Antirracista de Oslo.

En la sociedad noruega se había instalado un radicalismo que se vio con este estallido pero se confirmó, próximamente, en las urnas, con otro género de derecha, más institucionalizada. Tras dos mandatos socialistas (los progresistas a los que tanto detestaba Breivik), el Partido del Avance (FrP), la agrupación populista de extrema derecha, de ideología islamófoba y xenófoba, que el asesino dejó por blanda, comenzó a formar parte de la coalición de Gobierno en 2013. Ahí han estado, hasta enero de 2020, en que se rompió la coalición presidida por la líder del Partido Conservador (Hoyre), Erna Solberg.

En las selecciones más recientes, en 2017, aún lograron prácticamente quinientos mil de votos, tercera fuerza en un país con 5,2 millones de pobladores. Sus políticas, las esperadas: cierre de fronteras, restricción de la reunificación familiar, agilización de las deportaciones e incluso veto a que los sintecho pidan limosna.

No obstante, siempre y en todo momento se han posicionado en contra de la violencia y han culpado el ataque doble de Breivik, pero los analistas insisten en que ese imaginario puede mover a exagerados y hasta desequilibrados a tratar de imponer su visión por las armas. Mensajes que se multiplican por toda Europa. 

Noruega fue primero, pero detrás han venido otros varios casos afines o, directamente, inspirados en aquello: los ataques terroristas ultraderechistas como el atentado de Christchurch (Novedosa Zelanda, en los que el atacante citó a Breivik como su guía), que acabó con la vida de 51 personas en una mezquita; el de en Pittsburgh (EEUU) –11 muertos en un ataque a una sinagoga– o el de Charlestone (asimismo EEUU) contra una iglesia afroamericana, que dejó otros nueve muertos… El 70% de las víctimas de ataques terroristas recientes en EEUU han sido por los atentados de la extrema derecha, reconoce en FBI, que ha asumido que no se vió la amenaza hasta que era bastante tarde. 

Los cuerpos de las víctimas de Utoya, en las rocas del islote. 

Un sistema que no resguardaba tanto

Una de las conclusiones más visibles de aquellos ataques es que no todo funcionaba como un reloj. Nadie vio venir a Breivik pero es que, ante la sucesión de hechos ahora en marcha, tampoco se actuó convenientemente. ¿Podía marchar mal la Policía, por servirnos de un ejemplo? Sí. 

Una comisión independiente que examinó lo sucedido concluyó en 2012 que el primer atentado se podía haber eludido con algo tan sencillo como cerrar una calle, una recomendación incumplida desde hacía años en la zona de las construcciones gubernamentales de Oslo. La otra gran conclusión de este estudio es que una más grande eficacia policial habría logrado parar al agresor antes de disparar a lo largo de 70 minutos seguidos a un conjunto de indefensos jóvenes. 

A ello se aúna la contestación tardía: desde que la Policía recibió la llamada oficial de las autoridades locales del pueblo más cercano a Utoya pidiendo su intervención hasta el momento en que las fuerzas policiales desembarcaron en la isla transcurrieron 47 minutos, y solo dos minutos tras llegar los efectivos policiales el asesino se rindió. Lo mismo pasó con los sanitarios, muy criticados asimismo por su dilación. 

La sociedad sintió que la cadena de protección falló y, más allá de que se produjeron renuncias en la cúpula policial y se pidieron excusas, el hilo de la seguridad en el “todo va bien” se deshilachó de repente y así prosigue. El estado de bienestar noruego no era especial. 

“Sabemos que lo pudimos haber hecho mejor. Entendemos que pudimos hacer las cosas mejor antes”, dijo la primera ministra Solberg. “Es siempre bien difícil llegar a todos los damnificados”, justifica, cuando los supervivientes y las familias de los fallecidos lamentan la carencia de asistencia psicológica, de ayudas económicas o de inversión para eludir que esto se repita. 

La polémica del homenaje

En este momento, Utoya está en primera plana nuevamente por la polémica del homenaje a las víctimas de la isla. Se está impulsando la construcción de 77 columnas de bronce, de tres metros de altura, como recuerdo, en el ayuntamiento de Hole, justo frente al lugar de la catástrofe.

Pero ciertos habitantes más cercanos desean pasar página y se quejan del impacto que va a tener un memorial de estas especificaciones. Hasta en el recuerdo hay división.

Hace diez años parecía irrealizable… 

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