Cataluña y los vecinos de la quinta planta

Nacho Doce / Reuters Este texto fue escrito para su publicación en las ediciones internacionales de HuffPost. Un edificio empieza a arder y el matrimonio de la quinta planta explota para debatir, rodeado por las

Este texto fue escrito para su publicación en las ediciones internacionales de HuffPost.

Un edificio empieza a arder y el matrimonio de la quinta planta explota para debatir, rodeado por las llamas, si se separan tras varias décadas casados. Una situación así de surrealista es la que vive Cataluña estos días. Con la pandemia desbocada —más de quinientos mil de casos desde marzo pasado y cerca de 10.000 fallecidos en una región con 7,5 millones de pobladores—, no es momento para discutir de independencia. Los españoles contemplan las elecciones de este domingo como algo fuera de lugar. Y, más que nada, innecesario.

Es una visión que distribuyen de alguna manera los propios catalanes, quienes se discuten estos días en si compensa poner en riesgo la salud por ejercer el derecho al voto. La verdad es que las elecciones del 14 de febrero son las más descafeinadas de las tres que se han festejado en Cataluña en los últimos seis años. Al paso que en las precedentes el único tema importante era la independencia de España, en estas el tema está, naturalmente, sobre la mesa, pero con un fondo y unas formas diametralmente diferentes. 

De los partidos que compiten por la presidencia de Cataluña solo hay uno, Junts Per Catalunya —el partido del expresidente fugado Carles Puigdemont—, que prosigue defendiendo la independencia a cualquier precio. El resto fluctúan entre el sí con condiciones de Esquerra Republicana al no más rotundo de las formaciones españolistas. Todos y cada uno de los analistas políticos coinciden: el vigor de las pulsiones independentistas, lancen las urnas el resultado que arrojen, no será en ningún caso el mismo de hace dos años. En verdad, estas elecciones se celebran de forma anticipada por disconformidades entre los partidos independentistas que formaban el Gobierno. 

Un edificio comienza a arder y el matrimonio del quinto explota para discutir si se separan. Una situación de esta forma de surrealista es la que vive Cataluña

La pandemia, el cansancio de proteger la misma iniciativa muchos años (sin enormes avances) y, más que nada, el fracaso del desafío independentista al Gobierno de España de 2017 —que se saldó con los líderes del movimiento bien enjaulados o fugados—, ha ejercido de cierto ungüento frente a los ímpetus secesionistas. Pero por encima de todo está la pandemia del coronavirus: pensar en la autonomía como país en el momento en que mueren ciudadanos catalanes todos los días está, como poco, fuera de lugar.

Si bien la administración del covid no es el primordial tema de enfrentamiento, marca inevitablemente las elecciones. De hecho, el candidato socialista, Salvador Illa, dejó su cargo como Ministro de Sanidad de España para procurar ser presidente de Cataluña. Su figura, si bien muy criticada por no evitar que España sea entre los países del mundo con mayor tasa de casos y muertos por la pandemia, ha sido realmente bien valorada. Según las investigaciones, es el principal candidato al lado de los independentistas de ERC y Junts para ganar los comicios. “Me siento el presidente que va a pasar página”, apuntó Illa en un reportaje con El HuffPost

El efecto de la pandemia ha sido, sobre todo, de tipo práctico. La Justicia debió confirmar que las elecciones se celebraran en la fecha establecida, más allá de las quejas de la enorme mayoría de los partidos políticos, quienes no veían aconsejable soliciar a la gente que fuera a votar en el momento en que Cataluña tiene ciertas medidas más restrictivas de movilidad de toda España

La gran incógnita, con todo, es si el temor al contagio hundirá la participación electoral, un problema añadido al muy, muy elevado número —en torno al 30%— de indecisos

Y, sobre todo, está provocando problemas con las mesas electorales: muchos de los ciudadanos que están llamados a comandar o ser parte de esas mesas están aduciendo el temor al contagio para eludir acudir el domingo a los colegios electorales, algo a eso que se está obligado por ley.

La enorme incógnita, con todo, es si el temor al contagio hundirá la participación electoral, un inconveniente añadido al elevadísimo número —en torno al 30%— de indecisos. El voto por correo se ha disparado un 350% respecto a las pasadas elecciones. Las certezas que absolutamente nadie discute: la extrema derecha de Vox va a entrar por vez primera en el Parlamento catalán, e incluso podría sobrepasar a la derecha histórica del Partido Habitual. 

Cataluña por el momento no va a votar independencia sí o no, sino que va a seleccionar un Gobierno que gestione la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Un Ejecutivo que tome decisiones más allá del secesionismo, una esperanza que no comparte ni media parta de los catalanes pero que ha paralizado la zona desde hace años. 

Todas las encuestas electorales apuntan a que serán necesarios pactos y pactos de 2 o más partidos para asegurar la gobernabilidad. Nada nuevo en Cataluña, donde siempre ha gobernado un mínimo de 2 partidos. 

La diferencia en esta ocasión es que es muy improbable que formaciones puramente independentistas logren los apoyos suficientes para gobernar y, sobre todo, que la ultraderecha condicionará bastante el día a día de una zona en un incendio permanente. Primero hay que apagar el fuego. Ahora va a llegar el día en el que se vuelva a hablar de divorcio.




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