Adopté un perro durante el confinamiento y me ha cambiado la vida

Mis amigos me intentaron convencer de que no lo hiciese: “tu vida va a pasar a depender del perro”. En mitad de la pandemia, eso es justo lo que quería. Tras meses de aislamiento, me

Mis amigos me intentaron convencer de que no lo hiciese: “tu vida va a pasar a depender del perro”. En mitad de la pandemia, eso es justo lo que quería.

Tras meses de aislamiento, me sentía desconectada de la sociedad. Salir a pasear con mis amigos era un respiro para mi soledad. Procuraba sostener el contacto con mis seres queridos por videollamada, pero no me parecía real y, después de horas de jornada de trabajo dando clases por videoconferencia, le había cogido manía a los cascos y a la pantalla del ordenador. Conforme avanzaba la pandemia, la distancia que había entre mi gente y crecía.

Yo quería vivir como mis amigos con pareja: compartiendo mi casa con alguien. Las cuarentenas y los confinamientos indefinidos agravaban mi ansiedad y mi depresión. Necesitaba algo de contacto físico con alguien. Ciertos días, aunque iba a la oficina de correos y al supermercado y veía a más gente, sentía que siempre y en todo momento había una mampara de cristal o de plástico separándome del resto del mundo.

En el momento en que era pequeña, les rogué a mis padres que trajesen a un perro bebé a casa, pero me dijeron que no. Mi madre afirmaba que tener un perro suponía muchas responsabilidades. Mi padre afirmaba que era alérgico. Insistí tanto que en el final mi padre me mencionó que él mismo fingiría ser mi perro.

Debido a las agresiones sexuales que sufrí cuando era pequeña, pasé una parte de mi adultez en una suerte de aislamiento autoimpuesto y con miedo de la gente. El psicólogo me diagnosticó trastorno por agobio postraumático y depresión aguda. Poco a poco, me ayudó a volver a incorporarme al mundo, emprendí mi carrera como maestra y comencé a entablar amistades.

Mucho más de una década después, me vi apartada nuevamente. Al menos, así como señaló mi sicólogo, no se encontraba aislada por los problemas de mi pasado, sino más bien por el mismo motivo que el resto de todo el mundo: una enfermedad contagiosa mortal. Conforme las semanas se convertían en meses, me comenzó a ser inaceptable.

Adoptar un perro me pareció la contestación a mis problemas: me asistiría a plantar los pies en la tierra por la fácil necesidad de sacarlo a pasear. Mis primeras 24 solicitudes de adopción fueron rechazadas: los organizadores de perreras afirmaban que había cientos de personas interesadas en los mismos perros chiquitos. En contraste a lo que sucedía antes de la pandemia, ahora el proceso de adopción era muy selectivo. Yo deseaba un perro adulto. Las parejas con hijos y con una vivienda con jardín vallado tenían prioridad sobre las personas en mis situaciones: una cuarentona soltera, autora y profesora en un piso pequeño de un dormitorio.

En el momento en que un coordinador de adopciones me preguntó si me replantearía adoptar a un cachorro en vez de a un adulto, al comienzo dije que no porque me daba temor la naturaleza incontrolable de los perros chiquitos, o eso pensaba. Pero luego me enteré de que las organizaciones de rescate de animales no son tan selectivas como las perreras con el estado social o la vivienda, solo con la disponibilidad horaria (que no era un inconveniente para mí). No tenía ni la más mínima idea de de qué forma criar a un cachorro, pero sabía que podía estudiar y que, además de esto, me distraería de mis problemas.

En el momento en que recogí a mi cachorro en casa de acogida de Novedosa Inglaterra, me sentí igual que cuando me fui de casa para comenzar la facultad: emocionada y asustada. El cachorro era un labrador de color crema de tres meses y medio que habían rescatado hacía seis semanas de bajo una casa en Mississippi. Sus padres eran perros salvajes. Tenía ansiedad por la separación de sus padres, un parásito intestinal y una enorme infección de oído. Durante el viaje de vuelta a mi casa, lloró y se realizó pis en el asiento trasero. Paré el turismo en relación encontré una salida, me senté a su lado y lo estuve acariciando hasta el momento en que se durmió.

Lo llamé Beau. Era un cachorro cariñoso, obediente y torpe que se ponía todas las mañanas patas arriba a fin de que le acariciase la barriga. Durante la noche toleraba la jaula, pero por el día, no podía estarse quieto dentro. Quizás había estado en algún momento dentro de una jaula y le traía pésimos recuerdos.

Lo anoté a clases para perros chiquitos, pero nos expulsaron pues, cuando estaba cubierto de perros, Beau se convertía en una bestia llorona y ladradora incontrolable. Su comportamiento me hizo meditar en mis propios traumas.

Una amiga que tenía perro me dijo que adoptar un cachorro implicaba aprender a renunciar al control de tu vida. Por entonces, todavía no entendía que era una pérdida de control distinta de en el momento en que yo era una pobre pequeña traumatizada. Al principio, rompí a plañir varios días seguidos, apenas comía ni dormía y adelgacé cinco kilos. La primera vez que llevé a Beau al veterinario, padecí un accidente de tráfico, el primero de mi vida. El coste de la reparación, sumado al coste de mis otras facturas, me dejaron seca la cuenta bancaria.

Debí tomar una resolución. Podía dar a Beau en adopción o llevar a cabo algo con mi vida. Ahora le había cogido bastante cariño a mi cachorro, conque opté por la segunda vía. Comencé a ver vídeos y a leer libros sobre adiestramiento de perros chiquitos. Enseñé a Beau a hacer pipí y caca fuera de casa, a sentarse, a tumbarse, a quedarse quieto y a mirarme. Era un chaval obediente y le gustaba estudiar. Solo mordisqueaba sus juguetes y no se tumbaba donde no debía. En los momentos mucho más relajados, apoyaba su cabeza en mi hombro. Me dejaba abrazarle. El tacto de su cuerpo me aliviaba tanto como el de cualquier persona.

Pero Beau sufría ansiedad toda vez que nos separábamos, tal es así que apenas podía salir de casa si no era con . Sufría verdaderos ataques de pánico si salía del edificio y, en ocasiones, si salía de la habitación. No podía ni salir para mirar el buzón, y bastante menos para llevar a cabo la compra o ir al gimnasio. No quería admitirlo, pero proteger yo sola de un cachorro me estaba superando. Sabía que, con pareja, sería mucho más simple. Nunca me he sentido cómoda pidiendo ayuda, pero en esta ocasión, lo debí hacer.

Una amiga me trajo comida casera y se ofreció a controlar a Beau en su casa a fin de que pudiera ir al médico. Otros amigos que tienen perros me llamaron para darme consejos y ánimos, y me aseguraron que no se encontraba sola. Mi prima, que adora a los perros, viajó desde otro estado solo para saber a Beau. Sosteniendo en todo instante los dos metros de distancia conmigo en el parque y con mascarilla, me enseñó a pasear a Beau con correa.

Beau me asistió a rodearme de gente. Duante nuestros paseos diarios, mis vecinos sonreían y me daban los buenos días. Ciertos conductores paraban, bajaban la ventanilla y afirmaban: ”¡Qué perro más majo!”. Más allá de la distancia interpersonal, me sentía mucho más conectada que jamás a la sociedad.

Mis amigos tenían razón cuando decían que mi vida pasaría a depender del perro, pero fue para bien. No podía controlar cuánto mucho más duraría la pandemia y mi aislamiento popular, pero al menos en este momento tenía un perro. Mi deseo de comunicar mi casa con alguien me dio la posibilidad de cuidar de un ser indefenso. Beau me necesitaba para alimentarle, pasearle, adiestrarle y, sobre todo, quererle. Mis días ya no estaban vacíos por el hecho de que tenía un propósito en la vida.

Me puse en contacto con un especialista para aprender a emprender el trastorno de ansiedad por separación de Beau. El paso inicial era enseñarle a ser más independiente mientras que estuviésemos en casa. La primera oportunidad que lo dejé en el salón mientras que yo me daba una ducha con la puerta clausurada, esperaba que llorara y ladrara. Sin embargo, cuando salí 10 minutos después, me lo encontré tan relajado frente a la tele con la cabeza apoyada en el sofá. La próxima vez probé a desensibilizarle del ruido de mis llaves y de la cerradura de la entrada. Ahora, con dos fáciles órdenes (siéntate, quieto), jugamos a aguardarme a lo largo de 30 segundos, un minuto y 2 minutos mientras salgo de casa. Si vuelvo y sigue en exactamente el mismo sitio, le doy una chuche.

De a poco, estoy enseñando a Beau que estar separados no significa no estar conectados. No significa que lo haya descuidado. La separación supone que hay seguridad entre nosotros, y es un vínculo entre y que no lo puede romper ni el espacio ni el tiempo. misma estoy aprendiendo que pasa igual entre personas. Va a llegar un día en el que podamos reunirnos todos y cada uno de los amigos en una sola habitación y abrazarnos. La pandemia es muy dura, pero no durará para toda la vida.

Hace poco comencé a enseñarle a Beau a acudir a mi llamada y pensé en lo que me había dicho mi amiga sobre aprender a renunciar al control. Me había comprado una correa de 10 metros para poder supervisar a Beau a distancia, pero en el momento en que llegó el momento de entrenar, Beau comenzó a mordisquearla. Sostener el otro lado de la correa me había dado la sensación de estar al control de la situación, pero al fin comprendí que era únicamente una ilusión. Y necesitaba dejar marchar esa ilusión si deseaba pasar página.

En un parque semivallado y nerviosísima, le solté la correa a Beau y salió disparado. Me quedé viendo cómo corría en libertad, lleno de energía y alegría. Unos segundos después, me arrodillé y lo llamé. Para mi sorpresa, dejó de correr, me miró y vino a mí con una “sonrisa”. Mi corazón se inflamó de amor y le di una chuche colosal.

Ese día, y a lo largo de varios días más, Beau y pasamos horas juntos en el parque jugando y corriendo, desinhibidos, confiando el uno en el otro y en el mundo.

Este articulo fue anunciado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y fué traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.




Source backlink

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *