Dignidad | El HuffPost

Carla Antonelli “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben actuar fraternalmente los unos con los otros”. Producto 1 de la Declaración

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben actuar fraternalmente los unos con los otros”. Producto 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El viento me daba de frente y tiraba mis lágrimas al mar aquella mañana de 1977 donde me fui de casa. Me subí a un barco y abandoné la isla que me vio nacer pues no podía mucho más. Pues si el franquismo fue una tiranía política, su legado prosigue siendo una dictadura ética en las paredes del hogar.

Dejé atrás mi familia, mi pueblo y mi pasado. Hui, de este modo lo digo, hui. Con una mano enfrente y otra detrás. Pobre, repudiada y exiliada en mi país. Pero libre y resuelta a comerme el planeta, a transformar mi dolor en motor de supervivencia. Resuelta a ser la mujer que soy el día de hoy.

Sé de buena mano que lo personal es político porque yo misma transité cuando España transitaba para dejar atrás aquellas noches oscuras de los tiempos del garrote vil y los vagos y maleantes.

Aún me duelen los cardenales borrados de la paliza que me dieron los policías al grito de “¡estarás contento, maricón, ahora tienes democracia!”. Y es que la realidad, en ocasiones, se revela en los momentos más sádicos. Los fascistas me pegaban por el hecho de que sabían que la impunidad tenía los días contados.

Los fascistas me pegaban pues sabían que la impunidad tenía los días contados

Por eso, me hice militante de la democracia y socialista irredenta. Por el hecho de que estaba preparada para explotar aquella estrecha rendija que se abría para ensanchar los espacios de dignidad y derechos arrebatados. Quería llevarlo a cabo por mí y por todas mis compañeras: las mujeres maltratadas, los trabajadores sin reposo, la red social gitana, los pequeños sin pan y las familias exiliadas.

Porque todos y cada uno de los cuerpos —rojos, morados, negros o cobrizos— fuimos, sin saberlo, comunidad. Fuimos un arcoíris popular y una coalición democrática.

Fueron tiempos de ceder, de oír y de pactar a favor de unos mínimos que nos dejaran vivir, a todos, todas y cada una y todes, en paz. Cuarenta años después, nos vendría bien recordar el espíritu de esos tiempos pues, en pleno 2021, la extrema derecha volvió a la carga, aunque siempre estuvo ahí.

Esta semana, un señor de Vox me nombraba en masculino y la presidenta de la comisión no me amparaba. Se negaba de esta forma mi honor y mi identidad. Se trataba de enmascarar con disculpas semánticas mi historia y el derecho a ser de miles de compatriotas que lo dieron todo, aun la vida, por esta democracia.

Créanme en el momento en que les digo que, si lo que ocurrió fuera únicamente una anécdota, no estaría escribiendo este producto. No obstante, es una tendencia. Responde a una escalada de transfobia alimentada por debates mezquinos en torno a derechos que son inherentemente humanos.

Pero no van a progresar. Ni los unos, ni las otras. Pues las personas trans no somos debates ni teorías. Somos, estamos y luchamos. En los parlamentos, en las universidades y en nuestras familias. En frente de las cámaras, tras la barra de un bar y en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Pues las personas trans somos militantes de la democracia y la dignidad.

La gente trans somos militantes de la democracia y la dignidad

De ahí que, deseo usar mi voz de vieja socialista una vez más: para invocar el espíritu del consenso y convocar a todos y cada uno de los partidos demócratas a una enorme alianza por los derechos humanos. Para parar el odio por medio de la ley.

Todo gran salto da vértigo al principio. Toda enorme resolución hace críticas y aplausos: de propios y extraños, en público y en privado. Ocurrió con el sufragio femenino. Ocurrió con el divorcio, con el aborto y el matrimonio igualitario, también con la ley de hace 14 años que nos dejó a las personas trans mudar nuestra documentación sin necesidad de una cirugía genital. Ocurre, con una fiereza que me retuerce, con la novedosa Ley Trans.

Por favor, no nos confundamos de enemigo

Tendamos puentes, para resolver inquietudes, oír y empatizar. Lo único que se solicita a cambio es sosiego y intención para que las personas trans dejemos de ser consideradas enfermas, desde el derecho a nuestra autodeterminación y emancipación, como personas libres, sin tutelas. Para que absolutamente nadie nos logre negar nuestra identidad. A fin de que se restituya, por fin, nuestra dignidad.

Por favor, no nos confundamos de enemigo. No dejemos a la gente trans atrás, es injusto, despiadado e inhumano.

Mi nombre es Carla Delgado Gómez. Lo dice la ley, lo afirma mi DNI y lo digo yo.

Aún lloro, muchas son las lágrimas vertidas en este último año, pero por el momento no huyo ni lo voy a hacer nunca. Por el hecho de que sé que estamos en el lado correcto de la historia.


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