Por qué razón nadie desea oír que estás liado

www_slon_pics / PixabayUn trabajador estresado. Comenten lo que digan, la carga de trabajo es una experiencia subjetiva. Más que nada pues es dependiente bastante de la capacidad de quien ejecuta ese trabajo. Hay quien responde

Comenten lo que digan, la carga de trabajo es una experiencia subjetiva. Más que nada pues es dependiente bastante de la capacidad de quien ejecuta ese trabajo. Hay quien responde a un correo electrónico complejo en unos minutos al paso que otra persona necesita el doble o el triple de tiempo. Bien porque tarda en enfocar la contestación, porque no se nucléa o sencillamente por el hecho de que redacta más despacio o sale a fumar cada 2 por tres. Es cierto que las compañías han tratado de nivelar concretes y, cuando menos en la teoría, personas con habilidades similares deberían acometer tareas afines.

Muchas compañías son templos del presentismo: llenos de gente muy liada

Pero todos sabemos que no es así. Por varios fundamentos, entre los que están no solamente la eficiencia, sino por ejemplo la personalidad de cada uno de ellos. Hay trabajadores mucho más sociales que otros y esos invierten más tiempo en las relaciones que estos. A ciertos otros les cuesta dejar en el hogar los inconvenientes de casa y constantemente reviven escenas familiares que les previenen poner foco en la tarea. Asimismo están los enormes problemas creados por el principio de Peter, según el que cada uno asciende hasta llegar al nivel de su propia incompetencia. La lista de fundamentos es interminable. Así que, salvo que se intente poner tornillos, escoger lentejas o etiquetar botellas, la carga de trabajo siempre será subjetiva.

No obstante, todos estamos igualmente liados, esto es muy liados. Introduciendo los que no van de las redes sociales, los que se pasan la día fabricando memes, los asiduos al rincón del café, los que invierten una sospechosa proporción de tiempo en el baño tras comer, los que siempre y en todo momento aprovechan para contar las monerías de su hijo a cualquier persona que pase por su despacho, los que están como ausentes, que afirmaría Neruda, los que estiran cualquier reunión hasta la caricatura y de este modo sucesivamente.

No sería la primera persona que hace lo imposible por permanecer en su puesto de trabajo las horas que realice falta con tal de no proceder a su casa, porque allí se aburre. Ni la segunda que explota cualquier excusa para que su jefe vea lo ocupado que está y lo esencial que es su presencia, sea la hora que sea. Y de este modo ocurre que muchas empresas son templos del presentismo. Eso sí, llenos de gente muy liada.

Cada uno en su historia hace lo que desea, pero es un error encarecerse ante los demás

Como también pasó en la anterior crisis, con el progreso de las adversidades económicas asociadas a la pandemia observaremos florecer todavía a mucho más liados. Por el simple motivo de que todo el planeta querrá sacar brillo a su desempeño para evitar estar en la lista de los potenciales despedidos. Y la mejor forma es sin duda evidenciar cualquier ocasión la considerable suma de trabajo que cada uno de ellos padece. Es indiscutible que habrá expertos que de verdad deberán asumir lo que les toca y lo que no, pero a su lado habrá otro grupo igualmente variado que lo pretenda sin ser cierto.

Cada uno de ellos en su historia hace lo que quiere, como es natural, pero es indiscutible que es un fallo encarecerse ante los demás. Mucho más si ese feo gesto asimismo se prolonga al entorno familiar. Nos encontramos tan liados que solo tenemos la posibilidad de dedicar unos minutos a alguien que asoma en nuestro despacho, que debemos dejar la reunión prematuramente para ir no se conoce dónde, que cortamos las llamadas en solamente segundos pues siempre y en todo momento contamos otra mucho más urgente, que no llamamos a nuestros seres queridos pues estamos muy liados y que ya no les devolvemos las llamadas.

Absolutamente nadie desea que pongan en su epitafio “aquí yace fulano, que siempre estaba liado”

Estar liado se ha convertido en el nuevo símbolo de estatus: si andas liado eres responsable, puesto en compromiso, indispensable. Pero como se te ocurra decir que tienes tiempo libre o que tu mañana está bastante despejada serás víctima de las miradas de los liados, es decir, de la secta del presentismo. Por tanto es mejor no decir nada, o proclamar a los 4 vientos eso, que estamos muy liados. No vaya a ser.

De esta forma, de manera lenta pero segura, y sin solamente percatarnos, nuestra actitud va de manera lenta distanciándonos del resto. O, mejor dicho, va distanciando a el resto de nosotros. Porque siempre y en todo momento llega ese instante en el que alguien decide solucionar sus inconvenientes por su cuenta pues no los puede resumir en esos 2 minutos que le damos. O que impide llamarnos para una reunión o emprendimiento por el hecho de que hemos dicho que no una y mil ocasiones. O que no nos sugiere ir a una celebración familiar porque jamás estamos libres. Por el hecho de que nos encontramos muy liados. Y con el tiempo nos marchamos quedando un tanto mucho más solos. Y en paralelo, toda vez que mencionamos que nos encontramos liados, otras voces a lo que nos rodea repiten lo mismo, en una patética escalada para poder ver quien lo está más. Y suma y sigue.

Quien siempre y en todo momento está liado es pues no se organiza bien

Seguramente nadie desea que pongan en su epitafio “aquí yace fulano, que siempre estaba liado”. Y seguro que, con el corazón en la mano, todos reconocemos el valor de eso que se llama tiempo de calidad, que hoy se enseña de forma fácil diciendo que es el que pasamos realizando cualquier cosa sin ver el teléfono móvil.

Así que tal vez la próxima vez que esa cabeza aparezca por el despacho asegurando contarnos algo en tres minutos convenga mencionarle que no se preocupe, que se siente y que use el tiempo que necesite. Y comenzar a gestionarnos mejor porque, salvo muy raras salvedades, quien siempre está liado es por el hecho de que no se organiza bien. Diga lo que diga. A conocer si de esta forma, poniendo cada uno de ellos algo de su parte, comenzamos a dedicar a los demás el tiempo que precisan. Con la enorme recompensa de que los demás también nos van a hacer un poquito mucho más de caso, que falta nos hace. Digamos lo que digamos.


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De esta manera fué la vuelta al trabajo de las ocupaciones no fundamentales


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