La Ley de Segunda Oportunidad, cicatriz para las heridas provocadas por la pandemia

El ejercicio del periodismo va de contar lo que pasa. De poner palabras a historias, sensaciones o momentos que muchas veces no gusta detallar pero que, por la magnitud que suponen, hay que narrar. Con

El ejercicio del periodismo va de contar lo que pasa. De poner palabras a historias, sensaciones o momentos que muchas veces no gusta detallar pero que, por la magnitud que suponen, hay que narrar. Con la pandemia pasa un poco eso, existe hartazgo sobre el tema, e inclusive hay instantes donde uno puede llegar a meditar que simplemente ya se ha dicho todo. Dificultades ajeno, cuesta proponer algo distinto sobre una cuestión, la de la Covid-19, que es tan ineludible como agotadora.

Soluciones en tiempo de crisis

A absolutamente nadie se le escapa el padecimiento que día a día vive esta sociedad. Quien más o quien menos conoce a alguien que o ha perdido un ser querido por la maldita patología o ha vivido algún mal instante por situaciones derivadas de la pandemia. Se puede regresar a tratar el aspecto sanitario, donde la realidad es que cada semana mueren más personas con coronavirus de las que lo hacen anualmente en las carreteras por accidentes de tráfico; o se puede profundidzar en el tema laboral y económico, donde poco a poco muchos procesos de ERTEs van evolucionando en EREs definitivos y cada vez da mucho más coraje pasear por las calles de cualquier localidad y ver de qué forma los avisos de “Se traspasa” o “Liquidación por cierre” monopolizan los locales urbanos.   

Pero la idea no es esa. La intención de este artículo no es echar sal en las lesiones. Más bien lo contrario, intentar ofrecer resoluciones reales en tiempos de crisis. Curar lesiones del pasado, por seguir con el símil de las heridas, y sugerir una rehabilitación que permita regresar a rendir pese a este trago amargo. 

Irrupción de la Ley de Segunda Oportunidad

En la búsqueda de una posible solución que pudiese servir para un contexto tan desalentador como el actual, apareció la conocida como Ley de la Segunda Ocasión. Desapercibida por la enorme mayoría de la sociedad hasta meses atrás, este mecanismo legal penetró en el sistema jurídico español en el año 2015, si bien cuando verdaderamente ha cobrado protagonismo fué en las últimas datas. 

No hace falta indagar bastante en el texto de la “Ley 25/2015, de 28 de julio, de mecanismo de segunda oportunidad, reducción de la carga financiera y otras medidas de orden popular”, nombre terminado de exactamente la misma, para comprender cuál es el principal propósito de un decreto que deja a autónomos y demás personas físicas superar la bancarrota o un estado de insolvencia grave

Su propósito, tal y como se dice en la exposición de motivos, es “permitir lo que tan expresivamente detalla su denominación” y o sea “que un individuo física, pese a un fracaso económico empresarial o personal, tenga la oportunidad de encarrilar nuevamente su vida”. Y no solo eso, sino que además de esto goce de la oportunidad de “arriesgarse a novedosas ideas sin tener que arrastrar indefinidamente una loseta de deuda que jamás va a poder satisfacer”. 

¿De qué manera entrar a este mecanismo?

Como es natural, el ingreso a este desarrollo, aunque pueda considerarse relativamente accesible, no está al alcance de cualquiera y se han de respetar una secuencia de premisas para poder favorecerse de la exoneración, el perdón, de buena parte o la totalidad de la deuda. Entre los requisitos escenciales para poder comenzar el proceso pasa por probar la ‘buena fe’ del solicitante.

Más allá de que suelen ser normalmente los abogados quienes inspeccionan si el perfil del interesado se acoge a estos parámetros, resulta conveniente saber que quien quiera recurrir a la Ley de Segunda Oportunidad no probablemente halla sido condenado por delitos socioeconómicos, patrimoniales o de falsedad reportaje en los diez años anteriores al proceso. Tampoco puede tener una deuda superior a los cinco millones de euros, y además, en el caso de no llegar a un convenio fuera de la justicia con los acreedores y ser preciso asistir a los tribunales para poder la cancelación total de las deudas a través del beneficio de exoneración es también requisito necesario que no sea declarado culpable en el certamen de acreedores.

A todo lo mencionado hay que añadir que solo va a poder beneficiarse de los privilegios de este mecanismo una vez en los últimos diez años y no dispondrá de opciones sin límites de recurrir a esta hipotética solución para remediar su situación de endeudamiento. Además es atrayente indicar que una vez iniciado el desarrollo está tajantemente contraindicado que alguien le exija el pago de sus deudas. Todo un alivio.

El funcionamiento del proceso

Para entender cuál es la plan de actuación una vez se inicia el proceso de este útil mecanismo, el economista Cristian Tanase enseña que hay tres fases bien distinguidas, “la documental, la de mediación y la judicial, si fuera precisa”.  

Este especialista, que además ejercita de CEO en el bufete experto en este mecanismo Abogados para tus deudas, apunta que en esa primera etapa, la reportaje, “básicamente se realiza por parte del despacho un informe detallado del nivel de insolvencia del cliente” y se estudia si su perfil encaja en los requisitos. 

Si se superara eficazmente, se entraría en la segunda fase, la de mediación, que incorporará con un intermediario concursal y los sacrificios se van a centrar en cerrar un posible acuerdo fuera de la justicia que acerque posturas. En este tramo, “en general se presenta un plan de pagos adaptado al solicitante y se busca un primer acuerdo extrajudicial de pagos que sea admisible para el entusiasmado y no le impida vivir dignamente”, apunta.

Para acabar, apunta como tercera fase, la judicial, a la que se va a llegar si no se cierra un convenio anteriormente y que “está apuntada a soliciar ante el juzgado la exoneración de toda la deuda, que se resolverá mediante sentencia judicial”. Declara que es en este punto donde se frecuenta lograr el instante de deuda cero. Un punto donde al final cicatriza el padecimiento personal y colectivo experimentado meses atrás. La herida ahora se habría cerrado.




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