El vértigo de Sísifo | El HuffPost

Europa PressUna mujer actúa en La capital española a lo largo del Día Internacional de la Mujer en 2020. Tengo 2 hijas y eso a veces me da vértigo. Vértigo en el sentido mucho más

Tengo 2 hijas y eso a veces me da vértigo. Vértigo en el sentido mucho más concreto del término: miedo a caer. En este caso, miedo a verlas caer a . En mi feminismo joven e irredento, siempre y en todo momento me enfadaba con mi madre cuando me afirmaba que prefería haberme parido varón para que pudiera tener “una vida más simple”. El día de hoy que tengo dos hijas, en eso y en otras varias cosas que antes me enfadaban, la entiendo de manera perfecta. Jamás hubiese planeado que tener dos hijas pudiese comportarme un solo atisbo de pesadumbre.

Solemos mover la iniciativa mecanicista de que el progreso de las mujeres es un proceso ininterrumpido de optimización. No es verdad. Para mí se parece más a un movimiento pendular. O a una espiral. Existen instantes en la historia en los que parece que nos ingerimos el mundo y justo ahí, tras cada acción consciente, masiva, histórica del movimiento de mujeres, se genera una reacción mucho más enérgica y en la dirección contraria que nos devuelve a una suerte de pasado nuevo.

Un lugar que no sabíamos que existía. Una especie de escape room del que hay que regresar a salir indefinidamente reencontrándonos entre la polvareda del derribo, volviendo a reconocernos, reaprendiendo a hablar un nuevo lenguaje con el que hacernos comprender, volviendo a ser nuevamente hegemónicas hasta recibir de nuevo el golpe inexorable de la misma reacción.

Es lógico. Al fin y al cabo, existe una verdad histórica inmutable: nunca abandonó por las buenas ningún grupo humano su situación de privilegio. Nunca se desarticuló ningún sistema de dominación sin el surgimiento de una reacción. Y el patriarcado es indudablemente el sistema de dominación y de explotación más antiguo, universal y persistente de la narración de la Humanidad. Como el mitológico Sísifo, parecemos condenadas a empujar eternamente una piedra hasta la cima de una montaña desde la que regresa siempre y en todo momento a caer. A un espacio distinto cada vez pero siempre y en todo momento lejos de la cima.

La huelga internacional de mujeres del 8 de marzo de 2018 mostró una situación completamente masiva, trasversal y hegemónica del movimiento feminista en buena lugar de este mundo. Aquella huelga se articuló, como todas las cosas que cambian radicalmente nuestro panorama social, sin el acompañamiento de la izquierda institucional que abogó, olisqueando apenas la mitad del éxito que iba a tener aquella día, por un tímido paro parcial de dos horas y concentraciones apartadas de las convocatorias del movimiento feminista que fueron el alma de aquella histórica huelga.

Lo que ocurrió desde el día después fue el rearme de la reacción. El sistema se ocupó de articular una reacción virulenta, vomitiva, maligna. Desde ese momento tuvimos que regresar a explicar, otra vez, por qué razón la crueldad sí tiene género después de 1.082 asesinadas oficiales por el machismo desde 2003. Desde ese momento, tuvimos que salir a proteger a las víctimas de la crueldad sexual y la crueldad judicial y también institucional que las victimizaban doblemente.

Desde aquel 8 de marzo de 2018, tuvimos que soportar todo el peso de la crisis sanitaria y popular derivada de la pandemia del covid sobre nuestras espaldas, una vez más. ERTES y ayudas a la llamada “economía productiva” pero ninguna atención a la economía reproductiva, a los cuidados necesarios para que el mundo prosiga virando. A la mierda definitivamente con la conciliación, ese animal mitológico. Miles de mujeres desandando sus carreras expertos, abandonando sus curros para ponerse una vez más en la retaguardia invisible de esta guerra.

Desde aquella histórica huelga en todo el mundo de mujeres de 2018, no contentos con hacernos tolerar que un porcentaje cada vez mayor de la educación de la infancia y la juventud en este país esté a cargo de la una Iglesia católica que supura patriarcado, no contentos con hacernos tragar una Ley Celaá insignificante, inane, inútil, que no adelanta absolutamente nada en la defensa de un sistema público de educación laica que es el único capaz de garantizar la educación para la igualdad de género de las futuras generaciones, una ley que es la nada (¡la solamente absoluta!) en la historia de la escuela pública de nuestro país, todavía nos van a obligar a proteger la mucho más mínima educación en valores de lo que queda del sistema público no concertado en oposición al veto parental. Esta es una incesante. Huelen el temor y se crecen, y este gobierno actúa con temor a la derecha y sin contrapeso por la izquierda.

Y aquí nos encontramos otra vez. En el segundo movimiento del péndulo, en una exclusiva vuelta de la espiral, empujando de nuevo la piedra hacia la cima, teniendo que andar a contracorriente para proteger que es una absoluta barbaridad prohibir las acciones del 8 de marzo en Madrid, aun quienes consideramos que eran posibles otras maneras de protesta en estos momentos, por el hecho de que no es admisible que haya en las calles mítines de Vox como la provocación de Macarena Olona en Sevilla del 28F, porque no es asumible que la derecha fascista realice desfilar su antisemitismo por las calles de La capital española y ahora se prohíban, no por miedo a los contagios sino por miedo a la derecha, las concentraciones del 8 de marzo.

Solamente por eso hay que ir. Con todas las cuestiones de inseguridad preceptivas, cumpliéndolas a rajatabla, pero hay que ir. Pues la cobardía endémica del feminismo institucional de los cinturones de Hermés, los bolsos de Vuitton, los relojes de Cartier y las matrículas para sus hijas en la concertada más elitista es la que nos deja nuevamente a los pies de los caballos de la reacción.

A nosotras y a nuestras hijas, por las que volveremos a sentir vértigo toda vez que una nueva encuesta anuncie que las renuncias de la izquierda, que sus traiciones, que su temor y que su cobardía son el lote abonado de la reacción neomachista. No pensaba ir a ningún acto multitudinario el 8M pero, solo pues la han prohibido, cojo mi mascarilla y me marcho a la mani. Paso de establecerme en casa con mi vértigo materno. ¡Ánimo Sísifo!




Source link

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *